Regional, Nosara

La búsqueda incansable de la felicidad

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La vida no es fácil. Esa podría ser una de las frases más trilladas y repetidas de los seres humanos; sin embargo, nadie la contradice. Esa oración pasó muchas veces por la cabeza de Mayra Rosales Villafuerte, quien a sus 64 años ha conocido de cerca la pobreza, la violencia y la oscuridad, pero nunca ha permitido que se apague la luz de sus sueños.

Con una ola de obstáculos que podrían nombrarse de la A a la Z, Rosales crió a sus diez hijos en condiciones inimaginables y hoy, con su título de bachillerato bajo el brazo, lucha por tener su casa propia: su máximo sueño.

Rosales nació en el año 1951, en lo que hoy es Barco Quebrado, y es la mayor de nueve hermanos. De su papá y su mamá no tiene los mejores recuerdos, basta con contar que a los 16 años dio a luz a su segundo hijo bajo un árbol de almendro completamente sola, porqueese embarazo no era aceptado por sus padres. Los padres entendieron su primer embarazo, pues tenía 14 años; sin embargo, el segundo no fue avalado.

“Eran las 9 de la noche y no soportaba los dolores.Como mis papas no me aceptaban,a como pudecorrí esa noche a unos metros de la casa y debajo de un árbol de almendro no soporté más y mi hijo nació, solo estaba yo sólita. Apenas nació lo tome, lo envolví en el vestido que tenia puesto y camine hasta la casa, en medio de la oscuridad. Mi papá, al escuchar los gritos del bebé, simplemente se levantó, trajo unos trapos y los puso en el suelo, cortó el ombligo y me dejo ahí sin muchas palabras. Me sentí como un perro.A los cuatro días de haber parido me mandó a lavar ropa a la quebrada, arriesgando que me pasara algo, pero aquí estoy”, recordó Mayra.

Siendo una niña, trabajó cargando arroz en las montañas que hay entre Barco Quebrado y la playa hasta su casa. “Caminaba solita por la montaña con miedo que me saliera el león”. Además de transportar el arroz, le tocaba pilarlo, por ser la mayor de las hijas. También velópor sus hermanos y fue la que más castigos físicos recibió departe de sus padres.

Los diferentes empleos nunca estuvieron ausentes. Principalmente laboró como empleada doméstica, aunque en su juventud trabajaba más en el campo porquecasi no había gente en su zona.

La pobreza y las agresiones la han perseguido siempre. El que fue su marido por 45 años y padre de ocho de sus hijos nunca la trató bien, y la echó de la casa unos años antes de caer enfermo de cáncer. Entonces tuvo que construir un humilde rancho, contiguo a su casa, donde habita hasta hoy. Aun así, lo acompañó por tres meses en el hospital de Nicoya, hasta que murió.

Con este hombre Mayra se juntó a sus 16 años para escapar del martirio que era vivir con sus papás, aunque su nuevo camino era quizás peor. éÉl era 26 años mayor que ella y desde el inicio fue como su esclava.

Las adversidades económicas no solo han sido el único pesar de Mayra, pues también padece de hipertensión, diabetes y últimamente la aqueja un problema de desgaste en sus rodillas, pero ella se traslada todos los días a su trabajo actual en el centro de reciclaje en Nosara, a unos 20 kilómetros de su casa en Barco Quebrado. Desde que llega a su trabajo, Mayra toma sus rudimentarias herramientas como la trituradora manual para aplastar latas, un artefacto pesado y rústico, o compactando papel, y trabaja de 7a.m. a 12 m.d.de lunes a viernes.

Como si fuera un camaleón, a Mayra le cambia el brillo de sus ojos según el momento de su vida que recuerde. Las anécdotas de su infancia hacen que algunas lágrimas se asomen con la mirada un poco perdida; en cambio, el presente hace levantar su brillo, con un rostrolleno de motivación y agradecimiento por Dios. “Dios tarda, pero no olvida”, dice.

 A sus 64 años en su rostro refleja la dura vida que ha llevado. Aunque tiene problemas en las rodillas, todos los días solo piensa en ir a trabajar.

Su gran pasión es estudiar y aprender. “Así como me ve, tengo ocho diplomas del INA y soy bachiller”. Este último título lo obtuvo con grandes sacrificios, pero nada la detuvo. Las matemáticas era su materia favorita, también es la que más le cuesta.

Estar en el colegio fue una gran experiencia, sus compañeros la trataron muy bien, la chinearon y le ayudaron mucho. Le hubiera gustado ser obstetra, durante muchos añoshahecho de partera en su barrio. El último parto que atendió fueron unos gemelos prematuros que desgraciadamente murieron por falta de atención medica profesional.El oficio de partera lo aprendió con ella misma ya que tuvo nueve desus diez hijos enla casa, solamente el último nació de cesárea en el hospital.

Hoy se considera una persona tranquila, a la que le pueden decir lo que sea y lo perdona:“soy calmada y tranquila, siempre y cuando no me toquen, eso si no lo aguanto”, así de sincera es esta mujer al hablar de sí misma. Es una mujerque reconoce sus errores, que trata de ser mejor y por eso no piensa dejar de trabajar ni de luchar por lograr sus sueños: trabajar y aprender.

No sabe cuántos años quiere vivir: “eso solo Dios” y dice que “es bueno vivir pero que se valga uno solo”. Ahora, a sus 64 años, ve asomarse la luz después de toda una vida en la que la oscuridad predominó. La vida de Mayra tuvo pocos momentos de luz y mucho menos fue color de rosa, pero hoy se pasea silenciosa entre los que construyen su nueva casa. La obtuvo gracias a una donación de la iglesia evangélica a la que asiste, los mira y les regala una sonrisa que le sale del corazón.Le pregunto de que color quiere su casa y sin pensarlo dos veces responde:“la quiero rosado-fusia”.

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