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Editorial: De egoísmo y otros demonios guanacastecos

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En nuestra edición de febrero presentamos tres historias de abandono y algunas otras de éxito. Una de las que más nos llena de angustia es la de Inés Fernández, una guanacasteca que lucha contra una enfermedad que se le instaló en los riñones y no va a salir de allí nunca. Inés viaja de La Cruz a Liberia cuatro veces por semana para sacarse toxinas de la sangre en el hospital mientras espera una muerte que le llegará de a pocos durante los próximos años.

El médico Hugo Delgado, encargado de la unidad de diálisis del hospital La Anexión de Nicoya, dice que estos pacientes podrían vivir hasta diez años, pero que esa esperanza es más bien una utopía cuando hablamos de Guanacaste, donde la mayoría de los pacientes viven en condiciones de pobreza, nunca tuvieron un trabajo con seguro médico y pasan más tiempo en el hospital que en sus casas.

Si doña Inés tuviera ¢2 millones para instalar en su casa un sistema de diálisis ambulatorio tal vez no viviría más años, pero viviría mejor: no tendría que pasar más de ocho horas a la semana subida en una ambulancia y podría estar más tiempo en su casa, con sus hijos.

Obviamente no es solo ella: hay más de mil personas que tienen esas condiciones en Guanacaste y que necesitan ayuda. Muchos de ellos se unirán en una asociación sin fines de lucro este año para buscar empresas aliadas que donen al menos una parte de lo que necesitan para poder autoadministrarse la diálisis en sus propias casas.

Lo que nos preocupa más es que esta lucha no es nueva. La Voz de Guanacaste ha informado de los problemas de personas con enfermedad renal crónica desde el 2013 y las universidades la estudian desde muchos años atrás, pero al parecer los guanacastecos lo normalizamos y no fuimos más allá de un “pobrecito” mientras seguimos al pie de la letra el dicho más egoísta de la historia “cada uno en su casa y Dios en la de todos”.

Esperar a que el Estado (que ciertamente tiene una buena tajada de la responsabilidad) tome cartas en el asunto, es la decisión más cómoda, pero la que menos nos hace crecer como provincia, como ciudadanos y también como empresarios.

¿Por qué estamos tan orgullosos de ser guanacastecos si nos estamos olvidando de la gente que nos necesita? Un guanacasteco no vale menos por su condición de salud, de raza, de orientación sexual o de género, pero incluso quienes abrazamos esta frase como nuestro estandarte nos quedamos en palabras y no la aplicamos en nuestra vida diaria, con nuestras acciones. El peor de nuestros demonios es el egoísmo: ¿estamos dispuestos a cambiarlo?

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