Derechos Humanos

Editorial: ¿Qué es realmente ser mujer?

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“Yo me pregunto qué es ser una mujer. ¿Es solamente tener una vagina?”, dice Kenya, una mujer transgénero de 22 años que nos regaló su rostro de mujer, sus manos de mujer, su voz de mujer para retratarlas en nuestras páginas conmemorativas del Día Internacional de la Mujer.

A algunos podrá molestarles la palabra vagina, como a muchos, todavía, les molesta o les preocupa que existan las personas trans, que se muestren en la vida pública, que caminen entre nosotros, que les digamos “mujer” y utilicemos todos los adjetivos en femenino para referirnos a ellas.  

En La Voz de Guanacaste sabemos que podemos molestar e incomodar a un buen número de personas, pero lo hacemos porque es nuestro deber nombrar a las personas y las cosas por su nombre. No podemos, como sociedad, vivir en la ignorancia, en el miedo a lo desconocido o a lo diferente.

Es hora de comprender que los sueños y la vida de mujeres como Kenya son tan normales como los nuestros. Que ninguna transgénero sufre de una enfermedad mental ni nada parecido, como los científicos ya lo han comprobado y el Colegio de profesionales en sicología lo ha remarcado: “La homosexualidad, la bisexualidad y la transgeneridad no constituyen enfermedades mentales, y por lo tanto, no pueden diagnosticarse, curarse o tratarse”.

Kenya no necesita curarse, pero necesitaba, eso sí, un nombre propio con el cual se sintiera cómoda. Y requiere, todavía, de una sociedad que le dé los mismos derechos que a cualquier otra mujer, que a cualquier otro ser humano.

Vivir en Latinoamérica para una mujer trans significa tener una expectativa de vida de prácticamente la mitad que sus congéneres. La mayoría muere antes de los 35 años, víctimas de la violencia y las enfermedades de transmisión sexual.

Por eso, marchar este 8 de marzo incluye marchar junto a mujeres como Kenya. Para que nada ni nadie la arrastre y la obligue a trabajar en condiciones inhumanas vendiendo sexo o soportando violaciones, como le pasó a Vanessa, también retratada en estas páginas.

La marcha también incluye a los clubes de niñas de Santa Cruz, jóvenes e infantes expuestas a ambientes en los que la violencia intrafamiliar es cosa de todos los días, sobrevivientes algunas de ellas de abuso sexual y sicológico, que están aprendiendo a defenderse y cuidarse entre ellas y de sus propios vecinos.

El 8 de marzo tampoco es una oportunidad para que nosotras nos enfrentemos contra la otra mitad del mundo, los hombres. Ni para proclamar  que los hombres son malos o inferiores. Es una oportunidad para actuar en conjunto, con el máximo objetivo de tener una sociedad equitativa en la que se acaben los casos de abuso contra las niñas de Santa Cruz; en la que la madre de Kenya se sienta feliz y no juzgada, llamando a su hija por su nombre; y en la que los hombres no tengan que reprimir sus emociones para calzar con lo que sus amigos piensen de ellos.

Si hay un buen día para recordar lo mucho que nos queda por hacer para incluir a todo el mundo en la piscina de las oportunidades, es este. Que no se nos pase.

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