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La muerte se viste de oro

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Hace poco más de un año, una bala atravesó la nuca de Eleodoro Ramírez y le quitó la vida. Lo mataron mientras buscaba oro que le permitiera comprar comida. Lo mataron, dicen, por “sucuchero”, como nombran a quienes roban el oro de otros.

Estamos en el lugar exacto en el que eso pasó: el túnel La Fortuna en La Sierra de Abangares. Caminamos 250 metros desde la entrada hasta aquí. No hay un solo rayo de luz natural y lo único que rompe la oscuridad absoluta es la luz de un celular y un foco.

Es una estructura de paredes rocosas en la que decenas de coligalleros, como llaman a los mineros artesanales, abren huecos en la tierra para encontrar el oro escondido.

De repente uno de los coligalleros comienza a recorrer el túnel desde afuera hasta lo más profundo y a cada colega que se topa le dice que están a punto de explotar dinamita. Cada uno decide si se queda o sale, porque quedarse aquí durante una detonación es para ellos una opción. Nosotros, por supuesto, iniciamos nuestra ruta hacia la salida.

Algunas partes del túnel La Fortuna son tan reducidas que es necesario agacharse para poder caminar. En otras, el techo está tan alto que incluso con un foco es imposible encontrarlo. Foto por César Arroyo.

Esquivamos los picos rocosos de las paredes, las montañas de sacos acumualados a los costados y los múltiples profundos huecos en la tierra. Nos topamos con entradas con portones y candados, y con varias bicicletas destartaladas que usan para trasladar el material. A lo largo de varios metros nuestros pies se sumergen en un agua café que a veces llega a los tobillos y a veces a las rodillas. Logramos salir.

Afuera de este y la mayoría de túneles y pozos hay asientos y repuestos de carros, troncos de árboles, tierra y piedra amontonada. En uno de los sillones abandonados, nos topamos a dos muchachos que descansan tras la jornada de la mañana.

—¿Por qué se metieron en la minería?— preguntamos.

—Porque no hay trabajo— contesta Alonso, quien dice tener 22 años, aunque aparenta más.

—¿Irse no es una opción?

—Cuesta. Cuesta encontrar trabajo. Si yo pudiera trabajar en otro lado, no trabajaría en esto, porque aquí es la muerte— nos dice serio, apretando la quijada.

Y después de un silencio, Alonso sentencia:

—Con solo meterse ahí, usted está para morir.

De pronto se sienten dos retumbos en la tierra y en el cuerpo. El explosivo con el que intentan hacer más profundo el campo de trabajo ha dinamitado.

“No cualquiera se atreve a entrar ahí”, nos dicen. Pero ellos lo hacen como si fuera algo cotidiano, como si sus vidas valieran menos que las nuestras.

Albino, de 29 años, y Alonso, de 22, descansan en unos asientos abandonados afuera del túnel minero La Fortuna, en La Sierra de Abangares. Foto por César Arroyo.

***

Son las 5:30 a. m. de un jueves, el primer día del mes de febrero, y al pie del monumento de los mineros, en Las Juntas de Abangares, hay decenas de hombres sentados. Esperan carros particulares o camiones de carga, pequeños y viejos, que les hagan ride a las montañas de este cantón guanacasteco. Van en busca de oro.

Quienes pasan por aquí no prestan demasiada atención a esta escena; les es cotidiana. Pero al fotógrafo y a mí nos impacta ver tantos hombres aglomerados, a esta hora temprana, vistiendo una camiseta sucia, pantalones o shorts, medias a la altura de la rodilla y botas de hule o zapatos tipo burro.

Las montañas a las que se dirigen estos coligalleros están llenas de túneles y pozos subterráneos. Ahí, a diario, ellos y cientos más exponen su vida para encontrar oro.

Diego (en el centro) espera junto a otros dos mineros a que pase la persona que lo lleva al distrito de La Sierra. Foto por César Arroyo.

Es el trabajo que desde hace más de un siglo sustenta a muchas familias en Abangares. En la mayor parte de ese siglo, empresas extranjeras explotaron tanto a las minas como a los mineros. Cuando el precio mundial del oro se desplomó, las compañías se fueron y los territorios quedaron abandonados. La última de ellas salió de allí hace unos 20 años.

La gran mayoría de quienes están en el monumento esquiva cualquier pregunta porque su trabajo está rodeado de irregularidades: usan materiales ilegales como mercurio y dinamita, entran en terrenos prohibidos y explotan las minas sin permisos.

Uno de los pocos que accede a hablarnos es Diego, un muchacho de 27 años, risueño, con un brazo tatuado. Nos dice que su moto está dañada y que por eso hoy es uno más del montón que esperan aquí.

En este ambiente lleno de miradas incómodas, sentimos que Diego es nuestra única puerta de entrada para ser testigos de la minería en Abangares.

Mientras hablamos con él, aparece quien lo traslada a su lugar de trabajo, en el distrito de La Sierra, ubicado a unos cinco kilómetros de aquí. Le decimos que queremos acompañarlo y nos da indicaciones poco precisas mientras aborda el carro apresuradamente.

***

Luego de una búsqueda por los trillos pedregosos de los cerros de La Sierra, llegamos a un rancho de perlin y latas de zinc, que en algunas partes tiene unos sacos encima para que no se lo lleve el viento. Diego y seis hombres más están aquí: Juan, Taquito, Nino, Beni, Rodolfo y Kike.

En la minería, algunos como Diego son peones y otros, como Kike, son jefes. Lo que los distingue es que los patrones tienen más poder adquisitivo. En sus casas u otros terrenos tienen rastras, las máquinas construidas con piezas de carros en las que procesan el material para extraer el oro. Como eso les genera un ingreso adicional, contratan a peones para que vayan en busca del oro.

En los perlin del rancho, los trabajadores guindan los bolsos en los que traen una botella con agua y un traste con su comida, que usualmente funciona como mitad desayuno, mitad almuerzo. Aquí todo se consume a la temperatura que dicte el ambiente porque no hay ni dónde calentarla, ni dónde obtener agua fresca y potable. En los mismos bolsos andan explosivos y otros suplementos para hacer detonaciones.

Los siete hombres están alrededor de un pozo de 50 metros de profundidad y de un metro de diámetro del que sale humo: acaban de explotar dinamita. Desde hace seis meses buscan y extraen oro en este mismo hueco.

“La dinamita es ilegal, igual que el mercurio, pero siempre se consigue y en abundancia. Uno va conociendo los contactos que le ayudan”, nos dice Juan, uno de ellos.

Las autoridades están enteradas de la venta clandestina del mercurio y la dinamita pero, en palabras de la alcaldesa de Abangares, Anabelle Matarrita, se hace sin control alguno porque nadie, ni ella, sabe quién es el responsable de regular esa compra y venta.

Los coligalleros explotan dinamita —y consecuentemente agravan la estabilidad de la tierra— porque el material con buen cantidad de oro es cada vez más difícil de encontrar.

Javier prepara la dinamita para detonar el pozo que él y cuatro compañeros más han estado trabajando. En los bolsos en los que andan sus almuerzos, los coligalleros también andan los explosivos. Foto por César Arroyo.

El que se encarga de esa función desciende a lo más profundo del pozo y, luego de encender la mecha, inicia una carrera contra la muerte. Trepa por una escalera de varilla de construcción, que tiene unos peldaños rotos. Con un paso erróneo, cualquiera sería víctima de una caída libre hacia la explosión.

“Hubo bastante tiempo para salir”, nos dice Juan. Y Kike agrega enseguida: “Bastante tiempo son como dos minutos”, y se echa una risa que rápidamente borra para darle paso a una mirada seria. “Hace como 15 años, un muchacho dio fuego y no se sabe qué pasó, se le reventó la escalera y se cayó”.

El hombre murió como mueren aquí por explosivos, por balas, por piedras sueltas o por un deslizamiento que los entierre. Es lo normal, dicen ellos. Y esas muertes nadie más que ellos y sus familias las notan.

Entre la conversación, nos mencionan que, a excepción de Diego, ninguno paga un seguro que le garantice una atención médica o una pensión para el futuro.

—Uno no le hace mente a eso del pago de seguro. Si uno le hiciera mente se da cuenta de que sí es importante— dice Nino. A veces pareciera que estos hombres toman consciencia de lo que implica su trabajo solo cuando alguien externo les pregunta sobre lo que hacen.

—Yo pago un seguro voluntario porque tengo un niño en camino, dos más, la doña y la abuela de la doña— cuenta Diego.

Lo que pasa es que en la minería, al menos para los peones, el dinero nunca es suficiente como para pensar más allá de las necesidades básicas diarias. Cada uno de ellos gana unos ¢80.000 a la semana. Y cuando alguien saca una bonanza, es decir, un material con buena cantidad de oro, la mayoría de los mineros invierten lo que se ganan en fiestas.

—¡La plata sirve para gastarla papá! Primero la familia y diay, lo que sobra es para ir a darse una vuelta— agrega Diego, que empezó a cotizar hace unos ocho meses, cuando su pareja quedó embarazada.

Juan, Kike y Taquito envían desde el fondo del pozo, 50 metros bajo tierra el material que han dinamitado. Foto por César Arroyo.

Mientras hablamos con Diego, Kike y sus compañeros, el humo se disipa. Ahora, bajan por el pozo a verificar cómo quedó después de la explosión. Nosotros los seguimos con nada más que un casco con una luz, que es, por lo general, el único armamento de los mineros.

Para cualquier persona ajena a la minería, bajar por aquí requiere más que solo voluntad. La escalera de varilla se siente frágil, se menea, y en cualquier momento puede romperse. Hay partes en las que hay que abandonar la escalera y sostenerse, con los pies y las manos, de las rocas de los costados del pozo.

Las paredes son de piedra arcillosa y húmeda, por eso  en nuestras manos queda una marca café, como de barro. Algunas están “aseguradas” con madera, sin nada más que su propia presión sobre las paredes. Los coligalleros “maderean” los muros para tener una mínima certeza —dicen ellos— de que la tierra no se desplomará. La consiguen de árboles que talan en esta misma sierra minera.

Ahora estamos con Kike y Juan en un subnivel 30 metros bajo tierra; el pozo sigue unos 20 metros más hacia abajo. Hay una luz tenue que entra por la superficie, y otras más intensas que provienen de los focos que andamos en nuestras cabezas.

Aquí las sensaciones se disparan: el aire es más pesado y respirar se siente como un esfuerzo extra del cuerpo, no como eso cotidiano que hacemos sin percatarnos.

Agachados en una especie de pasillo subterráneo, Kike nos cuenta que su papá heredó de su abuelo el gusto por la minería, y él lo heredó de su papá. Pero esa es una cadena que quiere romper para que su hijo no siga los mismos pasos.

“Yo no quiero que mi hijo entre nunca aquí —dice Kike pensativo— mientras uno pueda ayudarles a ellos [se refiere a su hijo e hija] para que estudien y no les toque esta vida, es mejor”.

Dice que él estudió dos trimestres de derecho, pero que siempre se sintió más atraído hacia la minería que hacia las leyes. En su casa, cuenta Kike, tampoco había mucho dinero para pagar los estudios suyos y de sus nueve hermanos. Todos trabajan en la minería.

A unos 30 metros de la explosión, estos mineros esperan a que el humo se disipe. Dependiendo de la cantidad de dinamita que activen, los coligalleros deciden si salen o permanecen dentro del túnel. Foto por César Arroyo.

A lo largo del pozo viaja un conducto que lleva ventilación hasta lo más profundo del hueco, donde el aire se vuelve más denso. A veces lo apagan para comunicarse a través de él. En paralelo viaja también el cableado de electricidad, porque aquí adentro y en los túneles, usan herramientas eléctricas como rotamartillos.

Después de pasar unos minutos aquí, decidimos volver arriba. La salida fue más fácil que la entrada, quizás porque nos sentíamos impulsados por las ganas de salir.

Afuera nos tachan de valientes por haber bajado. Dicen que las mujeres suelen temer más entrar a los lugares mineros. En Abangares, muchas participan en el paso final del procesamiento de oro. Por eso, el Gobierno de Costa Rica ha definido la minería como una “actividad familiar”.

***

Uno de los requisitos que deberían cumplir los mineros es estar afiliados a cooperativas. Solo así, dice la ley, puede desarrollarse la minería en Abangares, pero el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) registró, en el 2015, que 67% de ellos no cumplía con esta obligación.

Algunos de los coligalleros con los que estamos sí están asociados a Coopeoro, que tiene concesionado por el Estado este terreno donde trabajan. Otros no se asocian, y nadie resguarda el cumplimiento de este requisito. Nadie, tampoco, controla que los coligalleros vendan el oro a las cooperativas, como deberían. Ellos dicen que les sale mejor económicamente venderlo a otras personas en Las Juntas.

De las cuatro cooperativas de oro en Abangares, solo dos tienen concesiones legales para explorar las minas. No es porque las otras estén desinteresadas. De hecho, en la Dirección de Geología y Minas (DGM) del Minae hay al menos diez expedientes de solicitudes de concesiones pero, según la misma institución, “no hay áreas disponibles para ser adjudicadas”.

Los concesionarios actuales (personas físicas), a quienes antiguamente les dieron las licencias de las tierras, no quieren ceder los terrenos al Estado pese a que ya no están cumpliendo con su compromiso de extraer el mineral (pues se los impide la ley). Esto condujo al Estado a iniciar procesos legales que se llevan a cabo en los tribunales costarricenses, para recuperar las áreas concesionadas.

A los conflictos legales se suman los que ocurren entre los mismos coligalleros. Entre el 2014 y el 2015, la disputa por los territorios mineros produjo enfrentamientos entre ellos mismos. Hubo arrestos, confiscación de material extraído ilegalmente y hasta cierre de túneles.

Juan “Nica” (izquierda) y Juan Villegas (derecha) revuelven el material extraído en las minas con mercurio y decenas de litros de agua para extraer el oro. Foto por César Arroyo.

Eso desencadenó una crisis económica entre los coligalleros, por lo que el Viceministerio de la Presidencia en Asuntos Políticos y Diálogo Ciudadano intervino para articular acciones interinstitucionales que dieran una solución a los problemas, como ayudas económicas temporales del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS). Pese a ello, los conflictos y las pocas oportunidades económicas persisten.

“Aquí hay veces que uno no tiene brete fijo y uno dura hasta 22 días sin trabajar. ¡Ay, agárrese el pelo y vea a ver qué hace! Diay, tiene que ir a sucuchar”, dice Diego.

“Sucuchar”, en la jerga minera, es el acto de ingresar a los trabajos de otros mineros para robar material. Aunque entre coligalleros no hay contratos laborales, sí hay códigos internos de qué es propiedad de quién y ellos ya conocen los riesgos de “sucuchar”.***

“Ahorita va a haber un tanate raro por el mercurio, porque lo están prohibiendo a nivel internacional”, nos dice Nino, que de los mineros bajo el rancho es el que habla más de asuntos políticos y económicos de la minería.

El mercurio lo utilizan los coligalleros para separar el oro de todo el material pedregoso que extrajeron de las minas. Ellos lo tocan con sus manos y lo echan en las rastras donde nada por horas. Luego drena a la tierra y se esfuma en el aire.

Lo que dice Nino es cierto. En agosto del 2017, entró en vigor el Convenio de Minamata (firmado por Costa Rica en el 2013), un acuerdo mundial que busca reducir, e idealmente suprimir, el uso del mercurio en actividades como la minería, por considerar que es una sustancia que afecta el estómago, los pulmones, los ojos y las vías respiratorias de las personas. También daña críticamente el ambiente.

Antes de que el país entrara en ese acuerdo, los diputados de la administración 2010-2014 reformaron el Código de Minería para que en un plazo de ocho años —que se cumple en enero próximo— la DGM del Minae enseñara formas más amigables con el ambiente de procesar el oro. El gobierno no ha cumplido con su parte.

Casi finalizado el proceso, Rodolfo extrae estripa la pepita de oro para sacar el mercurio que le resta. Foto por César Arroyo.

—¿Usted no cree que se está haciendo tarde este proceso?, le pregunto.

—Sí, se dejaron pasar muchos años. Fue hasta esta administración que hubo interés por poner en orden muchas cosas, pero los recursos son muy limitados, dice Boschini, que ocupa su cargo desde hace dos años.

Luego agrega que desde la institución piensan que el cianuro es la mejor alternativa para procesar el oro. “A pesar de que es una sustancia de manejo delicado, es menos peligrosa que el mercurio”.

Con el mercurio, los mineros recuperan menos de un 40% del oro total en el material, mientras que con el cianuro pueden llegar a recuperar hasta un 90%. Pero para hacer procesos de cianuración se requiere equipo muy especializado y costoso, que difícilmente las cooperativas pueden adquirir.

—Ellos están tratando de hacer un consorcio para ver si ponen una planta grande de cianuración. Si ellos siguen con ese espíritu, ese interés de unirse para tener una sola planta, sí sería exitoso, dice Boschini.

—¿Es realista pensar que el próximo año van a cambiar la técnica?

—Todo depende del capital que tengan.

La Sierra está llena de escenarios como este, con rastras y piletas naturales en las que drena el agua contaminada con mercurio. Foto por César Arroyo.

***

Kike vive cerca del pozo en el que trabaja, literalmente sobre la tierra en la que su abuelo y su papá buscaron oro. Vive con su esposa, Cindy, y sus hijos Brauny y Yubelky.

—¿Y qué quiere ser usted cuando sea grande, Brauny?, le pregunto.

—¡Entrar a las minas!, dice con una sonrisa de ilusión.

Sus papás se ríen a medias, pero Kike interviene:

—¿Qué era lo que quería hacer usted?, le dice como intentando recordar una conversación antigua.

Y Brauny cambia de opinión.

—Doctor, doctor. Voy a ser doctor.

La minería es una práctica que los abangareños aprenden desde muy jóvenes. En nuestro recorrido por las minas vimos al menos cuatro adolescentes de unos 15 años. Quienes nacen en los distritos de Las Juntas y La Sierra están prácticamente destinados a ser mineros; la ganadería, la agricultura, el comercio y el turismo son actividades secundarias.

En los otros dos distritos que conforman Abangares, San Juan y Colorado, se practica más la pesca y la industria cementera.

Por eso no es extraño que Brauny vea como una posibilidad la minería. Tiene 10 años y ya le ayuda a su papá en el procesamiento del oro.

—Ellos pueden estudiar, pero es muy difícil que no sigan los pasos de uno. Siempre van a llegar ahí. Pero diay, la idea es que lleguen a tener un trabajo diferente.

Mientras Kike nos dice eso, Brauny sostiene con una mano un traste con agua y, con la otra, hace funcionar su juguete favorito: la rastra en miniatura que su papá le construyó. Desde ya, Brauny intenta burlar las intenciones de su papá de cambiar su destino, el destino de la mayoría de hombres en Abangares.

Kike no quiere que Brauny llegue a ser minero, pero a veces lo deja que le ayude con tareas pequeñas de la minería. Incluso, le construyó una rastra miniatura para que juegue a que procesa material. Foto por César Arroyo.

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