Derechos Humanos, Especiales

Adriana construyó un camino de libros para huir de la violencia que vivía en casa

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Por protección de la entrevistada, nos reservaremos su identidad

“Tengo que hacer algo para sentirme mejor”, dice Adriana por teléfono. Camina para ocultarse de las ráfagas de viento que cortan la comunicación. La brisa de Bahía Salinas, en La Cruz, aleja su voz. 

Hoy, un lunes cualquiera de noviembre, detiene todas sus tareas domésticas y universitarias para ir a la playa,  esta es una de las cosas que Adriana hace para sentirse mejor. 

Ella tiene 19 años y desde niña ha recibido violencia física y psicológica por parte de su mamá. Cuenta que la criaron bajo ‘la típica corrección que se le da a los hijos por medio de la violencia física o verbal’.

No es tanto que te den un golpe o algo así, sino las palabras, porque llegas a grande y lo que te dijeron hace quizás diez años aún lo sigues recordando y aún te siguen doliendo”, explica.

Adriana es una de las muchas estudiantes que dispone de una residencia estudiantil en la sede de Guanacaste de la Universidad de Costa Rica (UCR), ubicada en Liberia. Obtuvo ese beneficio como complemento de la beca 4 y 5, ofrecida a quienes viven lejos de la universidad y también por razones económicas 

Recuerda que antes de tenerla, salía de clases a las nueve de la noche, pero su bus pasaba hasta dos horas después y llegaba a casa a la una de la mañana. A las cinco y media del día siguiente salía de nuevo para llegar a tiempo a la clase de las siete. 

Esa fue la rutina durante un semestre entero: pocas horas de sueño, poco dinero, y también muchos problemas familiares, incluyendo la sobrecarga de labores que debía ejercer en el hogar.

Tras un primer semestre agotador, escribió una carta a la universidad explicando su situación, en busca de una salida. Para el ciclo siguiente, por fin, recibió la residencia.

Al igual que Adriana, más del 77% de la población estudiantil matriculada en las sedes regionales posee alguna beca, según la Oficina de Becas y Atención Socioeconómica de la UCR.

Además, las categorías 4 y 5 concentran alrededor del 90% de la población estudiantil becada en la sede Chorotega.

“Realmente sentí una paz, una felicidad, porque iba a estar descansando de todo el estrés”, recuerda Adriana. “Me sentía bien conmigo misma, mis notas incrementaron y disminuyeron los problemas que había entre mi mamá y yo. Cuando llegaba de visita era como un sentimiento grato de que extrañás a esa persona y querés hablar con ella, contarle cosas nuevas”.

La pandemia se trajo abajo todo eso. Una de las medidas que el Ministerio de Salud tomó fue el cierre de las residencias estudiantiles. Adriana no tuvo más opción que regresar a su casa.

Entre ventoleros que parecen alejarla cada vez más, Adriana habla de sus dolores de espalda, el aumento del estrés y los cuatro kilos que ha perdido tras la llegada del coronavirus al país.

Lo que la pandemia se llevó

Desde el 16 de marzo la UCR informó que cerraría las residencias estudiantiles para prevenir los contagios por el COVID-19. Las residencias, por lo general, son espacios pequeños donde habitan muchas personas, que además utilizan a diario áreas comunes como cocinas y comedores.

El camino de regreso a casa para Adriana no ha sido nada sencillo, siente que la pandemia fue un retroceso en su estabilidad emocional y su independencia.

Das un paso, salís de ese círculo que te estaba afectando, en el que no te sentías cómodo. Luego, aparece la pandemia y volvés. Pero ahora no es de la misma manera que antes, sino que mucho más complejo porque ya estabas adaptada a otra forma de vivir”, comenta.

Al volver a casa, la rutina de Adriana se sobrecarga de tareas. Ella cursa ocho materias de una carrera y tiene otra en pausa, forma parte de una iniciativa estudiantil, está haciendo el Trabajo Comunal Universitario (TCU) y también una pasantía en el Ministerio de Salud de La Cruz. A esto hay que sumarle las labores domésticas: lavar la ropa, limpiar la casa, lavar los platos y hacer la comida. En medio de toda esta presión, aparte debe mantener notas muy buenas en la universidad.

Las exigencias no acaban ahí. Su mamá la obliga a  permanecer en la casa y supervisa constantemente con quienes habla. Además, ha tenido que mentir sobre la cantidad de dinero que recibe de la beca, para que no controle también sus ingresos.

 “A veces uno se siente mal con uno mismo porque no da abasto. Es algo que mentalmente es agotador, porque a esta edad y con esta pandemia uno debería sentir el apoyo de la familia y eso es algo que uno no tiene”, confiesa.

Como Adriana, muchos otros estudiantes han sufrido consecuencias emocionales por la pandemia. Según datos de la Oficina de Psicología de Vida Estudiantil de la misma sede, la mayor parte de las consultas han sido por intervención de crisis derivadas de la pandemia como la sensación de encierro, la ansiedad por las noticias y la situación mundial. También, por miedo al contagio personal y familiar, o a que la ‘normalidad’ no regrese.

Aunque Adriana trata de que todo esto no la afecte académicamente, asegura que emocionalmente la ha ‘tocado bastante’.

Yo nunca había tenido ganas de ya no estar más en este mundo y dos veces ya me ha dado ese sentimiento y es algo muy, muy complejo”.

Abrir de nuevo la puerta

Mientras descansa de sus presiones en playa El Jobo, Adriana me cuenta que ha pensado tres veces en irse de casa. Sueña con regresar a un apartamento en Liberia y compartirlo con otras dos estudiantes. Las experiencias que vivió en residencias junto con otras amigas le mostraron un camino que ya no puede desandar.

“La ‘u’ le abre muchas puertas a uno y le abre los ojos a otra forma de ver el mundo, de saber cómo llevarse con los demás, cómo solucionar problemas sin necesidad de palabras hirientes, sin necesidad de utilizar la violencia física”, comenta Adriana.

El director de la sede Chorotega, Wagner Moreno, opina que los problemas no se resuelven, pero son redimensionados cuando los estudiantes se van de la casa.

“Que la universidad contribuya con residencia o con la categoría de reubicación geográfica, yo creo que es una gran cosa en la salud mental de la población estudiantil, porque empiezan a vivir una vida de respeto, de paz y mayor autonomía”, añade.

Moreno comparte la idea de que muchas jóvenes guanacastecas sólo pueden salir de un círculo de violencia intrafamiliar si se van a trabajar, o porque se casan o juntan. “Pero la universidad abre a muchas mujeres la posibilidad de salir de sus casas con una etiqueta, digamos, digna. ‘Me voy [de la casa] porque me voy a estudiar’”, agrega.

Semanas más tarde, desde ese nuevo apartamento, Adriana me enviará un audio por WhatsApp, me contará de sus sueños de viajar por el mundo, ser profesora de alguna universidad pública y algún día, ministra de Ambiente.

Adriana construyó un camino adoquinado con libros y cuadernos para salir de la violencia que vivía en casa. Su pie izquierdo y derecho, dice, son sus dos carreras.

Que uno se críe bajo un entorno de violencia no significa que uno va a seguir esa cadena, sino que uno marca un alto».

Si usted es estudiante y necesita atención psicológica, puede contactar los siguientes números telefónicos:

  • Psicología, Vida Estudiantil: 2511-9579
  • Colegio de Psicólogos y Psicólogas de Costa Rica: 1322

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