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Un grupo de mujeres trabaja desde muy temprano en un vivero en Hojancha, entre el calor y la humedad. Toman una a una miles de pequeñas plantas de balsa, guarumo, cenízaro o aceituno y ponen en cada una de ellas bolitas de abono para que soporten el verano que se acerca.
La misión de estas plantas es crear bosques nuevos en fincas ganaderas por toda la provincia de Guanacaste. Que donde ahora hay pastizales, en unos años haya árboles jóvenes.
Todo este esfuerzo de reforestación en la región es financiado por una empresa refinadora de petróleo en Francia. Ambos firmaron por primera vez un contrato por bonos de carbono.
Esto significa que la empresa invertirá aquí parte de sus ganancias en acciones contra el cambio climático, como forma de compensar su impacto ambiental.
Ganadería y bosques
En Guanacaste es común ver en el horizonte las llanuras de potrero seco con un árbol de guanacaste solitario y, bajo su sombra, el ganado tratando de escapar del sol.
Esto es lo que busca cambiar RePlanet, una organización con sede en Inglaterra que es propietaria y organizadora del proyecto Ganbos (Ganadería y Bosques). El papel de RePlanet es operar como intermediario entre inversionistas privados y empresas internacionales con finqueros locales para la generación y venta de créditos de carbono.

Operan un total de siete viveros vinculados a la Liga Comunal del Agua que producen las diferentes especies como Guanacaste con las que se reforestan las fincas.Foto: César Arroyo
En pocas palabras, el productor al ingresar al proyecto no cede la propiedad de su tierra, sino que transfiere los derechos del carbono capturado en su finca para ser comercializados en el mercado internacional.
Ganbos firmó contratos de 40 años con 35 fincas ganaderas en Guanacaste para que destinen un área específica a la reforestación, que puede ir de un 5% a un 30% del terreno.
Esas zonas aptas para reforestar son seleccionadas en conjunto entre las personas técnicas y propietarias de la finca, en donde no exista un bosque establecido previamente ni zonas inundables.
El pago por esos bonos no llegará de un año para otro, las personas propietarias deben esperar nueve años hasta que ese bosque emergente capture una cantidad de carbono que sea cuantificable para que los inversionistas recuperen su capital inicial.
La espera de nueve años
Desde los viveros de La Liga Comunal del Agua (LCA) en Hojancha salen plantas en camiones en todas direcciones de la provincia. La Liga proporciona el acompañamiento en la reforestación y la Universidad para la Cooperación Internacional, a través de su programa Suelos Vivos, asesora a los finqueros en ganadería regenerativa para mejorar la productividad de su negocio.

Jenny Sánchez vive en Hojancha desde hace 18 años y trabaja en el vivero cuando la llaman. Comenta que la falta de trabajo es una de las mayores problemáticas en la comunidad.Foto: César Arroyo
Al entrar al proyecto las personas reciben hasta $120 dólares por hectárea para utilizar en cercas, bebederos y tuberías. Estos incentivos son un mecanismo de compensación en especie, hasta que lleguen los primeros pagos que tardarán casi una década. Emel Rodríguez, ingeniero forestal y fundador de la LCA, lo explica en palabras sencillas: el árbol coge el carbono, libera oxígeno y con los elementos del suelo hacen moléculas y células que se convierten en madera donde se está fijando el carbón.
“La forma de poder demostrar la inversión básica para hacer el bosque son los nueve años. Hasta los nueve años uno dice, ya ahí hay suficiente carbono como para cobrar”, comenta Rodríguez.
Las personas propietarias de las fincas no reciben un monto fijo, sino un porcentaje por estos bonos, ya que esto varía. Según explica Javier Artiñano, actualmente el carbono forestal se cotiza a $70 dólares por tonelada, con expectativas al alza.
“A la hora de comercializar hay total transparencia con los ganaderos con respecto al precio al que se vendió. Y del precio de venta, el 60% queda en las fincas. Del 40%, Replanet se gana lo suyo, el inversionista recupera lo suyo y un porcentaje va para pagar la certificadora”, explica el agrónomo y director de Ganbos, Javier Artiñano.

Según explica Javier Artiñano por cada punto porcentual de aumento de carbono en el suelo, se pueden almacenar más de 14.000 litros de agua por metro cuadrado en los primeros 30 centímetros de profundidad. Esto es vital para enfrentar las prolongadas sequías del verano guanacasteco.Foto: César Arroyo Castro
La certificadora que menciona Javier es una entidad responsable de no solo contar cuánto carbón generaron los árboles sembrados, sino auditar que cada bono de carbono vendido a empresas contaminantes equivalga a una tonelada de dióxido de carbono (CO2) que fue removida de la atmósfera.
El mercado de bonos de carbono a nivel global también ha estado marcado por controversias a nivel global.
El abogado y profesor de Derecho de la Universidad de Costa Rica, Rubén Chacón, explica en un análisis sobre los mercados de carbono que algunos países han implementado estrategias nacionales para acceder a financiamiento internacional y que en numerosas ocasiones han existido negociaciones de espaldas a comunidades locales y pueblos indígenas que condicionan el uso de su propia tierra y sus medios de vida.
Los casos de abuso más documentados están en regiones como la Amazonía o República Democrática del Congo, principalmente en territorios indígenas.
Javier Artiñano asegura que el modelo que se busca implementar en Guanacaste es distinto. Explica que existe un «carbono barato» y un «carbono caro». El carbono barato es aquel que proviene de proteger bosques primarios que ya existían. En cambio, este modelo genera un carbono que se basa en la «adicionalidad», es decir se le paga al finquero por crear bosque nuevo que no existiría sin la intervención del proyecto.
De potreros a bosques
Empezar un nuevo bosque en una tierra degradada es una tarea difícil, pero Emel sabe con cuáles especies preparar el terreno. Él las llama plantas 4×4. Su misión principal es preparar la tierra y crear «condiciones ecológicas habilitadoras» para que el bosque permanente pueda prosperar.

En los viveros comunitarios, se contrata a mujeres de la zona para labores meticulosas como la siembra, la poda, el abono y la selección de plantas.Foto: César Arroyo Castro
“Balsa y capulín, la balsa echa unas hojas grandes cargadas de elementos que hacen suelo. ¿Qué hace el capulín? Produce frutos desde los 2 años en adelante para que las aves que vienen del bosque coman y en la cuita van las semillas de las otras especies. Entonces, la naturaleza es tan sabia que manda adelante uno que forma suelos y el otro que da comida”, explica Emel.
A partir del tercer o cuarto año, cuando la balsa ya ha mejorado el suelo y genera sombra, los técnicos siembran debajo de ella especies permanentes y siempreverdes (como el espavel o el ojoche), las cuales morirían si se plantaran directamente bajo el sol. Conforme las balsas mueren, ceden su lugar al nuevo bosque.
Emel conoce mejor que nadie lo que significa deforestar un pueblo completo y sufrir las consecuencias. Convertir las montañas en potreros le significó a Hojancha una crisis de agua durante los años ochenta, que solo fue posible revertir mediante reforestación.

Wilberth Matarrita produce 45.000 árboles al año en su patio.Foto: César Arroyo
Por eso ve con buenos ojos sostener la ganadería pero esta vez con un ecosistema vivo, imitando los procesos naturales para recuperar suelos degradados, proteger nacientes de agua y crear corredores biológicos.
“Si al estado no le alcanzan los recursos para pagarme el área de recarga del agua, alguien que la pague. ¿Qué importa que esté en Estados Unidos, en Alemania? Entonces es como explorar otros conceptos más globales, con una visión más planetaria y no tan de gobierno sino de derecho privado y de alianzas. Y posiblemente esos van a ser los esquemas del futuro”, opina Emel.

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