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Así es como los guanacastecos salvan sus pertenencias del agua cada invierno

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Es el mediodía del 17 de octubre y la calle de lastre que atraviesa el Barrio Estocolmo de Santa Cruz aún sigue encharcada por el último temporal. 

Es una comunidad de pocas aceras, nada de pavimento y un puñado de casas prefabricadas, una pegada a la otra. Un barrio bastante similar a otros construidos a punta de bonos de vivienda. Sin embargo, cuando comienzo a recorrer sus callejones, noto eso que lo hace distinto: a lo interno de las casas, las sillas, los muebles y hasta los peluches guindan de los techos como si fueran piñatas.

Hace apenas seis años, Hania Contreras, de 57 años, se vino a la casa donde vive con sus seis gatos. No ha querido reparar los daños del último invierno porque sabe que puede repetirse en cualquier momento.

Anayancy Guadamuz me abre el portón de su casa con cierto recelo. Está cuidando a Josué, su único nieto, mientras su hija Patricia trabaja en el hospital como asistente y su otra hija Fabiola como enfermera.

En esta cuadra también viven panaderas, barberos y amas de casa que trabajan durante el día en el centro de Santa Cruz, en Liberia o desde sus casas. Mientras Ana Yancy me cuenta esto, en la mitad de la cochera se equilibra un sofá sobre una pila de cemento que lo eleva a medio metro de altura. Al mismo tiempo, por el techo se cruzan mecates donde estuvieron suspendidos su colchón y el de sus hijas.

Maria Luz Aguilar, de 58 años, rescató del agua las ollas y sartenes que usa para trabajar. Con las lluvias también vienen los nervios que la desvelan y no la dejan salir a vender su pan a Santa Cruz.

La casa tiene un denso olor a humedad que el desinfectante no logra quitarle. “A mí me decían: ¿Ana por qué hizo la casa ahí, tan cerca del río? Yo ni siquiera me acuerdo que hubiera uno cuando vinimos”.

Sin embargo, de un tiempo para acá, muchos vecinos sostienen que la quebrada insignificante de la que nadie se preocupaba, se empezó a desbordar en cada invierno.

“Yo arranqué esta puerta para hacer un mueble aéreo y tuvimos que construir las camas de cemento”, dice Anayancy mientras me lleva por los cuartos húmedos y oscuros.

A Anayancy Guadamuz se le inunda la casa cada invierno. Al principio del mes tuvo que mudarse a la casa de su hermana por las lluvias.

“¿Usted ya fue a ver esta casa?”, me dice Ana señalando una estructura que está a unos cinco metros de la orilla del río. Allí viven Jenndy, su esposa Angie y sus dos hijos. Él es barbero y ella pinta uñas a domicilio. Hace un año, esta fue una de las 80 viviendas afectadas por la tormenta Nate. Con cada crecida del río, la familia pierde una parte de su terreno.

“Aquí antes había una rotonda donde los carros daban vuelta, ahora mire, ¡ya se lavó todo!”, dice Jenndy con la resignación característica de quien sufre lo mismo todos los años. Está sentado en una banca que da a la calle, donde todo es barro a medio secar. Adentro hay cajas de cerveza que sostienen refris y tostadoras. En casa de otros vecinos hay bloques de cemento para elevar las camas o sillas que soportan algún mueble de cocina.

La casa de Carla Castillo, de 31 años, se encuentra a 100 metros del río en Medio. Su refrigeradora, muebles y cama están elevados desde que su casa se inundó con las primeras lluvias de octubre.

Las familias tienen su propio mecanismo de resistencia contra lo que ya parece inevitable. Libran esta batalla todos los inviernos. Y lo mismo pasa en otras comunidades como La Tulita, Tucurrique, o Corobicí de Santa Cruz, me dice el presidente de la Asociación de Desarrollo de Barrio Estocolmo, Manuel Ugarte.

Marcial Guido, de 40 años, amarró con ayuda de algunos vecinos las pertenencias de su familia al techo de la casa que alquila.

Por la noche, quienes logran dormir lo hacen a medias y con un ojo puesto río arriba. Si la lluvia persiste, vecinos como Anayancy o Jenndy y sus familias se levantan a la mitad de la noche a revisar el cauce. Si el panorama no les favorece, ya saben qué hacer: subir sus cosas, dejar la casa y volver días después a lavarla.

Cuando le pregunto a los vecinos por posibles soluciones me dicen, los que ven alguna, que se debe construir un nuevo dique o dragar el río, una necesidad de muchas otras comunidades guanacastecas. 

Los sacos de cemento permanecen cerca de las puertas de la casa de Manuel Ugarte y su familia para evitar que entre el agua con barro.

Los que no le ven ninguna salida al problema, le ponen toda su esperanza al azar: “Ahí vivo jugando a ver si pegamos para irnos, porque comprar una casa ahorita es un sueño”, me dice una señora que compra lotería todas las semanas.

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