Derechos Humanos, Especiales

En casa, las mujeres juegan una partida de equilibrios inmanejables

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Son las ocho de la mañana. El gallo pinto tostado y caliente está listo en una de las tantas ollas en la cocina. Odetth toma un pichel con agua caliente y lo vacía en la bolsa de chorrear. Mientras el agua poco a poco se convierte en café, deja el pichel y sigue palmeando tortillas. 

Después echa más agua en la bolsa, da media vuelta y toma dos huevos que deja caer en un sartén caliente. Lo hace todo al mismo tiempo, en un minuto, poco más o poco menos. 

Su hija se levantará en un rato y le pedirá desayuno con una seña cómica y tierna, abriendo la boca y apuntando a ella con el índice. “Como un pajarito”, dirá Odetth. El papá de la niña no vive en la casa, pero más tarde llegará como usualmente lo hace y Odetth le servirá comida. 

Se ve tan concentrada que es impensable que su cabeza es una cancha de tenis en la que rebota de un lado a otro una lista infinita de pendientes que incluye sentarse a estudiar con su hija de ocho años, cocinar, limpiar la casa, pagar una deuda, hacer una tarea de un curso, emprender, entregar las hojas guía que las mamás de las compañeras de su hija recogerán…

Yo no me puedo morir, mamuchi. Mi hija me necesita. Imaginate que me viene a dar un patatús y mi niña se va a quedar solita. Yo la quiero dejar grande como Gretel, como Amando”, su hija e hijo mayores, de 31 y 25 años. 

En Nicoya, donde vive, a Odetth la conocen con el apodo de “Tigra”, como sinónimo de ágil. Se lo dieron porque durante muchos años administró varios bares y restaurantes, y vieron que era demasiado “pellizcada”. 

Alguien podría pensar que es por ser mujer y mamá que tiene la capacidad de hacer muchas cosas a la vez y que es por eso también que puede administrar en su cabeza el sinfín de tareas. 

Pero en realidad, que Odetth aprendiera eso siendo “bebé”, como dice, es porque desde la crianza las mujeres inician la partida de un juego de equilibrios inmanejables de múltiples tareas como planificar y ejecutar las labores de la casa, pagar las cuentas, velar por el trabajo, por estudiar, y estar pendiente de sus hijos y sus papás, que viven cerca.

La carga se ha duplicado porque los logros de las mujeres en el mercado laboral no han ido acompañados de una repartición equitativa de las tareas domésticas. Mientras que la sociedad demanda que las mujeres sean buenas en todo, una buena parte de los hombres se limita a ser buenos en su trabajo y asumen lo mínimo de la corresponsabilidad del hogar.

La psicóloga y académica guanacasteca, Marleny Campos, lo explica así: “Hay una demanda de seguir cumpliendo los roles tradicionales del hogar, pero también cumplir el rol de proveedora, sea que tiene o no pareja”. 

Esa dinámica las encadena a más horas laborales en sus casas. En los distritos rurales (que en Guanacaste son 47 de 59), las mujeres dedican hasta 26 horas más que los hombres al trabajo doméstico no remunerado. En los urbanos (los restantes 12 distritos de la provincia), la diferencia es de 20 horas, según la última encuesta del uso del tiempo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).

El peso excesivo que cargan en sus espaldas desemboca en una serie de agobios emocionales y mentales. “Deriva en una serie de estrés, depresión y ansiedad”, apunta la psicóloga Campos. 

Odetth lo admite. “Han habido días que quiero salir corriendo y veo a mi princesa Mariana, y es tan linda mi muñeca, que no tiene por qué ver una decaída de mi”, dice ella con voz pausada y profundamente serena. 

En otros hogares, que no es actualmente el caso de Odetth, el quedarse en casa significa para las mujeres encerrarse con una pareja que las golpea y las maltrata psicológica y mentalmente.

Odetth prepara café en la cocina de su casa, que hasta hace poco más de un año también era una soda donde vendía platillos guanacastecos y comida rápida. El gallo pinto ya está listo y en el mismo espacio donde tiene el pichel está palmeando tortillas caseras con maíz que ella misma molió el día anterior. Foto: César Arroyo Castro

Un “quedate en casa” desigual

Tiene 51 años y es una mujer enorgullecida de sus rasgos chorotegas y los vocablos náhuatl que todavía utiliza cotidianamente para hablar. Su piel es color chocolate y su pelo negro intenso. Habla pausado, como rebuscando las palabras exactas para expresarse. Le gusta decirle “mamuchi”, “mami” y “mi amor” a la gente. También le gusta demostrar su afecto a través de su cuchara, al regalar las tortillas gigantes que palmea, y convidar a otros de lo que le han regalado a ella. 

Para Odetth compartir es la clave para que nunca falte nada en la mesa. Trata de convencerse de eso, aunque de repente confiesa sus preocupaciones. “No genero dinero, entonces se me cae el pelo, me como las uñas”, dice

Hace poco más de un año Odetth tenía una soda en su casa, pero la cerró porque las tarifas de patentes comerciales la estaban ahogando y porque empezó a idear con amigas nicoyanas un sueño colectivo: La Mazorca, un futuro negocio de comidas cien por ciento guanacastecas que está desarrollando con un grupo de amigas. 

Desde que cerró la soda de su casa, continuó preparando cualquier platillo que le pidieran: una hamburguesa, arroz con leche, tortillas, tamales, gallina achiotada, ceviche… Lo que fuera. Lo necesitaba para sobrevivir, pero la pandemia empezó a vaciar los bolsillos de la gente que le compraba y, consecuentemente, los de ella también. 

La psicóloga Marleny Campos asegura que la necesidad de continuar llevando comida a la casa aumenta el ahogo de las mujeres en medio de la pandemia. “Tienen que seguir cumpliendo su rol de trabajo e intensificar el rol de cuido ya no solo para sus hijos, sino también para su pareja si hace trabajo virtual o trabajo normal”, explica. 

“También, la mujer históricamente ha asumido el rol de cuidadora de los enfermos de la familia, inclusive si tiene covid”, agrega.

Y otra cosa que lo ha agravado en este contexto, es la situación del sistema educativo, que hay una gran demanda de acompañamiento por parte de los hijos e hijas más chiquitas”. 

Esa es una responsabilidad extra que Odetth ha tenido que asumir. “Al menos es que me mandan todos los trabajos, no me mandan uno, me mandan todos, todos de todo, mami”, dice Odetth sobre los temas que debe enseñarle a Mariana. 

“Es un montón y hay cosas que no entiendo y tengo que pedir ayuda”, cuenta. 

Ayuda para ayudar a Mariana, que es lo urgente para ella. Lo que usualmente no sabe es cómo conseguir un apoyo psicológico que le dé la ruta para aligerar la carga emocional, doméstica y mental. 

“Lo necesito, para encontrarme a mí misma. Porque hay momentos en los que siento que no soy yo, y eso que tengo carácter”, asegura Odetth. “Siento que puedo buscar ayuda con Inamu (Instituto Nacional de las Mujeres), y qué bueno sería que me peguen un empujón. Sería la mujer más feliz del mundo”, dice.

Ella no es la única agobiada. Por la pandemia, el Colegio de Psicólogos y Psicólogas de Costa Rica reunió un grupo de 200 voluntarios que, desde mayo, atiende las llamadas del 911 y del 1322 de personas con daños a su salud mental. A octubre, siete de cada 10 asistencias psicológicas eran para mujeres sobre todo por síntomas de ansiedad y estrés.  

“Lo que hemos luchado las mujeres para que el Estado asuma responsabilidades en la educación, en la atención de la salud y el cuido, para que podamos desarrollar nuestras potencialidades individuales y ciudadanas, se nos han devuelto de nuevo en la pandemia”, señala la excoordinadora del departamento de violencia de género del Inamu, Ana Hidalgo.

Esa es una carga adicional de discriminación que nos está devolviendo la sociedad y que nos hace las únicas responsables de las tareas domésticas”, agrega. 

Esa realidad, como la que vive Odetth, ya de por sí desestabiliza el bienestar. Pero como sobreviviente de violencia doméstica sabe que en otros momentos de su vida, una pandemia como esta también la hubiera condenado a convivir con las parejas agresoras que le dejaron marcas imborrables en su memoria y en su cuerpo. 

La casa es el lugar más inseguro para millones de mujeres en el mundo, así lo determinó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 2018. Las parejas y familiares son los principales agresores y potenciales femicidas de ellas. 

“Esta es una experiencia que vivimos las mujeres de todos las edades, no solo en el emparejamiento”, apunta la estudiosa Ana Hidalgo. Ella lo resume en que muchas mujeres están atrapadas. 

“Están atrapadas porque no pueden salir, tienen que cuidar a alguien, tienen que trabajar en la casa y cuidar, o están atrapadas con una pareja violenta con pocas posibilidades de pedir ayuda. Atrapadas también por la dependencia económica, que es la trampa histórica de las mujeres, si tenían autonomía económica y perdieron el empleo”, explica. 

En la oficina regional del Inamu en Liberia, que atiende a las mujeres de la provincia, han notado un aumento de consultas a mujeres por violencia intrafamiliar. Entre marzo y octubre, han atendido 468 mujeres, 50 más que el mismo periodo del año pasado. 

Odetth, de 51, y su hija Mariana, de ocho, estudian durante una mañana. Así es la rutina todos los días desde que la pandemia la obligó a convertirse en maestra de la niña. Cuando Odetth no entiende algo de la materia, acude a una sobrina que le ayuda a explicarle a Mariana. Foto: César Arroyo Castro

Seguir construyendo un mundo distinto

-Teníamos cosas lindas, no todo era dureza, teníamos un río, teníamos maíz para hacer chorreadas y tortillas, jocotes, mangos, naranjas, teníamos una marimba y mis primos tocaban marimbas y nos pegábamos unas bailadas que todavía llevo el sazón adentro, porque en la familia de nosotros hay marimberos, guitarreros y cantantes. 

-Familia de artistas, entonces. 

-Ajá, ajá. 

-¿Y usted cuál talento sacó? 

-Aunque usted no lo crea tengo dos guitarras, pero nunca aprendí a tocar porque me dediqué a trabajar. 

Su trabajo, dice Odetth, fue la escalera que permitió que su hija e hijo mayores ya caminen por sí mismos. Con esa misma fórmula continuará encaminando a Mariana, para que pueda vivir una vida más ligera que la suya. 

La niña, que constantemente se acerca a ella y le receta besos en la mejilla, asegura que su mamá es la mejor del mundo.

Es muy cariñosa y cuando yo hago algo malo, ella me corrige. Es la mamá más especial porque aunque no tengamos plata, para mi cumpleaños ella siempre me hace una fiesta pequeña”, dice mientras la ve con los ojos luminosos de admiración. 

Y Odetth, que sabe que su hija no para de mirarla como su modelo a seguir, no tiene tiempo para hacer otra cosa más que seguir bordando su mundo y el de Mariana, y continuar unida a un grupo de amigas, varias de ellas sobrevivientes de violencia. Comparten risas, preocupaciones y el sueño en común de echar a andar La Mazorca.

Odetth también continúa todos los días con su lista infinita de pendientes, los principales: rogarle a dios para que hoy sí venda más que el taco y la hamburguesa que vendió ayer, rogarle también para que le quite un dolor que le presiona el pecho y para que el covid no le toque la puerta.

 

 

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