Cultura

El Guanacaste plantado contra el olvido

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Sus ramas por encima de los techos son la guía perfecta para dar con él. Para apreciarlo por completo hay que alejarse unos 100 metros desde la base. Rodear su tronco requiere de unas siete personas tomadas de la mano.

Barrio Condega, en el centro de Liberia, es su hogar y llegamos a él por curiosidad y también por referencias: “¿Ya vieron el árbol que está aquí cerquita en medio de la calle?”, me habían dicho los vecinos en un par de ocasiones. 

Este Guanacaste abarca un carril completo de la calle que atraviesa el barrio, lo que provoca que los vehículos que transitan en el lugar se detengan por completo para asegurarse, una y otra vez, que ningún carro se esconde tras el tronco y evitar una colición. 

Suena peligroso, pero bastan dos minutos bajo su sombra para entender que se trata de una dinámica que no le incomoda a casi nadie, como si fuera el precio que los liberianos aceptaron pagar por poder apreciarlo. 

Construir su historia para este reportaje no fue tarea fácil. En la búsqueda nadie pudo recomendarnos un solo libro para conocer su pasado, por lo que tuvimos que acudir a las memorias de quienes protegen la cultura de Liberia. 

Así llegamos a la casa del pintor y estudioso de la cultura, Jorge Sáenz. Su hogar, con paredes y piso de madera, y cocina de leña, fue el escenario perfecto para iniciar el recorrido por la Liberia de las fotos en blanco y negro, con tono amarillento y tufo a naftalina. 

Sáenz llegó a Liberia por ahí del año 50 y recuerda ver a ese mismo Guanacaste erguido entre potreros. Para entonces, los cuadrantes que hoy conocemos como calles y avenidas, no existían, pero sí recuerda que ya la gente hablaba del árbol como una de las antiguas entradas al centro de la ciudad. 

A sus 88 años, el pintor le calcula unos 100 años de existencia al Guanacaste. “Desde que lo que recuerdo, ya era un árbol maduro”, dice. 

Mélida Obando, de 78 años y miembro de la Asociación para la Cultura de Liberia coincide con la edad aproximada que calcula Sáenz y agrega otro dato importante: el Guanacaste se ubica en lo que antes eran los potrero de Cecilio “Chilo” Castrillo Vásquez.  

Nacida en Condega, Obando recuerda que “Chilo” vivía en una casa de doble planta y que por el árbol Guanacaste estaba la entrada al corral de su propiedad.

“Ese árbol es un símbolo. Yo era maestra [en los años 60] y llevaba a los niños ahí para que vieran las vacas y cómo se ordeñaban”, dice orgullosa del barrio que la vio nacer.

Tanto Sáenz como Obando coinciden en que a la hora de lotear los potreros para darle forma a lo que hoy conocemos como la ciudad, el árbol simplemente quedó en la mitad de los trazos y “nadie se atrevió a cortarlo”.

En la municipalidad de Liberia no nos pudieron dar un registro que permita dar con la fecha exacta del levantamiento de las calles en el lugar. 

Lidia Ferrel, otra miembro de la  Asociación de Cultura, recuerda junto con Obando que “hace bastante” tiempo el Guanacaste corrió el riesgo de ser derribado. Según recuerdan, ya Condega tenía las calles definidas como están ahora. 

En ese momento la familia Salazar —que todavía es dueña de una las casas cercanas al árbol— se empeñó en protegerlo, recuerdan los miembros de la asociación.

Ese árbol tuvo un tiempo una placa en la base que era un reconocimiento a Alfonso Salazar en defensa el árbol”, continuó Obando. Hoy no quedan rastros de esa placa.

El alcalde de Liberia, Julio Viales, desconoce si existe alguna directriz, documento o acuerdo del concejo que proteja el árbol de que alguien lo corte. Tampoco hay documentos que respalden que ese Guanacaste esté protegido por alguna otra entidad como elCentro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural.

Esta institución aseguró que el árbol no cuenta con declaratoria histórico arquitectónico (Ley No. 7555) ni con investigaciones históricas sobre él. Además, no puede ser declarado “patrimonio inmaterial” porque no es una manifestación cultural como lo exige l Convención Unesco 2003. 

Árbol de Orejas

“Te plantás en media calle como emblema y desafío (…)”. Esas palabras son parte del poema “El cielo Quauhnacaztli” del escritor Miguel Fajardo y está inspirada en el Guanacaste de Condega. 

Para el artista, el árbol sigue en pie después de tantos años y tantos cambios porque los liberianos ven en él, y en todos los Guanacaste, una vía para reconectarse con sus raíces. Antes de llamarse Liberia, el cantón llevó el nombre de Guanacaste durante muchos años (de 1751 a 1854 aproximadamente). 

“[Los Guanacaste] han sido testigos de las luchas contra los filibusteros y del arrojo que alcanzó el Batallón de Moracia, al mando de Tomás Guardia, durante la Campaña Nacional (1856-1857). Guardan, sin olvido, el despojo peninsular de 1915. Esas orejas [las vainas del árbol] escuchan y oyen, pero no olvidan”, escribió Fajardo en un artículo en el medio Guanacaste a la altura. 

“La historia dice que Liberia nació bajo la sombra de un Guanacaste. Son nuestra historia”, concluyó Sáenz. 

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