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«Tierra prometida»: la cooperativa de migrantes nicaragüenses que cultiva en Guanacaste

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Esta historia fue publicada originalmente por Nicas Migrantes, de Confidencial con el título «Campesinos nicaragüenses cultivan en tierras alquiladas en Costa Rica». El equipo de Confidencial conoció el proyecto Tierra Prometida a partir del Laboratorio Comunitario de Diálogo Migrante organizado por La Voz de Guanacaste en Liberia.


Ponen alimentos en la mesa de miles de familias costarricenses, pero no son dueños de la tierra que cultivan. En Santa Cecilia de La Cruz, Guanacaste, 25 campesinos nicaragüenses y costarricenses agrupados en la cooperativa “Tierra Prometida” llevan casi dos décadas alquilando parcelas cada seis meses para sembrar maíz, frijoles, yuca, ñame y quequisque. Viajamos hasta esa zona fronteriza para conocer sus historias.

María Esther Garzón limpia los terrenos que alquila en Santa Cecilia de La Cruz, Guanacaste. Foto: Confidencial

A diferencia de la mayoría de migrantes nicaragüenses, que al llegar a Costa Rica se involucran en trabajos domésticos o en la construcción, este grupo de campesinos se ha organizado para seguir ejerciendo un oficio heredado de generación en generación: el trabajo en la tierra.

Una planta de frijol crece en el campo de los terrenos que alquilan los campesinos nicas. Foto: Confidencial

Sin acceso a créditos bancarios ni posibilidad de comprar terrenos propios, cada temporada deben financiar de su bolsillo el alquiler de parcelas, semillas, herbicidas y fertilizantes, enfrentando además la incertidumbre de contratos que vencen cada seis meses. A eso se suma la amenaza climática: una tormenta puede borrar de un solo golpe el esfuerzo de toda una siembra.

Un campesino revisa las plantaciones de frijol en terrenos alquilados durante una jornada de trabajo en el campo. Foto: Confidencial

Desde 2006 operan legalmente como cooperativa con un objetivo claro: que el Instituto de Desarrollo Rural (INDER) les ayude a acceder a parcelas propias, no como regalo, sino para pagarlas ellos mismos. Casi dos décadas después, siguen esperando una respuesta.

María Esther Garzón y Martha Elena Somarriba las mujeres que lideran la cooperativa de nicas y ticos “Tierra Prometida”. Foto: Confidencial

Detrás de cada parcela hay una historia de desarraigo y reinvención. Algunos llegaron de niños, traídos por sus padres en busca de mejores oportunidades. Otros cruzaron la frontera siendo adultos, con hijos de la mano y sin saber a dónde llegarían. Lo que los une no es solo la nacionalidad, sino las manos callosas, el olor a tierra mojada y una convicción compartida: que cultivar no es solo un oficio, es una forma de existir.

Una campesina aplica abono a las plantaciones en Santa Cecilia de La Cruz, Guanacaste. Foto: Confidencial

Son personas que construyeron su vida en Costa Rica. Criaron hijos, formaron familias y echaron raíces en un suelo que labran con la misma pasión que si les perteneciera. Para ellos, la agricultura no es un plan B ni una salida de emergencia. Es una herencia que decidieron no abandonar, incluso cuando las condiciones los empujan a hacerlo.

Vista de terrenos de cultivo alquilados por una campesina nicaragüense en Santa Cecilia de La Cruz, Guanacaste. Foto: Confidencial

La historia de “Tierra Prometida” no es un caso aislado. En toda la franja fronteriza entre Nicaragua y Costa Rica —en La Cruz, Upala y Los Chiles— se repite el mismo patrón: familias nicaragüenses que encontraron en la tierra su medio de vida, pero que enfrentan las mismas barreras para acceder a un pedazo propio donde sembrar con seguridad y dignidad.

Martha Elena Somarriba, la presidenta de la cooperativa “Tierra Prometida” frente a cultivos de frijol. Foto: Confidencial

Mujeres que lideran la cooperativa

Llegó de Tisma, Nicaragua, en 1994, cruzando la frontera por puntos ciegos con sus hijos. Empezó lavando y planchando hasta que descubrió la agricultura. Hoy es presidenta de “Tierra Prometida” y divide su tiempo entre los cultivos y un negocio de catering. Es el pilar del grupo. “Yo ahí estoy, siempre dándoles ánimo. Ya llevamos tantos años, pero ya nos falta poco para ver la luz”, dice.

María Esther Garzón vicepresidenta de la cooperativa “Tierra Prometida” posa junto los cultivos de frijol en los terrenos que alquila. Foto: Confidencial

La trajeron a Costa Rica de niña y su madre le enseñó a sembrar. Es el único oficio que ha conocido y el único que quiere. Vive a la par de los terrenos que alquila, entre surcos de maíz y frijoles. Los años malos no la detienen. “A mí me dicen que salga de esto. Les digo no, es que yo amo hacer, es mi trabajo”

La campesina nicaragüense Yamileth Obando posa junto a sus herramientas de trabajo en el interior de la casita que tiene junto a sus cultivos. Foto: Confidencial

Para Yamileth, cultivar va más allá del sustento. Es algo que siente pero le cuesta explicar. “Se siente una emoción, una alegría ver los cultivos como vienen para arriba”, dice. Una alegría que, asegura, solo entiende quien ha puesto una semilla en la tierra y espera que crezca.


*Este fotorreportaje se realizó con apoyo de la beca de producción periodística de DW Akademie y el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión (IPLEX). La beca es parte del proyecto global “Space for Freedom” de la iniciativa Hannah Arendt, promovida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.

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