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Barro somos

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Una pequeña brisa refresca el ambiente caluroso protagonizado por las emisiones del horno de cocción de cerámica y de los 28°. C que a Júnior Matarrita Leal le cocina la piel mientras adentro del horno se cocinan las vasijas.

El calor es testigo de esta tradición Chorotega milenaria de la cual Júnior es ahora un representante orgulloso. Entre Guaitil, su pueblo en Santa Cruz, y las comunidades cercanas de San Vicente y Las Pozas de Nicoya hay más de 20 talleres como el suyo que subsisten gracias a la artesanía, según la Cooperativa de productores Coopesanguai, que agrupa a varios de ellos.

Júnior tiene 31 años. Con sus manos y sus pies llenos de barro me cuenta que a sus 9 años, tuvo su primer contacto con la cerámica, cuando llegó a la Escuela de Guaitil un profesor de artesanía pagado por un programa de Visión Mundial que quería rescatar la tradición entre los niños de primaria.

 

Junior se adentra en una finca propiedad de los artesanos de la que extraen arena iguana. El otro material determinante, el barro, lo extrajeron de un terreno público durante unos 30 años. Ahora, escasea.

 

Como nunca terminó el cole, tiene que redondearse el salario con otras fuentes de ingreso, pero él lo hace todo para no dejar de hacer lo que más ama: su trabajo como artesano. Ha sido guarda de seguridad, recolector de basura y, desde el 2008, misceláneo para la Municipalidad de Santa Cruz, una labor que alterna con sus tareas artesanales en su taller, que tampoco son sencillas.

“Estas cerámicas son únicas y completamente naturales, nuestro deseo es que la gente valore verdaderamente cada una de las piezas que han sido elaboradas con mucho amor y dedicación”, sentencia Júnior.

 

Majar barro es una práctica común para preparar el material días antes del moldeado.
 

Las piezas que produce se suelen vender en Mono Congo Loco, el particular nombre que lleva un pequeño emprendimiento fundado en 2013 por los artesanos de Guaitil para albergar su tradición, su talento y su dedicación.

Cosa de familia

Preservar tradiciones es de familia. El tío de Júnior, Miguel Ángel Leal Vega, es también su compañero de taller.

 
Miguel usa herramientas recicladas para trabajar, como aspas de ventiladores o cepillos de dientes viejos. “Son cosas que tenemos cerca y que podemos reutilizar en vez de gastar dinero. No tenemos la posibilidad de comprar las herramientas oficiales, pero también pensamos en el medio ambiente”.

 

Miguel Ángel tuvo un contacto bastante temprano con la cerámica, hace 31 años. En 1986, con 15, decidió que quería dedicarse a esta profesión el resto de su vida. El talento lo heredó de su madre, también artesana, quien desde que él era un chiquito le enseñó cómo preparar el barro, de dónde extraer arena y cómo colocar las piezas en el horno.  

 

 

La cocción de las piezas en el horno es uno de los trabajos más extenuantes del proceso, no solo por las altas temperaturas y el humo, sino también por el cuidado con la que se deben colocar las piezas para evitar que se quiebren.

 

Como el dinero no siempre alcanza, también se dedica a la agricultura, un oficio que aprendió de su padre y que le da sustento cuando llega la temporada baja del turismo, que no es buena época para vender.

 
Con los pies manchados y después de más de 1 hora de majar el barro para extraerle todo el aire, Miguel descansa sobre un banco para dedicarse a pulir las nuevas piezas con una de sus herramientas favoritas, una sukia (piedra para pulir piezas) heredada por su abuela.

 

En cualquier caso, las ventas no son ni parecidas a las que hacían el siglo pasado. Los atentados del 11 de setiembre del 2001, dicen en ellos, tuvieron consecuencias fatales en el turismo y, por ende, en su negocio.  Muchos artesanos independientes tuvieron que trabajar para otros talleres o vender a través de intermediarios.

“Antes usted sabía que gastaba ¢5,000 en producir y regresaba con ¢15,000 en la tarde, porque el turismo era más, ahora no, ahora hay que pellejearla”, dice Miguel Ángel.

 

Antes de aprender cómo ser un artesano, Júnior ya tenía habilidades para el dibujo. Las perfeccionó con la práctica y la realización de artesanías.

 

‘Pellejearla’

Si hay alguien que entiende este término, es un artesano de Guaitil, no solo por el esfuerzo físico de todos los días, sino también por los obstáculos. A la lista de los pocos ingresos y el trabajo extenuante se suma la falta de materia prima.

En el 2004, una serie de noticias en medios de comunicación advirtieron “el fin” de la artesanía chorotega, contando que la finca de la cual extraen el barro los artesanos ya no daba abasto y que el terreno más cercano estaba a nombre de una familia que declinaba venderla.

Aunque la extinción de la práctica nunca llegó, los artesanos tienen muchas más dificultades hoy para encontrar el material, que lo compran a las fincas aledañas o lo raspan de algunas orillas de tierras del Estado.

 
El taller Mono Congo Loco, de Júnior y Miguel Ángel, abrió en 2014. En temporada alta pueden alcanzar ventas entre ¢100.000 y ¢60.000 por semana. En temporada baja, disminuye hasta ¢30.000.

 

Sin embargo, lo que más quieren es comprar un terreno para extraer la materia prima de allí sin depender de otros.

A Miguel Ángel y a Júnior también les preocupa que a las nuevas generaciones no les interese ser parte de la tradición. De hecho, Júnior cree que la suya fue la última que recibió una clase formal en la escuela para ser artesano, un hecho que marcó su vida y que él quisiera que marcara la de otros niños.

 

Rodeado de artesanías creadas con sus propias manos, Miguel reflexiona sobre cómo mantener vivo este arte milenario.

 

Algunos artesanos como él y otros de Coopesanguai quieren traer de nuevo esta práctica a las escuelas, pero todavía no tienen un plan concreto.

“La gente debería de venir a Guaitil para conocer nuestra tradición y vivir esta gran experiencia, comprar artesanías no solo para apoyar el arte local, sino para llevarse un pedacito de tierra de Guaitil y de la identidad Chorotega, que forma parte de nuestra identidad como costarricenses”, dice Miguel.
 

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