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Ezequiel Aguirre, el rostro de un pueblo que persevera

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Ezequiel Aguirre está encaramado en una estructura de madera en forma de casa mientras intenta, con todas sus fuerzas, martillar un clavo que se resiste a entrar en la madera. “It’s too hard, too hard” (“es muy duro”), le dice a Luke, un voluntario proveniente de Malta que está tratando de ayudarle en esta misión sin éxito. 

Son las 9:15 a. m. y el sol de marzo es implacable. Estamos en una finca ubicada en el territorio indígena de Matambú, en Hojancha de Guanacaste. Alrededor, los árboles nos protegen un poco del calor. La familia de Ezequiel, un indígena de 65 años, es dueña de estas 20 hectáreas de bosque tropical seco. Aquí levantan un proyecto ecoturístico y cultural que incluye senderos, cataratas y pozas. Y estas cabinas que construyen ahora hospedarán a los turistas en el futuro.

Lo que quieren lograr es que aquí, en su proyecto, con su familia, los jóvenes indígenas de Matambú puedan ver un ejemplo de que fortalecer la identidad chorotega y mostrarla al mundo puede traer muchos réditos, incluso económicos.

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“Que los turistas sientan el calor familiar, que convivan con nosotros, que hagan una hamaca, una ollita de barro, que prueben lo nuestro”, dice. Quizás así, la identidad indígena les producirá orgullo a los muchachos del pueblo… y no vergüenza, nos explica con un brillito en los ojos.

Para entender esta pasión de Ezequiel hay que comprender que los indígenas de Matambú han sufrido una fuerte discriminación, incluso dentro de sus mismos cantones, Hojancha y Nicoya, y sobre todo en los colegios a los que asisten los más jóvenes. “Aunque no se ven diferentes, los trataban mal solo por venir de Matambú. Es una discriminación geográfica”, me explica la antropóloga Karen Stocker, quien ha estudiado a la comunidad durante más de dos décadas.

Todos los voluntarios de Raleigh le dejan un recuerdo en una tablita a don Ezequiel y su esposa, Gladys.

Ezequiel agrega que el abandono del Estado va desde opciones para enviar a los jóvenes a la universidad hasta una carencia en la visibilización de su cultura como algo que nos pertenece a los guanacastecos. 

Sin embargo, las tradiciones de los indígenas chorotegas sobreviven “dentro de casa, en la comida, en el ambiente más íntimo”, me explica Karen.

Así, como lo explica ella, es el hogar de Ezequiel y de su esposa Gladys. Por fuera se ve como una casa común y corriente, pero dentro de la nevera hay una olla de chicheme frío (una bebida tradicional hecha a base de maíz) que usualmente sirven en tazas hechas de la cáscara dura del jícaro llamadas guacales. En su taller, Ezequiel utiliza el barro que está en su patio para hacer vasijas chorotegas. Por dentro, la cultura persevera.

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En los genes

Mientras se baja de la armazón, un poco decepcionado del clavo que no quiso entrar, Ezequiel nos explica que la madera que está usando es de un árbol de ojoche que botó la tormenta Nate y al que quisieron sacarle provecho. “Pero ya me estoy arrepintiendo”, se queja. Él sabe que más tarde volverá a intentarlo.

Dice su hermano José Vivian que Ezequiel es un hombre perseverante por definición: fue parte de la segunda generación de indígenas que se graduó del colegio, director regional de Correos de Costa Rica, es administrador de negocios, expresidente del Consejo Nacional Indígena y ahora, artesano y emprendedor de este proyecto ecoturístico.

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Cuando entró a trabajar en la sede de Nicoya del correo, comenzó a capacitarse en mecanografía y a llevar otros cursos. El jefe se negaba a darle trabajo de oficina, entonces lo trasladó a San José y desde entonces ascendió de puesto hasta llegar a ser el director de la sede regional en Guanacaste. Más de dos décadas después salió de allí para hacer marimbas y vasijas.

“Él mismo hizo el torno que usa para las vasijas. No crea usted que es comprado”, me dice orgulloso José Vivian, refiriéndose a la máquina que usa para hacer su artesanía

José Vivian agrega que lo que Ezequiel hace ahora con el proyecto ecológico es bastante único, porque muchos quieren, pero no perseveran.

El pueblo, sin embargo, parece ir creciendo en la misma consciencia que tiene esta familia sobre su identidad y su cultura.

Por ejemplo, José Vivian es el director de la escuela de Matambú y asegura que junto al programa de Guanacastequidad, los niños han comenzado a fortalecer ese  sentimiento de identidad por su cultura.

Pedro Pablo, también hermano de José Vivian y Ezequiel, ha hecho algunos tours dentro de la finca desde el 2012. También tiene un local de comida hecha a base de maíz que está incluido dentro del proyecto ecológico. Y otras iniciativas de agricultores y ganaderos a pequeña escala también se unirán a esta propuesta de la familia Aguirre.

¿Qué tienen estos hermanos en los genes? Según Ezequiel, su padre era muy inteligente y los enseñó a combinar actividades agrícolas con el bosque. “Aprendimos a rotar los cultivos, a no agotar la tierra”, nos explica. “Hace 50 años sacamos el ganado de acá y comenzamos a reforestar toda la finca”, agrega.

Un indígena de mundo

Después de llevarnos a los senderos y a la catarata, pasamos por Nemú Nekupe (paraíso, en lengua chorotega), el rancho en el que viven los grupos de voluntarios de la organización internacional Raleigh, a los que atienden Ezequiel y doña Gladys todos los días.

Luke, el maltés, es parte del segundo grupo que llegó a la finca para ayudar con los senderos, mover los troncos que se cayeron con la tormenta y meter el hombro en lo que haga falta. “Son muchachos muy buenos”, me dice Ezequiel, que a veces se sorprende de las costumbres de los jóvenes europeos. “Cuando uno se da cuenta, salen del baño en calzones”, dice, y se echa a reír con Gladys.

Lo dice con un hilito de miel en la voz, porque ya les agarró cariño y porque esto es lo que él quiere para el futuro de su finca y de Matambú: muchos extranjeros que sean parte de la familia, que conozcan la cultura chorotega y la hagan crecer.
 

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