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El oro negro sumergido en el Tempisque

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“El rito de decantar la arena es infinito / y con la arena se nos va la vida”, escribió el argentino Jorge Luis Borges en su poema El reloj de arena, como si los areneros del Tempisque lo hubiesen inspirado

El primer verso bien pudo salir de esta escena: un hilo de hombres navegando río abajo en sus pangas cargadas de arena. 

Del segundo verso me acuerdo mientras voy caminando junto a Luis Jarquín, un muchacho de 25 años que empuja el bote desde el otro extremo, con el agua hasta el pecho. Sobre todo cuando me dice con su voz baja que “ahí al otro lado es que camina el lagarto”. Se nos va la vida.

Luis Jarquín se sumerge junto con el balde para sacar la arena y echarla a su panga. Desde mediados del siglo anterior, los areneros del Tempisque han trabajado de la misma manera.

Su trabajo es la actividad de menor impacto para sacar arena del Tempisque. También es la única actividad económica más o menos estable que puede tener un obrero en Filadelfia, porque las opciones son limitadas: o trabajan bajo el sol en campos de melón o sandía cada temporada, o buscan arena todo el año, con la fe puesta en que ni las inundaciones, ni los lagartos, los detendrán. En el clima de Guanacaste cuesta confiar. 

Muchos areneros como él empiezan su trabajo antes de que la primera luz del día refracte sobre las aguas del enorme Tempisque. De lunes a sábado, decenas de hombres bajan al fondo del río para extraer el “oro negro”, como llaman a la arena de Filadelfia, y con eso ganarse la vida. 

El sector conocido como La Isleta es uno de varios puntos concesionados a los areneros en los que pueden extraer su material.

Desde hace más de 100 años descubrieron por casualidad que la arena del fondo del río era ideal para la construcción.

Son apenas las ocho de la mañana, pero este es el cuarto y último viaje que Luis hace por hoy. A las dos y media de la mañana bajó al sector La Isleta caminando por el dique que contiene al río (que antes era famoso por inundar a toda Filadelfia). Tomó su panga, la vara para impulsarla y comenzó a trabajar. 

Parece una labor repetitiva y dura, aunque Luis dice que “uno se acostumbra”. Los areneros deben encontrar una zona baja del río, soltar las dos piezas de metal —casi siempre partes viejas de carro que usan como anclas— y luego saltar al agua.

Hay muchos estudios sobre la explotación del agua en el Tempisque pero se sabe muy poco sobre el uso de su arena. Lo que sí es cierto es que la extracción con maquinaria podría poner en riesgo la salud del río y que el proceso de los areneros tiene un impacto menor, explicó la encargada del programa de educación ambiental del Área de Conservación Arenal-Tempisque, Yarely Díaz.

“Estas son actividades a pequeña escala que generan un impacto leve, pero nosotros no sabemos hasta dónde el impacto es alcanzable o qué ecosistema está afectando”. 

El proceso de los areneros artesanales sigue siendo casi idéntico a cuando iniciaron, hace más de un siglo: armados solo con un balde huequeado —para dejar pasar el agua—, toman una bocanada de aire y bajan al fondo. Pocos segundos después, vuelven a la superficie con el balde cargado de una masa oscura y espesa, y la dejan caer a la mitad de la panga. Y así, una y otra vez. Por cada bocanada de aire, un balde de arena. Lo hacen durante al menos cinco horas, o las que sean necesarias para cumplir con sus cuatro viajes hacia la pequeña playa donde descarga la arena.

Luis Jarquín saca cuatro pangas de arena al día, lo que equivale a unos ¢14.000.

El silencio se rompe cuando dos garzas cruzan en transversal el cielo nublado sobre nuestras cabezas. Un día oscuro como este puede extender la jornada hasta las diez de la mañana, de lo contrario se detendrían a las siete u ocho, cuando empieza a calentar el día.

Además de las garzas, solo se distingue el sonido del agua corriendo lento, y los golpes que dan los areneros a la panga con cada impulso, como campanadas tenues que anuncian su paso por el río.

“En esta parte ya nos podemos subir a la panga”, me dice Luis cuando llegamos a un fragmento más profundo. Mientras me escurro del cuerpo el agua fría y mi miedo a toparme al lagarto, este nicaragüense me explica más sobre su oficio, que empezó hace tres años.

El oro negro

“Renuncié al ejército de mi país. Eso de matar gente no va conmigo”, dice Luis serio mientras avanzamos por el río. El nicaragüense impulsa la panga enterrando la vara larga, que tiene  un clavo en la punta para que no se resbale en el fondo del río. Las ondas del agua desprenden plantas acuáticas con flores moradas que se deslizan río abajo tan lento como nosotros. 

Su nuevo oficio es más pacífico pero no por ello más sencillo. Me cuenta que como peón, por cada “pangada” llena de arena, su jefe le paga ¢3.500. Cada una contiene más o menos un metro cúbico (m3) de arena. 

La Asociación de Areneros del Valle del Tempisque, fundada hace 20 años para organizar al gremio, le paga a sus miembros unos ¢5.000 por cada m3. Algunos de ellos no la sacan directamente, porque ya son mayores, entonces contratan peones como Luis para extraerla y le ganan unos ¢1.500 a m3. 

Muchos de los 33 miembros que conforman la asociación también son dueños de las pangas, carretas y bueyes que usan para transportarla hasta un centro de acopio. Volvieron a este método rudimentario para sacar la arena del cauce, pues el Minae prohibió hace diez años el ingreso de maquinaria pesada a la ribera del río para recogerla. 

Los areneros empiezan a trabajar a las 2 a. m. Hacerlo desde temprano es mejor para ellos y para los bueyes; así evitan las altas temperaturas del día.

Poco a poco nos acercamos a la pequeña playa donde todos los areneros descargan sus pangas. De cuando en cuando, Luis toma el balde y  brinca de nuevo al río para sacar más rápido el agua que se filtran dentro el bote. 

Los otros botes que suben en busca de más arena son capitaneados por rostros de todas las edades, algunos tan jóvenes que no parecen haber cumplido la mayoría de edad. Mientras tanto, los areneros más viejos empiezan a acercar los bueyes a la orilla para cargar las carretas. 

La carreta del jefe de Luis, que ya está hasta el tope de arena, recibe las últimas paladas de material, hasta que Juan Santana, arenero desde hace más de 40 años, le dice a Luis que la dejen así, que no la llenen más.

Omar Medina descarga la arena en uno de los montículos. Al día la Asociación recibe alrededor de 250 metros cúbicos de arena.

Desde aquí las llevan a un terreno donde cada dueño hace su propio montículo de arena, luego la cargan en la vagoneta para llevarla a la asociación. Los miembros tienen una boleta con el número de placa de la vagoneta y así se aseguran de quién es cada cargamento. 

“¡Jéijeee, jéijaaa! ” vocifera Juan intentando acomodar a sus bueyes con gritos y bramidos, para iniciar la subida por el lomo del dique, y se despide hablando del Tempisque como si fuese su titánico patrón. “Mientras estén los permisos y el río deje arena, se le trabaja”.

Así luce uno de los montículos de arena antes de ser llevado a la Asociación de Areneros del Valle del Tempisque, donde los intermediarios la comercializan.

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