Derechos Humanos

Editorial: No nos sobra ninguna guanacasteca

La violencia contra las mujeres es más amplia y más intensa en Guanacaste que en cualquier otra provincia del país. Cada año, unas 4.600 denuncias llegan a las puertas de los juzgados por agresiones domésticas, el 80% de ellas interpuestas por mujeres.

Si cada una de esas denuncias la interpusiera una mujer distinta, no nos alcanzaría el Estadio Chorotega para albergarlas a todas. Los datos contenidos en el análisis de este especial muestran que las agresiones tipificadas en la Ley de Penalización de la Violencia contra la Mujer son un 60% más frecuentes en esta provincia que en el resto del país.

Las estadísticas continúan y con ellas nos ganamos un estereotipo que aborrecemos: el de la provincia que más golpea a sus mujeres, la más machista. Pero los números no nos cuentan una parte clave de esta historia.

Durante los últimos dos meses, el equipo de La Voz de Guanacaste se dedicó a conocer la historia de al menos una decena de mujeres sobrevivientes de violencia doméstica, física, sicológica, sexual y patrimonial; y las enseñanzas de quienes le han dedicado su vida a acompañarlas, respetar sus silencios, escucharlas cuando quieren hablar y llevarlas a un juzgado cuando detona el miedo y deciden dejarlo todo y salir de sus casas.

Gracias a la ayuda invaluable de Patricia y Mélida, dos guerreras que trabajan para el Instituto Nacional de las Mujeres en Liberia, logramos reunir a diez mujeres dispuestas a contarnos su historia. Algunas de ellas aparecen en los reportajes de esta edición, fotografiadas y filmadas, diciéndole a otras víctimas como ellas, que todas podemos salir del círculo de la violencia. Que todas tenemos derecho a sobrevivir.

Otras más, aunque no podían darnos ni sus nombres porque sus vidas todavía corren peligro, nos ayudaron a entender la complejidad inmensa que se esconde entre las relaciones abusivas, a romper mitos y barreras, a entender que este no es un problema de “los pobres” o de “las mujeres” sino de todos porque ¿cómo podría prosperar una sociedad sin la mitad de su población?

Recorrimos con ellas sus memorias, nos sentamos a escuchar y comprendimos el dolor de sentirse solas, con tres, cuatro o cinco hijos; de saberse sin un cinco en la bolsa mientras sus agresores seguían (muchos de ellos siguen) libres, sin penalización alguna. Y al final, nos alegramos de verlas respirando al lado nuestro, vivas, independientes, sonriendo. Nos sentimos absolutamente dichosos de que hayan sobrevivido.

Ahora, ustedes que nos leen y nosotros que estamos desde el otro lado del papel, tenemos el compromiso mínimo de llamar a la policía cuando escuchamos un grito que no es normal, de dejar de justificar al agresor y de exigir cuentas al Poder Judicial y al Ministerio Público sobre la impunidad que prevalece en la violencia doméstica.

A todas ellas: nuestra admiración y agradecimiento, pues lograron dejarnos un mensaje claro: si no hablamos, si nos quedamos callados, somos cómplices absolutos de los crímenes venideros. Y no nos sobra ninguna guanacasteca.

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