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El femicidio impune de Darys Mora, la herida más profunda de un pueblo transfronterizo

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Advertencia: este reportaje describe escenas que pueden resultar perturbadoras. 

Cada vez que Ana Iveth Guzmán sale al monte a llamar, se pone unas botas, agarra el machete y camina unos 15 minutos por algún trillo para encontrar señal. 

El monte aquí, en San Vicente de Santa Cecilia, es una generalidad, una palabra de uso cotidiano. Es lo que rodea al puñado de casas que hay en esta comunidad transfronteriza de La Cruz de Guanacaste. El monte es el chagüite, el trabajo, el pasto crecido, el lugar en que se arman las mejengas de baseball, el barro, la caoba, los trillos…

Por eso es que el 19 de diciembre del 2018, cuando una de las cuñadas de Iveth salió hacia El Tablón de Nicaragua por uno de esos trillos del monte, nadie se preocupó de que fuera sola. Porque el monte era, digamos, la vida de San Vicente. 

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La Voz de Guanacaste, Interferencia de Radios UCR y Confidencial de Nicaragua nos unimos en Frontera Dibujada, una investigación transfronteriza que retrata la vida de los pueblos limítrofes durante la pandemia. En esta tercera entrega, contamos la tragedia más cruda que ha vivido San Vicente, uno de esos pequeños pueblos a los que la policía nunca prestó atención, hasta que llegó el coronavirus. 

Esta es la vida, desaparición y femicidio de Darys Mora, contada a través de los ojos de quienes la perdieron para siempre. Ahora, las mujeres viven con el miedo perenne con que se vive luego de un crimen impune: ¿seré yo la próxima víctima? 

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La vida

Huele a tierra mojada. El aire de San Vicente se puede exprimir con una mano como si fuera un algodón. Christian Osegueda y su papá, Freddy, descienden por una calle de piedra suelta en su pick up con cajón de madera. Aunque se siente como una travesía riesgosa, hace cuatro años ni siquiera se podía bajar en carro, solo en bestia o a pie. La calle llegó después de una desgracia. Freddy usa una metáfora cruda para describirlo: cuando pasó, «el huracán (Otto) agarró toda la montaña y la echó entre el río». 

Los Osegueda son comerciantes e intermediarios. Esta vez traen diésel desde el centro de Santa Cecilia. Otras veces aceite o comida que intercambian con las familias por el plátano verde que estas cosechan. 

La gente de acá no puede ir a comprar esos víveres cotidianos al centro: en tiempos de coronavirus aumentaron los controles, les quitarían las motos –la mayoría sin papeles–, o los podrían hasta deportar porque muchos no tienen documentos ticos. En media pandemia tampoco pueden ir a Nicaragua, a El Tablón, que les quedaba como a 20 minutos y les resultaba más barato que cualquier comercio del lado tico. No podrían volver a entrar porque ahora esa frontera tiene vigilancia policial. 

Son las 9:37 a. m. del viernes 3 de julio. El pick up estaciona frente a la casa de Ólger Zúñiga, que sale a saludar aunque hoy no le toca vender. En tiempos precovid, Christian y Freddy les compraban mil plátanos por tanda a cada familia, pero ahora…

«Ahora es 200 a usted, 200 a usted, 200 a usted para que todos vendan algo, porque se nos partiría el alma comprarle solo a uno y que los demás se queden viendo cómo va el carro cargado», dice Christian, que habla siempre sonriendo y, mientras estudia ingeniería hidrológica en la Universidad Nacional, le ayuda a su papá a vender casa por casa. 

Hoy se van a llevar 500 plátanos en total, a ver cómo les va, porque el cantón está en alerta naranja y los hoteles, sus mayores compradores, ni siquiera tienen huéspedes. 

Ólger es moreno y tiene una barba incipiente. Llegó desde Birmania de Upala, en la provincia de Alajuela, hace 26 años. No había nadie, la gente se había ido por «la guerra salvaje contra los sandinistas» (la guerra civil de Nicaragua, que duró hasta 1990), pero «ya luego retomaron sus tierras», cuenta. 

San Vicente es un pueblo de migrantes, muchos de ellos irregulares. Así se fue poblando de a pocos, como suele pasar con las zonas limítrofes, sin mucha atención de nadie. Es un pueblo recóndito al que solo se puede llegar en doble tracción o caballo, en uno de los distritos más pobres de Costa Rica: Santa Cecilia, en el cantón de La Cruz, que también ocupa el penúltimo lugar en el Índice de Progreso Social de Costa Rica. 

Maltejido entre el monte fronterizo, San Vicente estuvo olvidado por el Estado, por los medios de comunicación y por la policía… hasta que llegó la pandemia. La policía nunca estuvo tan presente como ahora. Ni siquiera cuando mataron a Darys. 

El agricultor Misael Villagra fue parte del grupo de vecinos de San Vicente que buscó a Darys durante horas el 19 de diciembre del 2018. Misael asegura que todos en el pueblo saben quién la mató y dice que, incluso, el asesino participó en la búsqueda. (Foto: César Arroyo Castro)

Por ahí de 1999, otra familia llegaba a San Vicente desde Nicaragua. Como tantas que vienen a Costa Rica (unos 376.000 nicaragüenses viven en el país, según la Encuesta Nacional de Hogares del 2019), buscaba una vida casi igual de pobre, pero con más trabajo. Leda Gutiérrez, su hija Darys de ocho años y los otros cinco niños se subieron a un bus en el municipio de Nandaime, en Granada, Nicaragua, y luego cruzaron a pie por alguno de los trillos que llegan a San Vicente desde el poblado de El Tablón, en Rivas. 

Los primeros años en Costa Rica los pasaron con un señor que les dio posada, en una casa al otro lado del río. Las carencias eran muchas. La familia recogía agua en los pocitos de las vertientes del río Orosí, que se escurre con fuerza hasta llegar al Lago de Nicaragua.  Luego se mudaron acá para cuidar la tierra de una vecina. 

Venir a Costa Rica no les dio una vida de abundancia, pero al menos las lluvias eran más fuertes para sembrar, cuenta Leda, que nos recibe en su casa, en una loma de tierra colorada. Para llegar hasta acá hay que cruzar el río o dar la vuelta por el poblado de La Virgen, cruzar un puente de hamaca y caminar 20 minutos cuesta arriba. 

Su casa está compuesta por dos chozas de madera y zinc con servicio de hueco, una marimba de güilas y un arco de fútbol sin malla que deja ver el lago de Nicaragua y la isla de Ometepe. Una vista exquisita garantizada, de hotel cinco estrellas, en medio de una pobreza extenuante. 

Aquí tienen gallinas ponedoras, gatos diminutos, y unos patos. Siembran maíz y verduras que nadie les compra, pero que alcanzan por lo menos para darle comida a las diez personas que viven acá entre hijos, nietos y adultos. 

Leda se coloca incómodamente frente a las cámaras, recostándose un poquito sobre un horno de barro. Aunque el agua potable sí trepa hasta esta loma desde hace unos tres años, la luz todavía no llega sino hasta la escuela, un puñado de aulas color verde agua que permanece inmóvil, sin niños, unos 400 metros más abajo. Para cargar el celular, van donde algún vecino que les cobra 300 colones por la carga completa. 

La madre de Darys es conversadora, sonriente. Mientras los chiquillos nos miran expectantes, Leda nos cuenta que Darys fue bien portada desde chiquita, que nunca se metía con nadie y que le gustaba compartir la comida. «Si alguien pasaba, ella le daba de comer, algo le alistaba», asegura también una de sus concuñas. «No había hija como ella», dice Leda, y se le quiebra la voz. «Yo no deseara pero ni recordarlo». Es demasiado doloroso. 

Leda Gutiérrez, madre de Darys, vive en una loma a la que no llega la electricidad. En este horno de barro horneaba rosquillas dulces y bizcochos, pero se dañó con las lluvias. (Foto: César Arroyo Castro).

Darys terminó la escuela, pero no el colegio. A los 15 años empezó a «jalar» con Eliézer José Chávez, un agricultor del mismo pueblo. Se casaron tres años después. Los papás de Eliézer se dieron cuenta de que estaba embarazada y le dijeron que no apurara la boda, que se casara después, en diciembre.»Dejalo para diciembre ese matrimonio, que ya tal vez hay platita», le dijo la madre de Eliézer. Pero Darys no quiso, entonces él de una vez pidió su mano. «Hice lo que pude», recuerda él. La boda fue en la iglesia Asamblea de Dios, donde Darys después organizó colectas de regalos para niños en navidad.   

Darys y Eliézer tuvieron dos niños: Olman y Jolvin, que ahora tienen nueve y siete años y nos observan entre confundidos y curiosos desde las gradas de una de las chozas, colgándose del cuello del papá. 

Olman, el mayor, tiene los ojos gatos y el ceño fruncido, como enojado. Después del asesinato de su mamá, se enfermó. “Le agarraba un dolor en la boca del estómago”, dice Eliézer, que se rasca las manos manchadas del veneno que usa para el maíz y permanece estático, callado, sonriendo solo para una fotografía con los niños abrazados. 

La familia está preocupada por Olman, dicen que tiene «un duelo», «una depresión». Unos días después de nuestra visita, su tía nos escribe para saber si podemos ayudarle a buscar ayuda sicológica o alguna ayuda emocional para el niño. 

El menor es el que más se parece a la mamá, dice la abuela Leda, que tiene solo 50 años y nueve nietos. Pero estos dos, los hijos de Darys, son sus ojos. «El menor es el que es más bandidito», dice con cariño. No puede ver a la abuela haciendo algo porque «ahí va: ‘¿se la hago yo abuela?’, ‘¿hago tal cosa?'». Igual que Darys. 

Para demostrar lo mucho que se parecen a ella, Leda nos enseña cuatro fotografías desde un celular con el protector de pantalla quebrado. 

En una de las imágenes, una muchacha de cara redonda y mirada amable sonríe desde una mecedora, sobre un piso de tierra. En las otras tres, la misma mujer se sumerge con todo y ropa, con la ayuda de un hombre, en el agua de un río tranquilo. Darys se bautizó dos años antes de su femicidio.

La familia de Darys guarda en un teléfono algunas fotografías de ella. La recuerdan como una persona muy alegre y sonriente. (Foto: César Arroyo Castro).

La desaparición

«Fue un miércoles que ella se fue para El Tablón. A las seis de la mañana salió de aquí. Teníamos un té en la iglesia, entonces ella se fue en la mañana a traer el regalo, a comprarlo ahí a El Tablón. Yo iba a ir con ella ese día, pero como ella era muy rápida, hacía las cosas y a ella le gustaba todo en la mañana, no fui». 

Iveth Gutiérrez es concuña de Darys y la presidenta de la asociación de agricultores y ganaderos de San Vicente y Pueblo Nuevo. Es una líder incansable que manda cartas escritas a mano para pedir ayuda para su pueblo, que exige atención y se frustra cuando pasan injusticias. Estamos en la casa de su suegra, Vilma García, y su suegro, Juan Benito Chávez, que también eran suegros de Darys. 

Vilma es una señora grande, morena, con los ojos agachados bajo varias capas de piel. Se sienta junto a Iveth en una plataforma que sostiene la casa de madera y tierra. Afuera hay macetas verdes y un gallo que no se calla. Entre las dos nos cuentan qué pasó el 19 de diciembre del 2018: 

Iveth: «(Darys) se fue y pasó dejando los chiquitos donde ella (donde Vilma), porque ella vivía arriba, y le dijo que no dilataba, pero que ahí iba a dejar los chiquitos y que se los mandara cuando llegara el papá». 

Vilma: «Pasó ella dejándomelos. Estábamos en el potrero. El error (fue) que ella me dice que no iba a pasarlos a traer. Ahí fue el error». 

Vilma le echa culpa a ese momento, tan pequeño, de toda la tragedia posterior. Si tan solo hubiera estado esperando a que Darys pasara, quizás le hubiera dicho a Eliézer que la fuera a buscar con los peones más temprano. «Allí se hubieran encontrado con esos asesinos», sueña despierta. 

Como no la vio subir de nuevo, se preocupó un momento pero luego pensó que era normal porque seguro se había ido para la iglesia directamente. «Como ella es rápida…», se dijo para sí misma. En la tarde, cuando los niños se pusieron inquietos, Vilma se los llevó para la casa de ellos. 

Vilma continúa: «Lo primero que encontré: los trastes del desayuno. ‘¡Hombre! La Dary’ no lavó los trastes, yo sé que ella maneja bien aseado’. La esperé hasta las cuatro y nunca llegó» 

«Mi hijo estaba sentado allá. ‘¿Y la Darys? ¿La encontraste?’. (Él) ni me contestó. Me puse a lavarle los trastes, barrí, y me puse a moler y prendí el fuego. ‘Aquí les dejo tortillas’, le digo. ‘Mañana vengo si Dios quiere. Ahí le decís que vamos a hacer lo que me dijo mañana'». 

«Bueno, ahí se quedó él en su mismo ser. Yo me fui para la casa. Ya él llegó como tipo seis y media. Yo estaba adentro y ya me dijo ‘Mamá’, ‘¿qué?’, le digo yo. ‘Venga’. Cuando me dice él ‘Venga’, yo no supe dónde caí. Dije yo ‘¿qué sería lo qué pasó?’. ‘¿Peleaste con la Darys?’, le digo yo. Me dice: ‘La Darys no ha llegado del Tablón’. ‘¿¡Qué!?’, le digo yo. ‘¿Para dónde vas?’, le digo. ‘Voy a buscarla, voy con su papa y los hermanos’. Yo pegaba gritos. Y me dice: ‘Váyase para la casa. Allá quedaron unas mujeres’. Yo no podía caminar de los nervios». 

Iveth: «Yo cuando ella (Vilma) vino me fui allá arriba a llamar a la policía, a llamar al 911, a ver en qué nos podían ayudar. Nos dijeron que iban a venir y ahí al rato, como a las nueve, nueve y media, vino una patrulla y yo le dije que se había perdido la muchacha y que ocupamos que por favor, por lo menos nos acompañara a buscarla a la orilla de la frontera. Y ellos dijeron que no podían porque aparte de que andaban solo dos, tenían que esperar 48 horas para comenzarla a buscar».

«Estuvieron ahí afuera del carro y tomaron nota y todo pero diay, nada. Después yo dije: ‘Tal vez vienen en la mañana’. No vinieron. Ellos se fueron y solo me dijeron que fuera a poner la demanda al OIJ». 

Vilma García se pasó a vivir a la casa que antes habitaba Darys, su nuera, para estar con sus nietos y estar más cerca del pueblo. Hasta el último minuto, guardó la esperanza de que estuviera viva, incluso cuando supo que la encontraron en el monte. (Foto: César Arroyo Castro).

El comandante Rodrigo Alfaro, director regional de la Fuerza Pública en la frontera norte, nos dirá luego, vía telefónica, que revisó el archivo policial de la fecha en que desapareció Darys y concluyó que los dos oficiales actuaron conforme al protocolo. 

“Ella había pasado hacia Nicaragua. Entonces, lo que los oficiales recomiendan es, primero, dar un poco más de tiempo, y segundo, esperar para ir a poner la denuncia al Organismo de Investigación Judicial (OIJ) por la desaparición de la persona”. 

Según este jefe policial, el tiempo de espera para actuar en casos de personas adultas desaparecidas es de 72 horas. “No lo establezco yo, sino el OIJ”, afirma. Sin embargo, el OIJ, ente encargado de investigar delitos en Costa Rica, ha dicho en reiteradas ocasiones que no existe un plazo mínimo para denunciar. La alerta debe darse de inmediato y los oficiales valorarán cada situación, ha repetido esa policía. 

A través de la oficina de prensa del Ministerio de Seguridad Pública, la directora de apoyo legal policial Kathia Rivera, complementa la respuesta de Alfaro al indicar que la competencia de investigación es exclusiva del OIJ y que la Fuerza Pública brinda colaboración. 

Pero el OIJ consideró en ese momento que Darys no estaba desaparecida, sino que por su propia voluntad había ido a Nicaragua a hacer unas compras. “Lamentablemente después fue localizada sin vida, ya en territorio nicaragüense”, se lee en el correo que enviaron como respuesta a las consultas sobre este caso. 

Y eso fue todo. 

Era ya 20 de diciembre cuando el papá de Darys regresó a la casa después de la búsqueda nocturna, todavía sin resultados. 

Iveth: «(Eran) como las 2:40 por ahí, ya en la madrugada, yo le dije a él (al papá de Darys) que no era nada bueno esto, que fuéramos a Liberia a poner la demanda. A las tres de la mañana me fui de aquí en moto. Estuve en Liberia a las 5 de la mañana. Ya estaba en La Cruz, ya venía para acá, cuando mi suegro me llamó. Yo solo contesté y él estaba atacado llorando y me dice ‘Venite, ya la hallaron. Y está muerta’.»

Un cuerpo envuelto en hojas de chagüite

«Nosotros anduvimos como a media noche, a la una, buscándola». Misael Villagra termina de encaramar las 500 unidades de plátano verde al camión de Freddy y Christian Osegueda y se escurre el agua de las botas: el río estaba crecido y las bestias tuvieron que pelear contra la corriente, pero es la única forma que tienen de traer la cosecha hasta acá. 

Claro que sabe de qué le estamos hablando cuando le preguntamos por el crimen contra una mujer hace dos años. Todos los habitantes de San Vicente recuerdan esa noche y madrugada de diciembre. 

Dice Misael: «Al siguiente día anduvimos todo eso buscándola y ya la hallamos. Como las diez (de la mañana) iban a ser cuando la hallamos ahí metida a la muchacha, bajo un tronco de un palo». 

«Nosotros veníamos como a unos 50 metros, cuando dijeron ‘¡Aquí está!’. Llegaron y se miraron unos pateados, unos arranconazos feos y buscaron una vara y apartaron unas hojas de chagüite, unos tallos podridos y miraron donde estaba ella tronchada».

«Llegó a levantarla la policía de Nicaragua, porque estaba al otro (lado) de la frontera. Llegaron los… ¿como le llaman?… los forenses llegaron. Medicina legal. Llegaron como la 1 a las 2 de la tarde». 

Iveth llegó antes que la policía: «Ahí la revisó el médico forense, de donde la sacaron del hueco, ahí el médico le hizo todo, la autopsia. Como en Nicaragua es muy diferente a aquí. Ahí donde se muere, ahí le hacen todo. Entonces a ella ahí la desvistieron, buscaron ayudantes y el que la halló, mi cuñado, ahí le tocó vestirla». 

La constancia que el Ministerio de Salud de Nicaragua emitió siete días después sobre el cuerpo de Darys señala como causa de muerte una “asfixia mecánica por estrangulación manual”. 

El homicidio por estrangulación ocurre cuando se aprieta el cuello de la víctima tan fuerte, que las arterias carótidas dejan de llevar sangre al cerebro y este se queda sin oxígeno hasta que la persona se desmaya y luego muere. 

Eso es todo lo que la familia pudo saber sobre la muerte de Darys. El papel fotocopiado que tienen –el original lo tiene la escuela de los niños– es el único documento oficial sobre el femicidio de este lado de la frontera.  

Lo demás es lo que ellos mismos han dibujado en su cabeza. «Ella debe haber pegado gritos donde la estaban torturando». «Si acaso ahí iba medio viva, seguro ahí se ahogó. Ahí no podía respirar con el cuerpo encima». «En el hoyo parecía que había agua». «Claro, ahí fue donde se ahogó».  

El certificado no menciona la palabra violación, pero la familia y los vecinos aseguran que el médico forense dijo en el sitio que hubo una agresión sexual.  «Eso dice (el acta), solo eso, no dice más detalles. Pero sí, lo que el médico forense dice que ella fue violada, fue ahorcada y desnucada», recuerda Iveth. 

Cuando vio que el médico forense se iba a ir, Iveth le preguntó cómo podían hacer para traer el cuerpo al lado tico. Recuerda que le dijeron que tenía que entregar el comprobante de que había interpuesto una denuncia de desaparición en el OIJ de Costa Rica y que, con eso, pudieron traerse el cuerpo a este lado de la frontera, sin ningún trámite diplomático ni autorización del Ministerio de Salud, como dicta la ley. 

Y ahí le dijeron. «‘Ya está lista, se la pueden llevar'». 

Iveth: «Como ya tenía rato de estar, ya estaba como muy… ya quería como descomponerse. Entonces le pusieron formalina ahí y se envolvió en una cobija, ¿o fue en un plástico? En un plástico negro pues, y se metió en una hamaca de esas y se trajo ya el cuerpo con una vara ahí. La traían en el hombro la gente para acá. Los vecinos, los familiares, los hermanos. Los que estaban mejor». 

Aquí, donde Iveth y Vilma están sentadas hoy, colocaron el cuerpo de Darys. Iveth señala una hamaca que cuelga sobre una mesa: «Se metió en una hamaca de esas», repiten. 

«Aquí se puso, aquí había una cama, y se acostó. Aquí la bañé con mi hermana, aquí le hicimos todo nosotros. El médico forense allá la inyectó y algunas cosas le puso, pero lo demás aquí se lo hicimos nosotros». 

Iveth recuerda que, cuando bañaron y limpiaron a Darys, vieron que tenía la lengua mordida, los puños apretados con tierra adentro y el cuello «quebrado», estrangulado. 

«Estaba irreconocible. Los labios los tenía volteados, de tan golpeada la cara. Tenía como un filazo, como un punzonazo aquí (en la parte trasera de la cabeza), con un machete, como que le metieron un puntazo en la cabeza. Mi hermana le decía llorando: ‘¿Quién te hizo eso, decime quién te hizo eso?’». Dicen que vinieron a velarla unas 300 personas, que cubrían más de una manzana.

El femicida prófugo

Para el sistema judicial de Costa Rica, Darys es invisible. Acá no se inició ninguna investigación por el homicidio debido a un principio legal que se llama “territorialidad”, nos contará más adelante, vía telefónica, el fiscal adjunto de Liberia, Elvis López. 

Territorialidad es un término jurídico que obliga al país a aplicar su ley únicamente a hechos cometidos en su territorio. “Es una cuestión de soberanía”, recalca el fiscal. A Darys la mataron a unos metros de esa línea imaginaria que dibuja la frontera. Fue asesinada donde ya no es Costa Rica. 

Si hubiese sido costarricense, este principio legal tendría una excepción y Costa Rica podría reclamar conocer el caso, nos dirá López. “Pero eso sería siempre y cuando Nicaragua no lo haya asumido”.

En Nicaragua existe una orden de captura contra Luis Adalberto Acosta López, conocido como El Ñambo, por “asesinato” y “violación agravada” contra Darys. 

Todos en el pueblo aseguran que él fue quien mató a Darys, y que no era la primera vez que violaba a una mujer. 

La Fiscalía de Rivas presentó la acusación el 14 de enero de 2020. A los dos días, el 16 de enero, el juez Sandro Pereira giró una orden de captura. 

Un medio oficialista publicó ese mismo 14 de enero que la policía de Rivas había «dado por esclarecidos» varios delitos. El primero de ellos, el perpetrado contra Darys. El medio también asegura que López «posee un amplio historial delictivo» y que está prófugo. En el pueblo se rumora que la policía de Nicaragua lo agarró una vez y se les escapó, pero no es un hecho confirmado oficialmente. 

Pese a su condición de prófugo, la Policía Internacional (Interpol), que en Costa Rica funciona dentro del OIJ, afirma que ni Costa Rica ni Nicaragua le han solicitado diligencia alguna sobre este sospechoso. La Interpol facilita el intercambio y acceso a información sobre delincuentes entre países. 

Lo mismo nos dirá el comandante de la Fuerza Pública, Rodrigo Alfaro, cuando le preguntemos si existe una orden para detener a El Ñambo y le comentemos que los vecinos aseguran haberlo visto de este lado de la frontera. 

“No, no, no. Ese tipo de alertas se maneja de manera formal”, nos dirá él, para justificar que la policía no realice una búsqueda de este lado de la frontera. 

Navidad en silencio 

Darys dejó una pared entera llena de dibujos de sus hijos, tejidos, un almohadón y una bota de navidad. San Vicente no celebró la navidad ese año. «Aquí hubo un cambio feo. Este pueblito estuvo de luto más de un mes», cuenta Misael Villagra, mientras se apoya en el pick up que se llevará los plátanos.  

La aceptación, para algunos, llega a cuentagotas. «Yo no aceptaba que ella estaba muerta. Ni así en ese hueco que estaba. ‘Tal vez está viva. Yo voy a ir a hablar con ella'», decía Vilma, la suegra de Darys. «Yo digo que eso nunca lo vamos a olvidar nosotros», dice también Iveth. 

Pero el femicidio de Darys no es solo un recuerdo trágico. Es un resentimiento constante. Un montón de preguntas abiertas. Un qué hubiera pasado si la policía les hubiera ayudado, si ellas mismas hubieran reaccionado antes. 

El mural que Darys hizo junto a sus hijos, Jolvin y Olman, días antes de la Navidad del 2018, aún continúa en una pared de la sala.Está construido con dibujos, recortes y mensajes del día madre. En esa casa ahora viven ahora sus suegros, Vilma y Juan. (Foto: César Arroyo).

«Uno llama a la policía, llama a alguien de afuera que uno cree que de verdad lo va a amparar. Sí, yo sé que no le toca a Costa Rica, pero es como que la policía ponga un poquito más de su parte. Uno está desesperado y que me digan ‘no puedo’, se desespera más», dice Iveth con los ojos enrojecidos, sin llorar ni una sola vez. «Y entonces ¿dónde está la justicia? Si la hago yo, es malo, voy presa». 

Además de las dudas queda miedo. Un susto que se les clavó en el pecho, especialmente a las mujeres del pueblo. «Cuando no están los varones, a mí me da miedo, yo me encierro adentro o estoy pendiente. Se me puede meter por la ventana ese señor», dice una concuña de Darys, Yendry Gómez. 

«Saber que el que hace esto por ahí anda y la gente lo ve y la gente viene a decirle a uno ‘mirá, cuidate que ese hombre, él anda diciendo que viene por más’, agrega Iveth. 

«Hace poquito nos dijeron que llegaban a esa casa a ver si estábamos. Sería a nosotros, para matarnos también. No sé, yo no les puedo decir si es cierto o es mentira porque yo no lo vi», dice Vilma. 

Ni qué decir de caminar solas por los trillos que llevan a Nicaragua o al pueblo más cercano en Costa Rica. «Uno viaja tanto aquí, a agarrar un bus, una hora, y el camino tan solo. Saber que en cualquier momento yo, mis hermanas, mi mamá, cualquiera de nosotros podemos ser de vuelta, puede salir ese hombre, y ya las autoridades saben porque no es la primera vez que ha hecho esto». 

Iveth no se queda quieta. Hace un tiempo le mandó una carta escrita a mano al mismísimo jefe de policía de fronteras, Allan Obando, «para ver si por favor nos patrullaban más aquí». Pero no le han respondido. 

El comandante Alfaro, de la Fuerza Pública de La Cruz, argumenta que las características de la zona dificultan los patrullajes: “Es una zona amplia, boscosa, de vegetación, de fincas. Los caminos están mal o en pésimo estado y en algunos casos donde no existen caminos, lo que existen son trillos. Esto dificulta aún más la llegada, la presencia de la policía a esos diferentes puntos, a los diferentes caseríos, que muchos están establecidos dentro de una finca que puede medir mil hectáreas o más”. Sin embargo, los vecinos sí han visto patrullas en los últimos días como parte del operativo en fronteras para evitar que los nicaragüenses ingresen a suelo tico. 

El fiscal López añade: «Es particularmente complejo, por la extraordinaria facilidad que tienen las personas de movilizarse y estar en cuestión de minutos en otro país». 

«Vemos a diario coyotaje, que es tráfico de migrantes, contrabando. En 2019 hubo alrededor de 16 homicidios en La Cruz, buena parte de esos en sector fronterizo. Son sectores muy abiertos, muy rurales. Esto hace que la población sea muy renuente a brindar colaboración y que casi nunca haya testigos», agrega López. Pero asegura que si algún miembro del pueblo quiere denunciar, puede hacerlo sin correr el riesgo de que lo deporten, que lo más importante es la investigación. 

A Iveth ninguna de esas explicaciones la convencen. «¿Será que uno no vale por ser transfronterizo?», se cuestiona. Y antes de irnos, nos pide un único favor: que preguntemos en el ICE si pueden poner una torre celular. Así, las mujeres no tendrían que salir a llamar por el monte. El monte ahora es muerte, y está por todos lados. 

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La frontera dibujada es una investigación binacional realizada en conjunto por La Voz de Guanacaste, Interferencia de Radioemisoras UCR, en Costa Rica; y Confidencial de Nicaragua. Esta es la tercera de tres entregas. Espere un reportaje audiovisual este miércoles 29 de julio  y una versión en podcast en las próximas semanas. 

Periodistas: María Fernanda Cruz, Hulda Miranda, Noelia Esquivel, Cindy Regidor, David Chavarría. 

Fotos de: César Arroyo, David Bolaños, Sebastián Avendaño

Videos de: Cindy Regidor, Sebastián Avendaño, César Arroyo y David Bolaños.  

Edición de textos: Arlen Cerda, Gabriela Brenes, Hulda Miranda, Cindy Regidor, Noelia Esquivel. 

Edición de audio: Gabriela Brenes. 

Edición de video: Sebastián Avendaño, Claudia Tijerino,

Artes y animaciones: Jennifer Mora y Roberto Cruz. 

*Agradecimiento especial a los periodistas Deyling Gutiérrez y Ramón Villarreal por su ayuda en esta historia.

Este especial incluye las historias: 

Costa Rica y Nicaragua: la frontera dibujada por el COVID-19

Pandemia transfronteriza: cuando trabajar y vivir se vuelve ilegal

 

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