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Dos grupos en Guanacaste redibujan la selva marina que está a punto de desaparecer

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Juan José Alvarado todavía recuerda cómo lucían los arrecifes de coral en Playas del Coco, en el cantón de Carrillo, cuando empezó su práctica de buceo hace unos 20 años.

Eran los mejores, inclusive mejores que los de la Isla del Coco. La diversidad era altísima”, dice Alvarado, biólogo e investigador del Centro de Investigaciones del Mar (Cimar) de la Universidad de Costa Rica (UCR). 

Recuerda que eran de todos los colores, tamaños y tipos. “Eran” porque los arrecifes ya no son los mismos que hace dos décadas. A finales de los 90, el 70% de arrecifes en Bahía Culebra (que está en los cantones de Carrillo y Liberia) tenía coral vivo. En este momento la cobertura es de solo 3%.

No es una historia única. “Hasta el momento está confirmado que se ha perdido al menos una quinta parte de los arrecifes de coral del mundo, con algunas estimaciones que indican la pérdida del coral vivo hasta en un 50%”, indica la Organización de las Naciones Unidas en una de sus publicaciones. Ante el panorama mundial y nacional, el Gobierno de Costa Rica firmó un decreto en junio del 2019 para contabilizarlos, protegerlos y restaurarlos.

Dos grupos en Guanacaste tienen proyectos de jardinería de corales para restaurarlos. Proyecto Corales y el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) comenzaron a trabajar hace dos años y medio para repoblar los arrecifes coralinos de Sámara. Otro grupo lo hace desde Matapalo (en el cantón de Carrillo) hasta Bahía Culebra (en Liberia) desde agosto del 2019. 

En este último participan expertos del Cimar, el Área de Conservación Tempisque (ACT), la Agencia de Cooperación Alemana para el Desarrollo y la empresa Península de Papagayo, que proporciona embarcaciones y personal para ir a limpiar los corales. Los integrantes de ambos grupos afirman que con la restauración de los corales llegarán más peces a la zona, eso beneficiará a los pescadores y al turismo, porque habrá más biodiversidad marina.

La técnica de jardinería consiste en colocar pequeños fragmentos de coral bajo el mar en una armazón, que es una especie de antena vertical o una malla acostada. Cuando están más grandes, los trasplantan a arrecifes naturales. 

Es un método que empezó a implementarse por primera vez en el país en 2016 en el Golfo Dulce, pero que se desarrolla desde los 2000 en otras partes del mundo. Pero, ¿cómo llegamos al punto de necesitar la intervención de científicos y comunidades para recuperarlos?

Los investigadores trasladan fragmentos de coral en estructuras artificiales. Luego de algunos meses los vuelven a trasladar a los arrecifes. Ilustración Roberto Cruz

Entre mar y tierra

Los corales son animales marinos, de diferentes formas y tamaños, ubicados sobre arrecifes que están cerca de las costas. Ocupan menos del 1% de la superficie mundial pero en ellos habita un 25% de las especies marinas, como moluscos, peces y esponjas. 

Como son el punto de unión entre la tierra y el mar, las actividades humanas y naturales pueden dañarlos. Por siglos habían sobrevivido a todo tipo de eventos climáticos, hasta que el desarrollo mundial de los últimos 50 años comenzó a acelerar su desaparición.

De hecho, el cambio climático es una de sus principales causas de muerte. 

El océano tiene la capacidad de absorber dióxido de carbono (por ejemplo de industrias o vehículos), pero pierde esa capacidad cuando las emisiones son muy altas. Eso acidifica el mar y hace que tanto la temperatura de la tierra como la del océano ascienda.

Los corales tienen una microalga adherida que les da los nutrientes necesarios para sobrevivir pero con la acidificación y aumento de la temperatura, la microalga se desprende y los corales mueren o “se blanquean”. 

Por eso es que ellos buscan vivir en aguas someras, donde haya luz, buena calidad de agua y pocos sedimentos”, explica Alvarado. “Entonces si alguna de estas cosas se altera pues los corales dejan de crecer”.

Las mareas rojas cada vez más frecuentes también los dañan. El fenómeno ocurre cuando  llegan al mar contaminantes como las aguas negras de industrias o los sedimentos de plantaciones agrícolas, así como los movimientos de tierra que suceden durante las construcciones cerca del mar, explica Alvarado. 

Las algas de las mareas rojas dificultan que la luz llegue a las microalgas para alimentar a los corales, indica la Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente (AIDA).

Alvarado ha estudiado por más de dos décadas los arrecifes de Bahía Culebra y dice que el deterioro empezó entre el 2003 y el 2004, justamente con mareas rojas. Después, por alguna razón que los investigadores desconocen, hubo una sobrepoblación de algas que le impedía el paso de la luz a los corales

Lo que terminó de reducir la cobertura de coral vivo fue la llegada de unos erizos a la zona que empezaron a comerse las algas y, por su alimentación, terminaron destruyendo los corales.                                    

En Sámara, en cambio, no hay un monitoreo para saber cómo sucedió la pérdida. “Yo sospecho que se deterioró por la sedimentación, porque en un momento tuvo mucho desarrollo turístico”, dice el director del ACT, Mauricio Meléndez. Los investigadores de Proyecto Corales coinciden con él.

Según el monitoreo que han hecho en esta costa nicoyana, los arrecifes más dañados están cerca de la cuenca Malanoche (entre Sámara y Puerto Carrillo de Hojancha). Martin Richard Paradis, del Proyecto Corales, dice que ahí hay más de 300 hectáreas de teca. Las hojas de teca son tan grandes que, cuando cae la lluvia, el agua y los sedimentos no se filtran al subsuelo sino que se van al mar. Los corales son tan frágiles que cualquier tipo de intervención los afecta. 

El equipo de Sámara mide el crecimiento, de los corales que devolverán a los arrecifes. Foto: Martín Richard Paradis

Colorear adentro y afuera

Los pronósticos para los corales no son muy favorables si los países no empiezan a tomar acciones de restauración. “Hay escenarios de que para el 2040-2050 los arrecifes de coral que conocemos en la actualidad van a desaparecer completamente”, comenta Alvarado. Por eso es que Richard y otros operadores turísticos y pesqueros se han involucrado en el proyecto en Sámara. 

Que la comunidad se involucre es un factor determinante para su éxito.

No podemos hacer esto [revivir los corales] si afuera del agua las cosas no cambian”, considera Richard.

Alvarado y Richard coinciden en que los pescadores deben implementar prácticas responsables, y los hoteles y empresas deben velar porque los residuos sólidos y líquidos no vayan mar. También insisten en que los gobiernos locales deben controlar el desarrollo urbano.

En la isla Cousin, en el Océano Índico, por ejemplo, la cobertura pasó de 2% a 16% en dos años con un proyecto similar a este, que combinaba la jardinería de corales con acciones para mitigar el impacto que tienen las actividades en las costas. 

“Yo no pienso que los vamos a recuperar en un 100%”, considera Alvarado. Pero después recalca que con un buen tratamiento de aguas, ordenamiento turístico y ordenamiento territorial, los corales podrán adaptarse a los impactos del cambio climático porque “los factores estresantes se reducen”, agrega. 

Con esa misma visión es que el grupo de Sámara ha desarrollado proyectos con la comunidad, como charlas sobre el cuido de los recursos naturales, jornadas de siembra de árboles (para ayudar a la infiltración del agua y a la absorción de dióxido de carbono) y colocación de estructuras para señalizar los lugares donde las embarcaciones no deben lanzar anclas. En Bahía Culebra, el equipo aún está planificando esas acciones.

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