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El museo de Bagaces se llama Marielos Jiménez, la Chola

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Desde hace 26 años, este galerón de techos altos y espacio al viento es el hogar de la cuentacuentos y retahilera más famosa de la altura guanacasteca, Marielos Jiménez, alias la Chola. Ella es, a su vez, el hogar de miles de historias, palabras antiguas, planchas de carbón y tortillas palmeadas abombadas –“porque si no se abomba, no es tortilla”.

“Venga pa’ quererla mi amor y venga pa’ quererla a usted también mi chiquita”, nos dice apenas entrando, como si nos conociera de años.

Así es María de los Ángeles Jiménez Martínez, una figura maciza, pochotona, de delantal y sombrero eternos a quien todo el mundo conoce en el pueblo como Marielos Jiménez, la Chola de Bagaces porque así firma sus cuentos. “Una chola es una mujer muy trabajadora. La gente dice “¡Vean esa chola, carajo!”.

Este es el rincón que rinde homenaje a la madre de La Chola.

Las universidades del país ya la han reconocido como folclorista, le han hecho documentales, la llaman para trabajos de historia y antropología, la consideran un bastión en la lucha por traer al presente el pasado guanacasteco. Esta chola, trabajadora de muchos años, es dueña de un acervo cultural que resguarda junto a otros guanacastecos como Max Goldenberg o Guadalupe Urbina.

Doña Marielos es una abuela (ya bisabuela) de 60 años con aires de matrona que, en vez de abrazar, nos amasa, nos envuelve. Es la típica figura que uno querría al lado cuando le rompen el corazón, le da calentura de pollo… o se le aparece la mona.

La casa de Marielos Jiménez es también un museo con vida, con artefactos que tienen décadas. Algunos los conserva desde niña y otros se los han regalado.

La mona, esa mujer que según la leyenda se convierte en mono por las noches, anda de sinvergüenza asustando a la gente, cuenta la cuentacuentos apenas entramos en calor. Dice que ella sabe quién es la mona – “Es la vecina de allá atrás”, dice bajito– pero nunca la había visto hasta una noche que su familia decidió dormir a la intemperie para disfrutar de la luz de la luna, “que estaba preciosa”.

“¡Ay diosmiyito mío mi lindo! voy viendo a esa hijuepucha mona en el palo de güitite. Ver una mona no es feo, ¿sabe lo que es feo? verle los ojos. Sí, ¡porque los ojos son de persona!”, cuenta masticando todas las sílabas como si se las fuera a tragar.

El museo

Del palo de güitite, hoy sin ramas, cuelgan una docena de cafeteras plateadas de diferentes tamaños. Debajo de él se erige una cocina de leña, un horno de barro, una cocinita delicada que se llama “la contumeriosa” (que significa precisamente eso, delicada o quisquillosa).

“Todo esto lo hice yo. Lo que yo no hago es la mezcla, pero el resto, la piedra y todo, lo pongo yo”, dice la Chola muy orgullosa de mostrar su arte.

“Ahora todo el mundo le cambia el nombre a las cosas. Nooo. ¿Para qué inventar lo que ya está hecho mamacita linda? Conservemos lo que tenemos”.

Desde allí comienza un camino interminable de historias colgadas a la pared, ollas con nombres guanacastecos para obligar a la gente a recordarlos, figuras precolombinas encontradas bajo la tierra, recetas apuntadas en trozos de madera aquí y allá.

Carne al vaho, machoaltrote, picadillo de papaya, arroz de maíz, piñonates… todos nombres de la cocina antigua guanacasteca, heredadas pero fácilmente olvidadas también.

La Chola, que es una mujer de grandes saberes, ha escrito más de cien historias de muertos y vivos bagaceños que imprime con una foto del personaje y se la regala a la familia o la pone con una flor en la tumba de cada difunto. El olvido tiene remedio.

¿De dónde salió este personaje?

Esta señora, madre de seis, abuela de cuatro, bisabuela de dos, guarda entre sus canas y sus pies un bagaje cultural guanacasteco que se extiende hasta finales del siglo de 1800, cuando nació su abuelo, “güelito”, un “hombre de grandes saberes” –porque así se les decía antes a los abuelos. No adultos mayores ni ciudadanos de oro.

Su güelito, guapetón, alto y rubio “como un español”, parece estar impregnado en la mayoría de sus cuentos; desde el año en que siendo un niño vivió con los duendes, pequeños niños de pies que caminan al revés, hasta el talismán que le regaló un venado parlante para ayudarle a cazar y sus frases llenas de poesía y determinación – “la fiesta fue como una lluvia de flores”, “ese hotel no es lugar de mi reposo”, “San José no es lugar de mis andares”–.

Fue su figura paterna por excelencia porque su papá se fue a trabajar a una finca y se hizo otra familia.

Su madre los sacó a todos adelante lavando ropa en el río y planchándola con carbón. Por eso, en el puro centro de la larga pared de la izquierda hay un homenaje a su madrecita que le va poniendo los ojos vidriosos hasta soltar el llanto: un reloj despertador, una plancha de carbón, un candil –porque a las 4 de la madrugada, cuando ella se levantaba, todavía estaba oscuro– y un poema:

“Veo dos manos pasando/ una a la par de la otra/ una con guacalito de agua / otra serena, tranquila/ en espera de más ropa, cobijas, güilas que bañar”

Marielos Jiménez, la Chola, es retahilera, cuentacuentos, historiadora por afición y folclorista porque “así me dicen”. De su hogar se sale con la sensación de haber vivido muchos siglos en un par de horas.

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