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Guanacaste y Limón enfrentan la relación más estrecha entre drogas y deserción estudiantil en Costa Rica

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Cuando Gustavo Marín asumió en marzo de este año como director del Liceo de Nicoya notó de inmediato que debía hacer algo para que los estudiantes se alejaran de las drogas: algunos se escapaban de clases para ir a consumir, otros se metían en rincones oscuros y alejados dentro del mismo cole y a otros los veían en lugares cerca del centro educativo donde suelen haber traficantes.

“Cuando yo entré, hicimos un diagnóstico y tenemos detectados unos 40 chicos que consumen, de una población de 1.069 estudiantes”, cuenta Marín.

Pero hemos implementado la política de no sacarlos sino más bien de ayudarles, darles seguimiento y empoderarlos con información sobre las problemáticas de la drogadicción”, agrega. 

Él empezó a coordinar con el Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA), con la Fuerza Pública local y con los mismos docentes y estudiantes para responder a la problemática. Crearon una red con las instituciones y con educadores para organizar charlas. En estas actividades, pretenden explicarles a los estudiantes los riesgos de consumir  drogas.

Además, dentro del colegio pusieron un portón para que los jóvenes no puedan salir a un área verde donde presumen que iban a consumir y cerraron un pasillo que probablemente utilizaban para el mismo fin. 

No es algo que suceda solamente en este colegio, ni en este cantón. De hecho, en el país, los jóvenes inician el consumo de marihuana, cocaína y éxtasis a los 14 años, según la última encuesta de consumo de drogas en jóvenes de secundaria del IAFA. 

Los centros educativos en nuestra provincia ven a las drogas como uno de sus más grandes enemigos y no es antojadizo: Guanacaste y Limón son las provincias donde hay una mayor relación entre la deserción colegial y los decomisos hechos en las zonas cercanas a los colegios. Así lo revela el último informe del Estado de la Educación, publicado en agosto de este año.

Es decir, entre más cerca de colegios estén los lugares donde se decomisan drogas, hay más riesgo de que los estudiantes deserten de las aulas. 

En Guanacaste, la relación es más evidente en las direcciones de Santa Cruz y Nicoya y luego Liberia y Cañas.  

División por regiones educativas.

Sin embargo, el problema no está solo de los portones para afuera. En la primera mitad de este año, el decomiso de drogas en colegios y escuelas en el país ya superó las cifras del 2018, según el Programa Regional Antidrogas del Ministerio de Seguridad Pública. Hasta julio de este año, la policía ya había incautado 128,2 gramos de marihuana, 1,5 de cocaína y 0,4 de crack, mientras que en todo el año pasado decomisaron 87,5 gramos de marihuana.

Para concluir la relación entre decomisos y deserción, el investigador Leonardo Sánchez analizó los datos del 2017 de confiscación de drogas por parte del Instituto Costarricense contra las Drogas (ICD), los lugares donde ocurrieron y los datos de deserción.

Ese año, el ICD registró 95.654 incautaciones en todo el país, en zonas en las que se encontraron 18.204 personas menores de 20 años.

«Esta cifra revela el nivel de exposición a la problemática por parte de la población en ese grupo de edad que, en principio, debería estar siendo atendida por el sistema educativo”, considera Sánchez en el informe.

La investigación evidencia que el 50% de los decomisos del 2017 se ubicaron en solo 33 distritos, de los 385 que tiene Costa Rica. Es decir, 7% de todos los distritos del país concentran la mitad de los decomisos. Esos distritos tienen características particulares: son urbanos y muy poblados, con una pobreza promedio de 23% y donde apenas el 40% de sus habitantes mayores a 25 años solo terminaron la escuela.

Eso no quiere decir necesariamente que sean las zonas en las que más droga se consume, sino en las que más droga se ha logrado incautar. 

En Guanacaste, por ejemplo, los distritos con mayor decomiso de drogas son cuatro de las ciudades más pobladas y con mayor desarrollo económico y social: Liberia, Nicoya, Tamarindo de Santa Cruz y Sardinal de Carrillo. 

El director del Liceo de Nicoya decidió cerrar algunos espacios oscuros y alejados donde los estudiantes solían meterse, como el espacio entre los muros que sostienen el tanque de agua. Foto: César Arroyo Castro

Jóvenes son blanco del narco

El investigador, el jefe policial de Nicoya y los directores de varios colegios consultados por este medio coinciden en que los centros educativos —y consecuentemente los jóvenes— son un atractivo para los traficantes de drogas.

“El sistema educativo, por su amplia cobertura y densidad, forma una red que permite al tráfico de drogas tener zonas de atracción para la compra, venta y distribución de drogas”, detalla Sánchez en su investigación.

Los datos lo respaldan: en el informe se analizaron detalladamente 5.876 confiscaciones (del total de 95.654) y se encontró que el 49% de los eventos ocurrieron en una distancia igual o menor a 500 metros de un centro educativo. Otro 33,9% ocurrió entre 500 metros y un kilómetro.

El director del Liceo de Nicoya dice que ellos mismos han identificado sodas y puentes cercanos al centro educativo donde usualmente hay compra y venta de drogas a las horas en las que los estudiantes salen del colegio.

Son lugares donde llega gente extraña a venderle droga a los muchachos”, cuenta.

Por eso, el colegio contactó a la delegación de policía de Nicoya para que puedan dar vueltas a la hora de salida de los estudiantes.

“Coordinamos para que hagan rondas y nos hagan reporte de los estudiantes, y sí me han hecho reporte de varios que están con gente extraña”, dice.

El jefe policial de Nicoya, Omar Chavarría, afirma que, con los datos de la policía, también han detectado que la población joven es un blanco perseguido por los traficantes. “Los buscan para reclutarlos como consumidores pero también como distribuidores”, explica Chavarría. “Por lo general son fáciles de convencer y, además, con ellos (los adolescentes), los delincuentes se garantizan de que tendrán clientes a largo plazo”, agrega.

Chavarría además cree que los métodos para cometer el delito de narcotráfico han evolucionado y que ahora, a través de los celulares inteligentes, el negocio se mueve sin necesidad de acercarse a los centros educativos.

“Los traficantes procuran no exponerse para que la policía no los ubique, y entonces utilizan muchísimo las redes sociales”. 

Un problema persistente

El director del Liceo de Santa Cruz, Jorge Arturo Alfaro, dice que aunque nota que en su colegio, de 1.600 estudiantes, sí hay una población consumidora, no han podido encontrar drogas con la unidad canina de la policía. “Seguramente la dejan escondida en algún lado”, dice Alfaro.

Él, la directora del Liceo Laboratorio de Liberia, Mayra Chaves, y el director del Liceo de Nicoya creen que las cámaras de vigilancia les han ayudado a ejercer un mayor control de lo que hacen los adolescentes dentro del colegio, así como los policías que ingresan con perros a encontrar drogas. 

Estos operativos suceden solo cuando los centros educativos los solicitan a la Fuerza Pública. El jefe policial de Nicoya asegura que son importantes para dimensionar el problema en las aulas, pero considera que la educación es el pilar para hacer entender a los jóvenes la realidad de involucrarse con las drogas. 

“Hay programas donde les llevamos un abogado que les habla de la ley penal juvenil, porque luego de los 12 años pueden ser imputados por algún delito, y también les hablamos de las implicaciones negativas de las drogas en el cuerpo humano”, explica Chavarría.

En los colegios buscan cómo contraatacar las adicciones. “No es solo un problema de drogas, sino también de alcohol”, dice Marín y cuenta que quieren aumentar la cantidad de cámaras de 16 que tienen ahorita a 40. 

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