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Opinión: No es por ellas. Es por todos

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Cuando leemos o escuchamos sobre igualdad de género, automáticamente tendemos a pensar: “este es un discurso sobre los derechos de la mujer”. Y sí, esto no es del todo falso: responde a una historia en la que las mujeres hemos tenido que reivindicar nuestros derechos, desde el poder caminar sin la compañía de un hombre, ejercer el derecho al voto, hasta poder estudiar carreras tecnológicas. Sin embargo, la igualdad de género no es un asunto o una lucha exclusiva de las mujeres porque los roles de género nos afectan a todos.

Observe estos datos del Anuario del Poder Judicial para el 2017: los hombres en Costa Rica tienen una esperanza de vida de cinco años menos que las mujeres. Representan un 95% de la población penitenciaria, el 91,2% de las víctimas de homicidio, el 86% de las muertes por suicidio y el 89% de las muertes en accidentes de tránsito.

Al mismo tiempo, los hombres tienen un ingreso hasta en un 24% mayor a las mujeres en posiciones laborales similares. Solo el 34% de los representantes legislativos corresponde a diputadas. La participación femenina en el mercado laboral es de un 46,8% frente a un 76,6% de los hombres, sólo un 20% de los altos puestos gerenciales son ocupados por mujeres.

Las estadísticas nos demuestran que no vivimos en igualdad. Adaptarse a un rol, que obliga al hombre a ser valiente, proveedor, macho, fuerte, mujeriego… y la mujer  a ser frágil, dulce, entregada a su familia y sobre todo a ser madre nos obliga a vivir en una eterna lucha sin cuartel, en la que ninguno gana. La desigualdad  condena a las mujeres a la disparidad económica pero a los hombres los condena incluso a la muerte.

Según la Organización Mundial de la Salud el género se refiere a las funciones, comportamientos y atributos que una sociedad asigna para los hombres y las mujeres. A diferencia del sexo —que se refiere a características fisiológicas— el género es de índole cultural, así como los roles que se le asignan socialmente a un hombre o a una mujer.
Es decir, la mujer como tal no nace “débil” sino que lo aprende como parte de una socialización en la que se le define  y educa como tal
. Tampoco el hombre nace predestinado a tener gusto por los deportes sino que desde niño se le impone socialmente dicho rol. Esto en la mayoría de los casos es tan común y arraigado que resulta imperceptible: lo normalizamos.

Esta normalización nos priva de pequeños actos como  que un hombre pueda usar color rosado sin ver amenazada su masculinidad o que una mujer pueda tomar cerveza sin ser cuestionada en su rol de “señorita”. Pero también nos priva de luchas más grandes, como permitir a las mujeres abrirse camino en carreras de ingenierías o a los hombres quedarse en casa y ocuparse del cuido de la familia, si eso es lo que les place. Nos priva de vivir la vida como nos sentimos cómodos, y no como una parte de la sociedad nos exige.

Soy una mujer joven. Como emprendedora social he desarrollado mi carrera profesional en cárceles. Fundé una organización que tiene como objetivo la inserción social de privados de libertad, la Fundación Nueva Oportunidad. Para mí, ser mujer no ha significado ninguna diferencia en mi vida profesional, pero con el paso de los años he notado que para la gente sí lo es. Lo noto cuando en cada foro, conferencia o conversación no falta la pregunta: “¿Cómo ha sido para usted trabajar en la cárcel siendo mujer?” Mi respuesta, ante esa pregunta que cada vez me sorprende menos es: nunca ha sido algo que influya. Pero cuando esta pregunta se convirtió en un patrón me empecé a cuestionar: “¿Debería costarme más por ser mujer?”

Para mí no ha sido difícil desarrollarme profesionalmente en un “ambiente de hombres”. Esto se debe a que fui educada en un ambiente privilegiado y no a que la sociedad haya avanzado hacia una completa igualdad real. Mis papás, a pesar de vivir en un pueblo rural y pequeño, nunca me inculcaron un rol débil ni me enseñaron a servirle a mis hermanos y, definitivamente, no me educaron para casarme, tener hijos y convertirme en  ama de casa.  Mi papá no crio a “una princesa”. Al contrario,  me enseñó que no existen los límites y que todo lo define mi propio esfuerzo. Mi mamá, se empeñó en que nunca dependiera de nadie y en que tuviera mi propia voz.

Sé que mi caso es una excepción y que, en muchos casos, tanto hombres como mujeres respondemos a un rol asignado. Esto nos hace enfrentarnos a barreras que no existen, pero que socialmente hemos aceptado; que son tan cotidianas que damos por naturales. Hasta hace poco, en 1950, las mujeres no votaban. Mi abuela nació en una sociedad que no consideraba a las mujeres capaces de votar. Pero la sociedad y el mundo evolucionan. Hoy, al lado de los derechos de las mujeres, se reivindica la igualdad real entre hombres y mujeres.

En 2014 la Organización de Naciones Unidas lanzó la campaña “He For She” (Él por ella) haciendo alusión a involucrar a hombres y niños como agentes de cambio para el logro de la igualdad de género. Si bien la iniciativa es loable, es un error hacer un llamado a que “él” actúe por “ella”.

La igualdad real no es por las mujeres; es por todos. Es por una sociedad en la que cada quien se pueda desarrollar según sus capacidades, gustos y preferencias, y no de acuerdo a si es hombre o mujer. El mundo evoluciona, se adapta a una sociedad que ve normal que nos comuniquemos por mensajería instantánea en tiempo real, ¿Por qué no vería normal que hombres y mujeres tengamos los mismos derechos y obligaciones? No es por ellas. Es por todos.

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