Derechos Humanos

¿Cómo es la vida de un matrimonio gay en Guanacaste? La historia de Keith y Albert

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Detrás del Santuario del Santo Cristo de Esquipulas, en Santa Cruz, hay una variedad de casas viejas de madera coloreada, de esas bien guanacastecas. Albert Toney y su esposo Keith Toney se toman de la mano, se abrazan y se besan frente a las cámaras de La Voz de Guanacaste sin ningún tapujo.

No habían pasado cinco minutos cuando un hombre que pasaba frente a ellos casi se cae de la bicicleta al ver, con la cara francamente compungida, la escena de los Toney.

Unos minutos después, el escenario era otro: dos colegialas que iban caminando los vieron diciendo: “¡uy vea qué cool!”, y siguieron caminando con total normalidad.

Este es el Guanacaste que Albert y Keith viven todos los días. Ellos prefieren quedarse con lo bueno y perciben que la provincia ya crece en la inclusión de personas con orientación sexual diferente. “Hay una nueva generación, quizás menores de los 20, que son más públicos y abiertos. Salen del closet desde más temprano y viven más felices”, dijo Keith.

¿Quiénes son Albert y Keith?

Para el pueblo de Playa Junquillal, estos dos estadounidenses son una simple pareja que se mudó a la costa hace tres años. Pocos saben que hace 13 años estaban cambiando la historia de Holden, Massachusetts.

En el 2004, Albert y Keith se casaron legalmente y se convirtieron en el primer matrimonio del mismo sexo en su ciudad.

Sus logros no se quedaron allí. Gracias a su lucha, el Estado de Massachussetts cambió la legislación de pensiones para que las parejas del mismo sexo pudiesen heredar ese dinero a su cónyuge, en caso de muerte.

Desde entonces aparecieron en periódicos, en documentales y hasta en Wikipedia. También escribieron un libro para niños, contra la discriminación.

“La manera en la que nosotros luchamos por cosas en nuestra vida es pensando: ¿por qué vamos a esperar a que alguien más haga algo que nosotros podemos hacer?”, contó Albert.

El estigma contra Albert, además, era doble: también tenía que enfrentarse al racismo por ser negro.

“Al ser blanco, yo estaba ‘en la cima de la sociedad’, pero al salir del closet pasé completamente abajo”, contó Keith.

Dos gays en Guanacaste

La vida en la playa no la cambian por nada. Albert tiene 50 años de edad y fue el primer policía en declararse abiertamente gay del Departamento de Policía de Worcester, Massachussetts; ahora está retirado. Keith tiene 45 años y trabajó como contador, pero nunca le gustó su trabajo.

Ahora son voluntarios en el comité de seguridad de Junquillal: Albert es el presidente y Keith es el secretario. “Básicamente, los gays estamos protegiendo a todos en la comunidad”, dice Albert entre risas.

Para Keith, su vida en Guanacaste es completamente normal y aunque sabe que mucha gente puede hacer comentarios sobre ellos, nunca han tenido problema con ningún vecino ni se han sentido discriminados.

La pareja está en una etapa en que la falta de bares o restaurantes declarados abiertamente gays en la provincia tampoco es un problema. Ahora disfrutan compartir en casas con amigos, ir de paseo o disfrutar en su propio hogar.

Guanacaste tiene los mismos retos que tiene cualquier lugar rural del mundo, dice Keith. En Estados Unidos sucede lo mismo, dice él: las zonas urbanas son más abiertas con la población LGBTI, mientras que las rurales son más conservadoras.

“Cualquier área rural siempre va a ser más difícil que las zonas metropolitanas, pues no hay lugares en donde los gays se puedan reunir… para ir a cualquier lugar hay que tomar tres buses”, cuenta Keith.

Ese conservadurismo se manifiesta en forma de rechazo. Cuando alguien los discrimina, ellos notan un patrón: son personas muy religiosas, con pocas posibilidades de educación o sexualmente reprimidas.

A Guanacaste no vinieron a hacer activismo, sino a disfrutar de su vida como pareja. Sin embargo, les emociona compartir su historia con otros amigos gays o con el círculo que los rodea. Ellos saben que son inspiradores.  

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