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Chao pescao, la lucha de las comunidades costeras por alcanzar los peces que se alejan

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“Ayer fuimos a pescar cabrilla y sacamos como catorce. Al final vendí ocho, fui a Sámara a vender y nada. Nos ganamos como ocho mil colones cada uno y con esta situación, sin plata, no hay mercados, todos los restaurantes cerrados… esto está feo.”

Cuando Sergio Jirón me decía eso días atrás en un audio de WhatsApp, la pandemia provocada por el Covid-19 ya empezaba a clausurar y cerrar todo a su paso: playas, fronteras y restaurantes.

Sergio, o Chejo como lo conocen en playa Sámara, tiene 65 años y se gana la vida pescando a pulmón. Hace apenas tres semanas lo acompañé en un día de pesca para que me contara cuáles han sido las consecuencias del cambio climático en su trabajo diario. Ninguno de los que zarpamos aquel viernes a final de febrero sabíamos lo que se venía. Un coronavirus se propagaba por el mundo a gran velocidad para complicar aún más el panorama a Chejo y sus compañeros.

Ese día, la jornada iniciaba más o menos así:


En la calle que lleva de Sámara a Carrillo, Sergio Jirón
(65 años) camina con zancadas largas difíciles de alcanzar. Son casi las 8 a. m. y el sol comienza a maltratarnos. Lo siguen de cerca Mauricio Ruiz (de 31) y Teodorito Valencia (de 64), que empujan una carreta cargada con el motor de la lancha. La caravana la termina José Andrés Sánchez, el más joven y novato del grupo, con 17 años. Ya van tarde para empezar el día.

José Andrés empuja otra carreta con equipo de esnórquel, patas de rana, gasolina, cuchillos y todo lo necesario para trabajar. Empezó a pescar con ellos hace apenas dos meses. 

Un vecino parqueado en un carro blanco frente al super, dos hombres que rellenan los huecos de una calle de lastre, y una familia sentada en el corredor de su casa les gritan lo mismo: ¡SUERTE! Un deseo de rutina, una palabra tan gastada por el tiempo y el uso como la camisa de bucear que lleva puesta Sergio (o Chejo, como lo conocen en el pueblo).

Desde hace años Chejo y los suyos se enfrentan a aguas cada vez más calientes y sin peces. En comunidades costeras como esta se mezcla el oficio de la pesca con agricultura, ganadería y cada vez más con turismo, pero siguen dependiendo en gran medida de lo que el mar les provee. 

Hasta ahora, muchas discusiones sobre la pesca en el país se enfocan en la aprobación o no de la pesca de arrastre y en el otorgamiento de nuevos permisos para pescadores. Mientras eso sucede, el mar se calienta. Dentro de 30 años, dicen los estudios, le ofrecerá menos de la mitad de recursos a este grupo de cuatro hombres que arrastra su equipo de pesca. “Vieras cómo la hemos visto de fea este tiempo, del año pasado para acá”, decía Chejo hace un rato.

Sergio Jirón de 55 años bucea a pulmón en busca de pescado y langosta. En su casa en el barrio El Torito de Sámara hay cientos de conchas de todos los tamaños que decoran móviles, cortinas y mesas.

Chao pescao

El grupo de pescadores empuja el bote hacia las olas y cuando alcanzan profundidad suficiente, suben de un salto. Encienden el motor y se santiguan con los dedos empapados de agua salada. Saben que para volver con la hielera llena no basta con la experiencia, van a necesitar mucha de esa suerte que les desearon en el camino.

Chejo asegura que el calentamiento de las aguas hace que los peces se muevan hacia zonas más frías, entonces a ellos les toca consumirse mucho más profundo para encontrarlos. Consumirse, sí, porque ellos pescan con arpón.

 “Imaginate que hemos estado buceando a 22 metros de profundidad a ver qué encontramos. Antes a ocho o a 10 metros, aquí en la orilla, por todas partes, había pescado. Ahora no hay nada”, se lamenta.

“Vengo comenzando y bajo más de 20 metros. Me gustaría aprender, ser un buceador como tío Sergio”, dice José Andrés Sánchez, de 17 años y luego se sumerge junto a su tío Sergio Girón.

El biólogo de la Fundación Marviva, Gustavo Arias coincide con Chejo. Aunque no hay estudios a nivel nacional sobre el impacto del cambio climático en la migración de los peces, sí hay proyecciones a nivel mundial y algunos datos para el Pacífico Tropical Oriental, la zona que se extiende desde California hasta Ecuador y abarca Costa Rica.

“Lo que predijo el modelo que ellos (los investigadores) utilizaron es que de aquí a unos años, 2050, una cosa así, va a disminuir la captura de algunos especies de interés comercial (como el atún) hasta en un 60% en las zonas tropicales y va a aumentar de un 35% a un 40% hacia las zonas más templadas”, enfatiza Gustavo.

A Chejo le explicaron en un curso de navegación que para los peces la mejor temperatura del agua va de 18 a 23 grados centígrados. “¿Y en una agua a 32 grados que puede haber? ¡Nada!”, se responde a sí mismo.

José Andrés Sánchez saca un pescado que ellos conocen como catecismo. Es la primera pesca del día. Por las noches asiste al Cindea de Sámara, donde cursa octavo grado.

Viajan unos 20 minutos a un punto que conocen como “El sur”, pasan de largo Puerto Carrillo y bordean algunos despeñaderos de rocas puntiagudas donde los pescadores reconocen figuras de indios acostados bocarriba, o siluetas de ballenas. Detienen el bote en un punto que podría ser cualquier lugar en los ojos de un inexperto, guiándose por casas lujosas y antenas telefónicas en la orilla. Después de cada inmersión, los buzos vuelven sin haber hecho un solo disparo.  “Vamos a la piedra de Rafelón… vamos a Corozal… intentemos en El Muñeco… ¿y si volvemos a la de Rafelón?”. Las propuestas van y vienen como las olas. Prueban hasta seis puntos diferentes. La suerte que les desearon temprano la necesitan cada vez más. 

“Abajo está negro como la noche”, dice Chejo mientras se sube de nuevo al bote, la poca visibilidad les hace muy difícil encontrar los peces a mayor profundidad.

Casi dos horas después de haber entrado al agua aparece la primera pesca del día, es un pez pequeño, alargado y con pintas amarillas. Ellos lo conocen como “catecismo”. Lo atrapó José Andrés, y será lo único que conseguirá en el día.

Los más experimentados no tienen más éxito que él. Al final del la jornada, Teodorito pesca un hojarán de cuatro kilos y Chejo par de cirujanos pequeños. Mauricio por su parte, regresa sin peces. “Esto es una odisea… una odisea”, repite el pescador con incredulidad. Su paga al final de la semana no superará los ¢20.000.

El bote de Frank Fines Pérez cruza frente al de Chejo. Es uno de los samareños que se dedica de lleno a la pesca deportiva desde hace varios años.

En playas como Sámara y Guiones, la pesca sigue siendo una actividad fundamental. Hay recibidores para los pescadores artesanales y tienen asociaciones que se reúnen cada dos semanas para discutir temas de interés. 

Gustavo explica que la pesca es algo cultural, que va transmitiéndose de generación en generación. Aunque Mauricio y José Andrés dicen amar lo que hacen, tal vez no puedan continuar esa tradición familiar.  

Mismos puertos, nuevas puertas

“El mar es impredecible, por ejemplo, qué te digo yo, esta semana nosotros podemos sacar ¢100.000, la próxima semana podemos sacar ¢20.000, ¢15.000 y así”, relata Mauricio, quien ya tiene 31 años y pesca desde que salió de la escuela. Es grande, corpulento, tal vez por eso lo han buscado para trabajos en construcción y seguridad privada, pero todos los ha dejado porque prefiere el trabajo en el mar o en “la bucea”, como él lo llama.

Igual que José Andrés, estudia en el colegio nocturno, en décimo grado. Quiere terminar el bachillerato para ser contador y algún día dejar el esnórquel y la arbaleta, ese arpón casero con el cual se consume de lunes a viernes.

“Cuando se dé una oportunidad de brete que me pueda abrir mejores puertas, buscar esa puerta y seguir adelante para lo que venga”, dice Mauricio un poco más esperanzado. 

Gustavo concluye que ante este panorama de grandes migraciones de peces, las comunidades locales de las zonas costeras deben aprovechar el valor turístico, biológico y ecológico que tienen. 

“En el contexto que estamos, el turismo responsable es una de las alternativas que necesitan una mayor inyección de parte del Estado, principalmente un apoyo a cómo realizar esas actividades”, agrega el biólogo. 

Frente al bote de Chejo, cruza el de Frank Fines, un samareño que se dedica a la pesca deportiva desde hace muchos años. A lo lejos, levanta un gran pescado igual que un trofeo como señal de fortuna. Desde el bote de Chejo lo celebran.

A las 3:30 p. m. Mauricio, José Andrés y Teodorito finalizan la jornada y vuelven a sus casas. Chejo aún debe llevar el pescado que acaban de cortar a los restaurantes y pescaderías del centro de Sámara para intentar venderlo.

 

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