Derechos Humanos, Especiales

Con la frente en alto: historias de orgullo y diversidad

Para Mich, transformar los pueblos para que acepten la diversidad debe ser un proceso cargado de amor y cariño. Lo ejemplifica así. “Hagámoslo como tipo buffet en la provincia, donde ponemos toda la enseñanza sobre la mesa y que las personas que tengan hambre y quieran comer, agarren de lo que más necesiten: educación sexual, información sobre VIH, conocimiento sobre género no binario (...), porque qué lindo sería que las personas que vienen atrás no tengan que sufrir tanto. Lo único que queremos es ser felices como el propósito de cada persona en este mundo”. Foto: César Arroyo Castro
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Cuando Mich Coronado tenía siete años, amaba jugar fútbol con su papá en la plaza de San Miguel, un pueblito de Cañas. Y cuando veía los equipos de fútbol uniformados, con tacos y espinilleras…

“Yo le decía a papi: yo quiero jugar con ellos, yo quiero ponerme un uniforme”, pero su papá le terminaba explicando que eran equipos solo para hombres. “¿Pero qué tiene de malo? Yo juego igual de bien con ellos”, le decía Mich.

Su papá, entonces, conversó con el entrenador para que le dejara integrarse a uno de los equipos. Y él accedió, pero después vino otro obstáculo. No le dejaron inscribirse en el torneo del pueblo porque no permitían equipos mixtos. Mich recuerda que su papá, su mamá y el entrenador hablaron con la comisión de deportes. “Entre lucha y lucha, lo logramos”.

Mich decide ilustrar este recuerdo como la descripción perfecta de cómo es su familia. “Yo vengo de una casa con mucho amor, respeto y educación. Mis papás siempre estuvieron en todos los aspectos de mi vida”. Por eso fue tan difícil distanciarse de ellos en 2017, cuando les contó sobre su orientación sexual y no lo tomaron bien. 

Mich se mudó a Liberia.

Era un poquito para marcar una distancia que nos permitiera pensar y curar”, cuenta. ¿Era un sueño inalcanzable imaginarlos luchando de su lado como cuando lo hicieron para que jugara en los equipos de fútbol? 

Aún en 2021, las personas LGBTIQ+ en Guanacaste buscan migrar a Liberia o a las provincias del centro del país como una opción de libertad: en la mayoría de pueblos no hay espacios de educación sobre la diversidad sexual y de género, y aceptarla es todavía un peldaño lejano para las comunidades. 

“Irse al Gran Área Metropolitana es una idea con la que las personas [diversas] de pueblo crecemos. Yo desde que estaba en el colegio decía: yo aquí me callo. Nunca jamás voy a decir que me gustan las mujeres porque ya veo cómo tratan a mi amigo gay o a mi amiga lesbiana”, relata Ana María Murillo Varela, una mujer lesbiana y activista de Tilarán. “Yo siempre pensé en escapar de Costa Rica, no solo hacia a San José”, dice también Sebastián, un adolescente trans. 

Vitinia Varela y Adolfo Murillo levantan alto y con orgullo su frente por la población diversa de Guanacaste. Hace dos años fundaron Amor a la diversidad de Tila, un grupo de personas diversas y familiares para alcanzar el peldaño donde por fin las comunidades guanacastecas respeten y ojalá apoyen a la población LGBTIQ+. 

El abrazo de papá y mamá

Con 23 años y viviendo en Liberia, Mich aún sentía mucha soledad porque no conocía a nadie, y culpa, por pensar que lastimó a su familia. A finales de 2019 asistió a una actividad organizada por la campaña Sí, acepto para informar sobre el matrimonio igualitario, que entraría en vigencia en menos de un año. Nunca antes había participado en un espacio de diversidad sexual y mucho menos había compartido con desconocidos sobre su orientación. Estar ahí le aterrorizaba. 

Hablaron sobre los aspectos jurídicos del matrimonio igualitario, qué cambiaba y qué no. «Hicieron una actividad muy bonita”, recuerda Mich. Bonita pero difícil: “Había que conversar sobre la familia, pero yo no pude y me puse a llorar”. 

Al final de la actividad, una pareja se acercó a preguntarle si podía abrazarle. Eran Vitinia y Adolfo, quienes habían protagonizado junto con Ana María uno de los videos de la campaña que reflexionaba sobre el matrimonio igualitario desde el amor de familia. 

Vitinia invitó a Mich a participar en Amor a la diversidad de Tila. “Fue justo lo que yo necesitaba en ese momento”, cuenta Mich. “Tuve ese pequeño sentido de autocompasión hacia mí de decir: no estoy bien y necesito ayuda. Y creo que eso es sumamente difícil, más en situaciones en que sentís que todo el mundo te hizo a un lado“.

En Guanacaste, solo dos grupos más acompañan a las personas diversas: la sede regional de Transvida, coordinada por Bárbara Fajardo, que apoya a personas trans, y el Colectivo Diversidad Guanacasteca, cofundado por Alexander Rosales, que organiza actividades para reflexionar sobre la diversidad en Liberia. En San José, la cantidad de grupos puede superar los 20, según un recuento en redes sociales.  

Estos espacios son tan importantes”, resalta Rosales, que cocreó el grupo en 2015. “Son una ventana para que la población diversa de toda la provincia sepa que hay lugares que los pueden acurrucar”. 

Eso sintió Mich cuando entró a Amor a la diversidad de Tila. “Fue muy bonito sentir que hay personas que están en la misma lucha, y que son de acá de la provincia”.

Un espacio para liberar

Vitinia y Adolfo fundaron el grupo luego de muchos años de formación personal, tras enterarse de la orientación sexual de su hija. 

“Fue un proceso a veces duro, a veces suave, porque yo acepté a mi hija sin peros. Le dije que la amaba y la respetaba y que iba a estar con ella siempre”, recuerda Adolfo. “Pero en mí entró una negación y pensaba qué iban a decir de mí los familiares o los compañeros de trabajo… O sea, estaba siendo egoísta: estaba pensando en mí y no en ella”. 

Cruzarse de brazos no fue una posibilidad ante la aflicción que sentían, entonces buscaron ayuda en 2015. “En ese entonces, yo fui a San José porque en esta zona no hay nada [para informarse sobre identidad de género u orientación sexual]”, cuenta Vitinia. Pero claro, tenía la intención, el tiempo y los medios para hacerlo. “Entonces siempre estaba ese gusanito, esa inquietud de que en esta zona había que abrir un grupo para toda la familia”.

En noviembre del 2019 hicieron en su casa, en el centro de Tilarán, la primera reunión de Amor a la diversidad de Tila

Quienes atendieron al llamado resultaron ser personas de tan distintas edades como de identidades y orientaciones sexuales y de género. Una abuelita de un adolescente trans. Una mamá de un chico trans. Dos adolescentes trans. Una mujer lesbiana que después integró a su novia Paula. Mich, que es una persona no binaria —que no se identifica ni femenina ni masculina— y su novia. 

Juntos sanaban la aflicción en el pecho y se educaban en temas de diversidad sexual.

Desde marzo del 2020, por la pandemia, migraron a reuniones virtuales. Eso les ha abierto una ventana de posibilidades: se unieron familias y personas de fuera de Guanacaste y tienen charlas con personas expertas de otras provincias y del extranjero. 

También pasaron a tener dos reuniones al mes, una de formación en temas de diversidad, y otra para compartir lo que les estruja y alegra el corazón. 

“Para mí es importantísimo que las personas diversas sepan que no hay nada de malo en ellas. Mi hija creía que le había fallado a sus hermanos”, dice Vitinia Varela. Para su esposo, Adolfo Murillo, “estos jóvenes son valientes y son el faro que todo el día me alumbran para salir de la oscuridad en que yo estaba. Son jóvenes que van a enseñar a otros que están escondidos en su casa, por el miedo de los papás al qué dirán. Si tienen miedo, yo no los culpo, porque yo tampoco estaba listo para recibir la noticia de tener una hija diversa sexualmente, pero eso no es nada en comparación con lo que a ellos les espera en esta sociedad discriminatoria”. Foto: César Arroyo Castro

“Algunas personas del grupo dijeron que necesitábamos dos reuniones al mes, una con una persona especialista y la segunda con el grupo, porque estamos atravesando una pandemia que dejó a algunas personas sin trabajo, otras no tuvieron otra opción más que regresar a la casa de sus padres, donde habían sido violentados, porque las universidades cerraron”, cuenta Ana María.

Es un proceso interminable de aprendizaje. Personas homosexuales que aprenden sobre las vivencias trans. Mamás y abuelitas que empiezan a entender a sus seres amados. Personas trans que escuchan a una persona no binaria. Además, aprenden sobre lenguaje neutro e interseccionalidad de la población diversa de pueblos indígenas.

Para Doña Flora, la abuelita de uno de los adolescentes trans, fue un automandato asistir. Para el resto de su familia ha sido imposible abrazar la diversidad de su nieto, principalmente por sus creencias religiosas. ¿Qué pasaría con él si ella no lo abrazaba?

“Del rechazo tan grande a estas personas puede venir un suicidio, y yo no veo el sentido [de por qué las rechazan o discriminan]. Son personas iguales a todas y yo pienso que igualmente son amadas por Dios”, dice doña Flora.

Si yo no estoy de acuerdo con la gente que los rechaza, ¿será que soy una abuela moderna?”, se pregunta.

El rechazo por religión de los papás del chico trans no es un caso aislado. Una buena parte de los cristianos aún señalan y excluyen la diversidad. “Siento que es más político que otra cosa”, dice Vitinia. “Y ese no es el dios en el que yo creo, que es un dios de amor”, agrega.

La Iglesia Católica, que dirige la religión oficial del país, ha mostrado abiertamente su oposición al matrimonio igualitario, que entró en vigencia en 2020, al cambio de nombre según identidad de género, desde 2019, e incluso a la educación sexual y afectiva en los centros educativos, discutida principalmente en 2018.

Más allá de cambiar reglamentos, leyes y decretos en favor de la diversidad sexual, la misma Corte Interamericana de Derechos Humanos ha destacado la necesidad de que se concientice también desde la cultura, la religión y la tradición. 

De la necesidad imparable de respetar los derechos humanos sin importar identidades ni orientaciones han nacido incluso grupos como Espacio Seguro Católica – Costa Rica, un espacio de encuentro católico donde “personas LGBTIQ+ pueden sentir plena libertad y seguridad de expresar su fe sin temor a ser juzgadas, excluidas o discriminadas por argumentos moralistas”. 

“Es que se sigue creyendo que la diversidad es algo malo. Generalmente se cree que la persona diversa es una persona pervertida, porque se cree que todo se basa en los genitales”, considera Vitinia. “Solo eso, sexo. Pero no es eso lo que identifica a las personas, ni es su valía. Somos un conglomerado. Ellos también tienen proyectos de vida y se enamoran”, explica. 

A Adri la religión la desgarró. Quería que Dios le arrancara ese pedazo de ella, porque creía que era un pecado enamorarse de las mujeres. “Fue un proceso de negación toda mi vida. Yo dije: ‘Esto nunca nadie lo va a saber. Nunca nadie’”, se repitió por al menos 20 años, convencida de que pagaría por ello. 

“Recuerdo miles de veces llorando en el santísimo de mi pueblo diciéndole a Dios que por qué yo tenía algo tan feo, que yo no lo había elegido. Yo le pedía que me lo quitara, que llegara de alguna manera y me arrancara ese pedazo”, recuerda Adri.

Hasta que se mudó a Liberia en 2008 y encontró el poquito de apertura de ese entonces. Primero se lo contó a su mejor amiga y después a otras personas cercanas, incluso a su papá. “Esperé la peor reacción de él, pero antepuso el amor que tiene por mi y me dijo: usted es perfecta, yo la amo como usted es”. 

Por eso también la conmovió tanto cuando en 2019 vio el video de Adolfo, Vitinia y Ana María en la campaña de Sí, Acepto. “Especialmente, escuchar a don Adolfo me tocó muchísimo el corazón. Yo lloré porque vi que había tanto amor ahí”. Y cuando Adri se enteró de que esa pareja del video inició un grupo, ella supo que debía estar ahí. “Yo sabía que yo quería estar en esa reunión porque se cambiaba la historia de Tilarán de alguna manera”. 

Paula Céspedes se integró al grupo Amor a la diversidad de Tila luego de conocer a Adri, que ahora es su novia. Le tomó más de 20 años aceptarse. “Recuerdo muchas noches llorando porque yo no quería tener esto, ¿pero qué ha cambiado desde entonces? Lo que ha cambiado es mi aceptación, no como la gente me ve”, reflexiona. Uno de sus más anhelados pasos es conversar abiertamente con su mamá sobre su orientación sexual. “Ella sabe dónde estoy yo, ella sabe que estoy con mi novia. Y a pesar de que no hablamos todavía de eso, ella me apoya y yo lo puedo sentir. Y yo sé, espero que no sea lo contrario realmente, pero puedo sentir que me ama y me apoyará. Sé que es un proceso y estoy siendo paciente, pero quisiera incluirla en esta parte de mi vida, con Adri, que es el amor de mi vida”. Foto: César Arroyo Castro.

Ser visibles

Después de más de un año de existir, el grupo tiene claro que uno de sus objetivos principales es trabajar para ablandar el camino de quienes vienen atrás, para que sea más suavecito que el suyo. 

“Nos han querido borrar del mapa de cómo ser la persona guanacasteca de una familia rural, pero ahora queremos que nos vean que somos un grupo grande, que estamos trabajando, que somos felices y que ya no nos vayan a invisibilizar”, dice Ana María, que recuenta más de 40 integrantes del grupo.

Mich lo ve así: “Yo siempre le digo al grupo que somos superhéroes, porque con solo buscar ayuda salvamos nuestra propia vida. Ahora imagínense lo que podemos hacer si llevamos esa información para salvar más vidas”. 

Salvar o saber que viven felices. La intención, al final, es disfrutar la corta vida con los seres que cada quien ama. “Yo me considero muy abierta, porque tengo a mi hermana que es gay y siempre consideré que esos temas no eran para mí nada complicados”, cuenta Ligia, la mamá de Sebastián. Hasta que supo que lo de su hijo era también una persona trans. 

Ahora me doy cuenta que me estaba ahogando en un vaso de agua. Es algo tan personal de cómo se siente y cómo se identifica cada quien, que ahora ya lo superé sé que ver a mi hijo feliz es lo único que necesito”, dice Ligia.

Para Sebastián, su hijo de 18 años, tener el respaldo completo de sus papás cambió su vida. Ahora siente la libertad y el valor para hablarles sin temor. “Incluso conozco gente chiva, grupos y así, y todavía quiero irme de Costa Rica, pero no para vivir, sino como de viaje”. 

A Vitinia a veces le cruza por la cabeza el escenario en que ella y don Adolfo dejan el grupo para que sea un grupo solo para las personas diversas. “Yo me eduqué en un grupo principalmente de mamás, y no me sentía lista para estar entre jóvenes, que son la mayoría”, dice Vitinia.

Es una idea que incluso ha comentado en el grupo y ante la cual todos y todas le dan la misma respuesta: el grupo sin ellos perdería su esencia. Por eso, el grupo ahora ve lo clave que resulta que familiares y personas diversas trabajen juntas para construir una Guanacaste más abierta a la diversidad. 

Por un lado, Vitinia y Adolfo creen que su hija y todas las personas diversas llegaron a rescatarles de la ignorancia. “Hoy con mi hija es un nuevo amanecer. Cada día es más feliz porque a través de ella tengo más hijos e hijas que hemos encontrado en este grupo de Amor a la diversidad de Tila”, dice Adolfo. 

Por otro, para quienes integran el grupo, estar sin ellos sería como quedar sin la mamá y el papá que les llena a algunos el vacío de familia. 

“Yo creo que si mis papás me hubieran apoyado como lo hicieron en aquella época, cuando la sociedad nos dijo que las mujeres no podían jugar con hombres, yo me hubiese evitado no sé cuántos años de sufrimiento, de dudas, de culpabilidad y de pensar que por ser como era estaba dañando a mi familia”, dice Mich. 

“Yo creo que me hubiera comido el mundo”.

 

 

*Algunos de los nombres de personas en este reportaje fueron modificados para respetar la identidad protegida de sus protagonistas. 

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