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Entre barreras y tablados: la historia tras el redondel de Santa Cruz

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Cada 14 de enero Santa Cruz despierta con espíritu de fiesta. Los montadores llegan con el ánimo de aguantar en el lomo del mejor toro y los asistentes se congregan con la expectativa de disfrutar una de las fiestas más tradicionales del país. 

José Antonio “Chepillo” Viales Arrieta lleva más de 30 años de ser barredero —nombre que reciben quienes construyen las barreras de los redondeles— en las Fiestas Típicas Nacionales.

Armar la barrera es el primer paso para construir un redondel, pues es lo que le da la forma circular. Este espacio debe tener un diámetro no menor a los 30 metros, según lo indica el reglamento de actividades taurinas.

“Chepillo” conoce a la perfección su oficio y puede decir sin dudar cuántos postes y clavos lleva la barrera y si están colocados en la posición correcta.

“En total son 126 postes que lleva la barrera. Tienen 70 centímetros de profundidad y son de dos metros con 15 centímetros de alto”, me explica muy seguro con su cinta métrica en la mano.

Un redondel común está hecho por un conjunto de graderías o tablados unidos en una sola estructura. Cada tablado tiene una capacidad aproximada para 300 asistentes.

Claro que no todos los redondeles son iguales y dependen del tamaño del evento y el lugar en el que se lleven a cabo los festejos, pero definitivamente el de Santa Cruz es un referente histórico.

El negocio de los tablados

Una vez terminada la colocación de la barrera, continúan con los tablados, que están a cargo de la Asociación de Tabladeros de Santa Cruz (Asotasa).

Asotasa se formó hace siete años con 10 tabladeros para poder garantizarse trabajo y ganancias durante la temporada de fiestas.

“Nosotros les pagamos ¢80 millones a la Comisión de Fiestas por hacer todos los tablados, luego nosotros cobramos la entrada”, explica el encargado de coordinar las 11 cuadrillas que colocan estas estructuras en el redondel de Santa Cruz, Alfredo Álvarez Delgado.

Para que los lectores se hagan una idea, si la asociación lograra llenar al menos diez tablados a unos  ¢5.000 por persona, la Asociación tendría hasta ¢40 millones en ganancias netas (¢120 millones de ingresos menos ¢80 millones que le cancelan a la Comisión)

La madera de los tablados es de espavel, melina y teca, y cuenta Álvarez que la mayoría es donada por vecinos del cantón.

La actividad justamente es rentable para los tabladeros porque no tienen que invertir en comprar la mayoría de la materia prima (la madera) y la reutilizan en otros festejos durante la temporada de fiestas en Guanacaste.

Según Álvarez, en cada cuadrilla trabajan unas 12 personas por lo que entre barrederos y tabladeros son más de 100 trabajadores en el redondel con un salario de ¢1.200 colones la hora.

Tradición que resiste

La construcción del redondel en Santa Cruz es como un ritual por los años que acumula y porque se realiza en el mismo lugar, la famosa Plaza López o de Los Mangos, en el centro de la ciudad.

La tradición es tan fuerte que los habitantes se han volcado en contra de órdenes del Ministerio de Salud que pretendían reubicar la estructura en otro sitio, debido a las malas condiciones de la plaza. De hecho, en el 2017 tuvieron que trasladar los toldos al campo ferial El Paraje del Diriá y las actividades culturales y religiosas al parque Bernabela Ramos.

Pero el redondel se quedó donde estaba. Luego de muchos pleitos, el ministerio permitió que las montaderas se siguieran realizando en la plaza López.

Lea también: Plaza López: cómo la tradición se toreó a la seguridad en Santa Cruz

“Cómo no vamos a defender esto, si tiene como 170 años de hacerse, para que el Ministerio de Salud venga un día y se lo lleve a otra parte”, afirma con convicción Chepillo mientras sostiene con firmeza una macana. 

Chepillo recuerda la época en que su tío, el hacendado santacruceño Marcial Arrieta, traía 20 toros del mismo color todos los días de festejo.

“El tope de toros llegaba hasta la Plaza de Los Mangos. Era un espectáculo único”, relata con nostalgia.

En 1965 dejaron de hacer el tope luego de que uno de los animales acabara con la vida de un músico, cuenta el escritor Edgar Leal Arrieta en su libro De Fiesta en Fiesta en Guanacaste. 

La costumbre de las montaderas tampoco carece de polémica por los heridos y hasta fallecidos que provoca, pero está llena de pasión por el fervor que genera entre quienes asisten a los festejos. Para bien o para mal, la tradición se niega a desaparecer en los tiempos modernos

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