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Cuando el venado cola blanca (Odocoileus virginianus) se siente amenazado por un depredador, sube su cola en señal de alerta. Se queda inmóvil o decide emprender la huida: puede correr hasta a 60 kilómetros por hora. Es un instinto natural, desarrollado por miles de años para garantizar su supervivencia.
En Guanacaste este animal ha aprendido a huir de otros depredadores más peligrosos, porque no juegan con las reglas de la naturaleza: los cazadores ilegales.
Históricamente en la provincia los sabaneros aprovecharon la carne de venado para consumo doméstico. Sin embargo, actualmente ese tipo de cacería representa menos del 10%, explica Raúl Acevedo Peralta, funcionario del Área de Conservación Guanacaste (ACG), con 27 años en servicio.
El verdadero problema ahora son los cazadores que comercializan la carne en el mercado negro –locales, usualmente– y quienes practican cacería deportiva, más sofisticada, con equipo táctico y armamento profesional.
En Costa Rica la caza ilegal está penada desde la Ley de Conservación de Fauna de 1983, pero con pocos apartados y consecuencias leves. Fue hasta la Ley de Conservación de Vida Silvestre de 1992 que se impusieron sanciones más severas, que contempló penas de prisión de hasta seis meses. La caza de subsistencia sigue siendo permitida.
El ACG abarca más de 163 mil hectáreas distribuidas en 18 sectores, que incluyen a los Parques Nacionales Guanacaste, Santa Rosa y Rincón de la Vieja, además de áreas de conservación como la Estación Experimental Forestal Horizontes y el Refugio de Vida Silvestre Bahía Junquillal.
Entre 2024 y lo que va de 2026, el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac) ha interpuesto 50 denuncias por los delitos de cacería ilegal dentro del ACG, y además han decomisado 32 armas de fuego.

El venado cola blanca es un símbolo nacional de la fauna costarricense, declarado así desde 1995, y catalogado como especie en peligro de extinción por la caza. Foto: Melisa Espinoza/ACG.
Así se operan los traficantes ilegales de carne de venado cola blanca
Con sus casi tres décadas acumuladas de experiencia, Acevedo Peralta cuenta que han aprendido a descifrar algunos patrones de ilegalidad y a entender a profundidad el problema.
No es solo la cacería, sino también cómo se practica. Tradicionalmente, cuenta, los sabaneros cazaban a los venados más grandes. Con un animal, alcanzaba para alimentar a una familia por un largo periodo, combinando esa carne con otros alimentos. No atacaban a los más jóvenes ni tampoco a las hembras preñadas.
En la cacería furtiva no hay reglas de honor ni consideraciones ambientales, se caza a todos los ejemplares posibles.
Por ejemplo, en abril de 2025, en las inmediaciones de Finca Guapote, cerca del Parque Nacional Santa Rosa, se interceptó a un sujeto con una escopeta y 16 piezas de carne silvestre correspondientes a venado cola blanca, además de un ave pavón, que es una especie en peligro de extinción. Durante el mismo operativo, otros dos cazadores huyeron y dejaron tirado un bolso con 28 piezas adicionales de carne de venado. En total, las autoridades decomisaron 44 trozos de carne y colas de venado. Tres ejemplares fueron sacrificados esa misma noche.
Hay gente que se dedica exclusivamente a eso, o sea, no tienen ni trabajo, viven en eso. No les importa si es hembra, macho, juvenil, es meramente para ese comercio clandestino o ese mercado negro que tenemos», dijo en la entrevista.
El mercado negro al que se refiere es donde esa carne es vendida y los cazadores ilegales obtienen su recompensa.
No hay un local establecido ni tampoco se vende públicamente en grupos de redes sociales. Los cazadores ya saben a quiénes venderla o a veces es por encargo, dice el funcionario.
También se distribuye en bares y cantinas como alimento ya preparado, asegura.
Los dedicados a la cacería suelen ser vecinos de las comunidades colindantes a las áreas protegidas. Operan en células pequeñas (mínimo de dos o tres personas) para facilitar la entrada y salida rápida del bosque, y el arma más común es la escopeta.
Acevedo Peralta lo sabe por la experiencia, pero también porque cada dato queda registrado en las bitácoras del Sinac. Eso ha permitido constatar que la mayoría de los infractores son recurrentes.
Los cazadores locales también usan otras herramientas rústicas, como hachas, focos de encandilamiento y mazorcas utilizadas como cebo, según los registros del ACG.

Los cazadores que comercializan carne usualmente portan escopetas, navajas y luces para encandilar a las presas. Foto: BCAF- ACG.
El «deporte» de la opulencia
En el extremo opuesto a los cazadores “artesanales” se encuentra el cazador deportivo «u organizado», detalla el funcionario. Los peores, enfatiza, porque solo los motiva la adrenalina de matar. No son vecinos de comunidades aledañas a los parques nacionales, sino personas que se organizan y viajan desde distintos puntos del país.
Este es otro nivel… A esas personas no les interesa la carne, es el deporte, es la adrenalina de andar en el monte persiguiendo las presas. Estrenar, calentar sus armas modernas de grueso calibre, 3030, mini 14, con miras telescópicas», detalla.

La caza deportiva –también ilegal– cuenta con equipos más sofisticados para matar a las presas y para comunicarse entre cazadores. Foto: BCAF- ACG.
Acevedo describe un perfil de cazador con un nivel socioeconómico alto, algunos de ellos profesionales, que viajan los fines de semana en vehículos nuevos y costosos, equipados con uniformes, radios de comunicación y vigilantes, comúnmente conocidos como «campanas». Hombres apostados en las entradas de los pueblos para alertar sobre la presencia de las autoridades.
El pasado 26 de julio oficiales del ACG y del Área de Conservación Arenal Tempisque (ACAT) interceptaron a un grupo organizado de cacería en San Cayetano de El Salto de Bagaces. En esa madrugada, seis personas fueron detenidas. Dos eran vecinos de Liberia, uno de Tilarán, otro más de Puntarenas y otro de Monteverde.
El arsenal y la logística incautados sorprendieron incluso al personal del ACG, acostumbrado a estas prácticas: seis armas de fuego de grueso calibre, miras telescópicas, gran cantidad de municiones, radios de comunicación, armas blancas, perros entrenados para persecución de venados y la cabeza de un venado cola blanca sacrificado.
El grupo original era de 10 a 12 personas y utilizaban seis vehículos de alta gama, pero la mitad logró darse a la fuga.
Guardaparques en desventaja
«Siempre vamos en desventaja», lamenta Raúl Acevedo Peralta al ser cuestionado sobre las implicaciones de seguridad que tiene la caza furtiva para los guardaparques.
Durante el operativo en Bagaces, solo eran seis guardaparques enfrentados a más de una decena de cazadores armados con fusiles modernos.
Cada vez el personal en las áreas de conservación es menor. Se pierden plazas en vez de reponerlas e ir duplicando… más bien vamos para atrás», dijo en queja al recorte gubernamental al presupuesto del Sinac, que ha congelado la reposición de plazas de trabajo.
En 2020 el Sinac tuvo un presupuesto operativo de ¢¢47.226 millones. Para 2026, ese presupuesto ha tenido una caída hasta los ¢32.525 millones.
Cuenta que hace unos años ningún guardaparques portaba chalecos antibalas. Hoy en día tienen, pero son insuficientes.
Se hizo en su momento un esfuerzo y una donación, pero no alcanzó para todos. Algunos andan, otros no. Las armas nos las cambiaron hace años, pero ya ahora eso quién sabe hasta cuándo», denuncia el funcionario.
Esta asimetría operativa explica por qué el personal del ACG depende del apoyo de cuerpos policiales externos en casi cada detención reportada.
Delitos impunes
La impunidad de los delitos es otro factor clave, que permite que quienes practican la caza ilegal —deportiva o de comercio— puedan hacerlo de forma repetida.
«El tema ambiental en cuanto a delitos es muy difícil. Es muy difícil que vayan a prisión, son sanciones muy bajas». Dice incluso que hay una falta de sensibilización de los jueces frente a los crímenes contra la naturaleza.
De acuerdo con el funcionario, los cazadores adinerados capturados «quedan libres al día siguiente de la indagatoria» y los procesos penales suelen resolverse con multas que resultan «insignificantes» para cazadores con alto poder adquisitivo.
Una solución polémica, pero viable
La pérdida constante de fauna de mediano y gran tamaño en Guanacaste, como el venado cola blanca, no solo vulnera la biodiversidad, sino que compromete directamente la regeneración del bosque seco tropical, un ecosistema que ha tardado décadas en recuperarse de la deforestación ganadera del siglo pasado, detalla el funcionario.
El venado cola blanca cumple una función importante como dispersor de semillas de árboles del bosque seco. Además de recordar que son la presa de felinos mayores como el puma y el jaguar, lo que altera las cadenas alimenticias».
Ante este panorama de impunidad y asimetría operativa, Raúl Acevedo Peralta plantea una solución que se discute entre los círculos ambientalistas, pero él mismo sabe que resulta polémico para muchas personas: flexibilizar los trámites de la Ley de Conservación de la Vida Silvestre para permitir el establecimiento de criaderos legales de fauna con fines comerciales.

El consumo ilegal de carne pone en riesgo la biodiversidad del Área de Conservación Guanacaste. Foto: BCAF- ACG.
«Si hay cómo adquirir de alguna manera legal la carne en sitios donde los están reproduciendo, entonces ese mercado negro va a venir abajo y probablemente esa presión de cazadores ya no va a tener dónde vender, y también vamos a disminuir eso», cree.
Acevedo sostiene que la herencia cultural del consumo de carne silvestre en Guanacaste es innegable, y que si se habilita un suministro legal, los consumidores optarán por la vía regulada.
Para algunos, hablar en estos términos es contradictorio… creen que estamos promoviendo que reproduzcan animales silvestres para comerlos, pero de todas maneras los están cazando hoy y están haciendo un daño mayor a nivel del ecosistema con esa cacería sin control», concluye.

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