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Abangares y su túnel del tiempo

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Una brisa abre un portón de metal e irrumpe en un pasaje que huele todavía a tierra húmeda y antaño. Entre la penumbra se aprecia a media luz una serie de destellos dorados, presagios de fortuna.   

Entrar en una de las minas de Abangares es imaginarse a aquellos aventureros que dejaron detrás a amigos y familia, para adentrarse en las entrañas de las cordilleras y obtener el tan ansiado metal dorado.

Estos pensamientos me atrapan mientras observo el túnel Bóston, conocido como uno de los túneles de paso que existen en el Ecomuseo de Abangares. Hoy, este pasadizo está tapado con tierra, sin embargo hace unos 100 años era una de las principales vías mineras por donde se sacaron cientos de toneladas de oro.

Todo comenzó en la década de 1890 cuando se abrió la industria minera en el cantón de Abangares. Con ella llegaron compañías extranjeras para explotar a gran escala los recursos minerales de la zona.

Cientos de trabajadores fueron movilizados dentro y fuera del país, para que trabajaran en el sucio y pesado trabajo de extracción. La mayoría de ellos dejó sus vidas en los túneles, producto de la explotación descabellada a la cual fue sometida, así como de enfermedades alternas de carácter respiratorio, de la piel, digestivas, además de las ocasionadas por accidentes de trabajo, contagio venéreo y alcoholismo”, relata el libro “La Guerra del Oro”, de Antonio Castillo Rodríguez.

El Ecomuseo

Fundado en 1991, quienes visitan el Ecomuseo conviven permanentemente con la historia minera de Costa Rica y la exuberante naturaleza del distrito de La Sierra en Abangares.

Desde nuestra llegada al lugar, Víctor Hugo Montoya, guía y baqueano de la zona, nos recibe afectuosamente. Y mientras lo empiezo a bombardear de preguntas me advierte que no confunda el nombre de las locomotoras.

Porque una vez un periodista escribió que uno de los trenes se llamaba María Cecilia y el nombre correcto es María Cristina”, me advierte. El otro de los trenes conocido como La Tulita, se encuentra montaña arriba, para que los visitantes puedan verlo y darse una idea de cómo era el trajín diario de aquellos “bueyes de hierro”.

Mientras avanzamos por el bosque el ascenso se va haciendo pronunciado, luego de 15 minutos en los que casi nos quedamos sin aliento, Montoya decide contar una historia que ocurrió en las minas.

Aquí venían mineros de todo el mundo, pero principalmente de Centroamérica. Una vez pasó que se estaban robando el oro. Por eso los capataces a cargo, que eran negros, tenían la orden de revisar a cada uno de los mineros que salían de las minas y obligarlos a que se desnudaran. Pero uno de ellos, en una ocasión, no quiso quitarse la ropa porque era uno de los encargados de hacer explotar la dinamita y tenía que estar constantemente entrando y saliendo de la mina. Debido a esto, el capataz disparó al minero lo cual hizo estallar una matanza que duró tres días, entre mineros y capataces conocida hasta hoy como La Matanza de Los Negros”, relata Montoya.

Luego de pasar la Casa de la Pólvora, donde se guardaban los explosivos, el recorrido lo finalizamos en el Edificio de Los Mazos, estructura que en su momento midió más de tres pisos y albergaba 80 mazos de hierro donde se trituraba media tonelada de oro al mes.

Según estimaciones de Montoya, al precio actual que se compra el oro de 15 mil colones el gramo, en el apogeo productivo de la mina, se sacaba una media tonelada de oro al mes, que corresponde a más de 8 mil millones de colones

Hoy en día el trabajo del minero es muy diferente al de aquellos que, más de 100 atrás, se adentraron en las venas de las montañas de Abangares. El trabajo del minero actual es regulado por el Estado, pero las injusticias, explotaciones y sacrificios continúan, como si carcomer las entrañas de las montañas tuviera en sí misma una maldición.

Joya por pulir

No todo lo que brilla es oro en el Ecomuseo. Tanto así, que los senderos se encuentran bastante descuidados y muchas de las piezas históricas se encuentran en el suelo o la intemperie.

Además, Montaya es el único guía fijo del museo por lo que si llegan varios grupos, los visitantes tienen que esperar hasta que él regrese de uno de sus viajes.

Aunque según Montoya, existe una intención de la Asociación de Desarrollo de Las Juntas, y la Universidad de Costa Rica para inyectar más recursos al Ecomuseo.

Mientras tanto, las montañas y senderos le aguardan a los viajeros amantes de la naturaleza y la historia.

El horario de atención es de Martes a Domingo de 8 a.m. a 4 p.m. Para más información puede llamar al 2662-0004.

 

 

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