Cultura

Casimiro Contreras, la voz de las montaderas de Santa Cruz

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“Sale el toro, arriba, con potencia, cambiando, tortoleando. Hacia arriba salta, cambio. Tremenda jugada, tremendo combate. Se lo quitó, se lo quitó”. Casimiro Contreras hace la narración sin trabarse ni una sola vez, con una fluidez apabullante. 

Una mañana de diciembre, le pedimos que improvisara la narración de una montadera en el corral de su casa, en Los Ranchos de Santa Cruz, Guanacaste. En menos de un minuto, ya había construido esas frases en su cabeza, y en menos de treinta segundos, ya las había dicho todas con su voz carrasposa.

Antes nos había advertido que había nacido “con la vocación de no trabarse delante de un micrófono”. Y no nos mintió.

Casimiro tiene 36 años de narrar montaderas en la provincia. Treinta de ellos lo ha hecho de forma consecutiva en las Fiestas Típicas Nacionales. Este 2020 no será la excepción. 

El regidor Jorge Leal, lo describió en una sesión de concejo municipal como uno de los grandes personajes del cantón y de las fiestas, que cada año reúnen a miles de guanacastecos y foráneos alrededor del tablado de Plaza López.

No imagino las fiestas de Santa Cruz sin la voz del señor Casimiro”, se lee también en un comentario de un video en Facebook en el que sale él persignándose dos veces antes de dar inicio a una montadera de las Típicas Nacionales. 

Hoy, sentados en una silla de madera bajo un palo de mango, Casimiro nos cuenta su vida más allá de los tablados. 

Dice que empezó ganándose ¢4 por día como jornalero. “Tenía unos 13 años y ya estaba volando machete en la hacienda La Pinta, aquí en Santa Cruz”, cuenta recostado en la silla, con botas de hule y un chonete que le tapa el pelo rizado gris y blanco.

Recuerda que pasó grandes necesidades económicas durante toda su niñez y adolescencia. Se juró a sí mismo que, si algún día tenía familia, iba a hacer todo para que no vivieran lo que él tuvo que pasar. 

“En mi foto de sexto grado salgo con un pantalón que mi abuelo me compró y todas las patotas en el suelo porque no conocía lo que eran unos zapatos”. 

Entonces, desde ese momento, asegura que planificó todo lo que pudo. Fue misceláneo y albañil antes de llegar al trabajo que lo vio pensionarse hace cinco años: inspector de obras del Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT).

Allí trabajó por 31 años, escaló por todos los puestos hasta que no pudo llegar más allá porque ya venían los técnicos, ingenieros, arquitectos, y él tenía solo un sexto grado. Pero aún así, está orgulloso de hasta dónde llegó. 

Los dos hijos que planificó tener, porque era los que podía mantener, son para él el reflejo más grande de su esfuerzo. 

El mayor es ingeniero civil y director del departamento de ingeniería del AyA. Tuvo la oportunidad de ir a Japón. Es muy talentoso, pero humilde. Cuando llegó aquí con el título nos abrazamos y nos pusimos a llorar”, dice con los ojos aguados de lágrimas. Su otro hijo es bachiller de colegio. 

En una monta, Casimiro recuerda que vio pasar a un montador sobre una camilla con un chorro de sangre que salía a toda presión de su cuello. “Un cacho le agarró la arteria”, dice. Él las llama “montas extremas”. En esa ocasión, agarró aire y siguió narrando.

El gran día

Antes, por ahí de los años 80’s se jugaban los toros en una plaza. Casimiro recuerda que los espectadores solo observaban que la gente salía corriendo porque venía el toro pero nadie tenía información.

“Yo dije, aquí falta fogosidad, alguien que diga de qué color es el toro, qué raza es, cómo se llama, quién lo monta. Y empecé a animar toros con un megáfono con pilas de foco”, habla mientras una sonrisa le marca dos grandes surcos de la nariz a la barbilla.

Con ¢75.000 que un tío le prestó, compró su primer equipo técnico: una planta y un micrófono. Huacas y Villarreal fueron los primeros pueblos que lo contrataron para animar sus montaderas.

Pasó cinco años narrando en los pueblos antes de que pudiera hacerlo en unas fiestas típicas nacionales. 

“Murió don Emel, que era la persona que narraba todos los años. Era una voz icónica. Entonces salieron a buscar un sustituto”, dice cada vez más inquieto, como quien no puede estar sentado por mucho tiempo.

Casimiro aprendió todo el vocabulario técnico de grandes hacendados: toro color bayo, hosco alazán, toro cachos curro, vaqueta. Su conocimiento se lo debe a “ellos”.

“Yo iba donde los hacendados más viejos y me perdía hasta seis horas para extraerles toda esa información. Yo pensaba: ‘si ellos se mueren se llevan todo ese conocimiento’, entonces trataba de absorber todo lo que podía”. 

Casimiro iba coleccionando narraciones mientras seguía siendo inspector del MOPT. 

En el 2003, Canal 7 lo invitó a narrar los toros en las fiestas de Zapote y lo presentaron como “El Gamonal de la Bajura”, apodo que adoptó desde entonces y que repite en cada narración.

“[Gamonal] quiere decir capataz, como la persona que da órdenes en una hacienda. A muchos les choca, pero lo que nosotros hacemos es muy profesional”, afirma acomodándose una camisa ajada que alguna vez sirvió como el uniforme de su empresa: Sonido fiestero, los sabrosos de la bajura.

Ese día, cuenta que los locutores del canal le preguntaron si haber llegado a narrar una corrida en San José era lo más grande en su carrera detrás de un micrófono. “Yo estaba halagado, pero qué va, narrar las típicas nacionales [de Santa Cruz] fue lo más lindo que me haya pasado”. 

“Santa Cruz es un monstruo. Es nerviosismo. Se lo explico mejor así: aún 20 años después de la primera vez que narré una montadera en las típicas, tuvieron que pasar cinco toros para empezar a tranquilizarme de los nervios”, dice cada vez más al filo de la silla. 

¡Puerta, papá!

Casimiro sabe que las montaderas típicas ponen en riesgo la vida de los montadores que se suben a los toros sin cascos ni chalecos. También reconoce el ambiente de alcohol y de machismo que gira alrededor del mundo taurino, algunas veces con canciones, bombas y retahílas cargadas de estereotipos sobre cómo deben ser las mujeres y los hombres.

Dice que él no bebe alcohol, y que esa es parte de la fórmula para tener su voz casi intacta tras décadas de narraciones, pero piensa que ese ambiente es parte de un paquete de costumbres y tradiciones que “no se pueden negar”.

“Yo le puedo decir que si a mí alguien me pide no poner una canción porque ofende yo no la pongo. También creo que a la mujer se respeta. Mi línea es la del respeto”, dice, listo para dar por terminada las casi dos horas de conversación.

Por esa idiosincrasia del santacruceño es que Casimiro ve las montas existiendo por muchos años más, y que su oficio de narrador será replicado por alguno de los niños que hoy visitan los tablados.

“He escuchado padres que me dicen, ‘¿don Casimiro dónde está el Sonido Fiestero que mi güila quiere ir?’. Eso me da ilusión a mí”. 

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