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La vida a oscuras: Cómo es vivir sin electricidad en el Siglo XXI

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Cargar el teléfono celular. Encender la luz si la casa está a oscuras. Poner el ventilador cuando el calor azota. El 99,32% de la población guanacasteca con cobertura eléctrica, practica un ritual similar a diario y sin darse cuenta. Por inercia. Pero cuando se vive dentro del porcentaje restante, las tareas diarias pueden volverse más complejas.

Como Elizabeth Avilés, que se levanta a las 5 a. m. para ir al colegio sin más alarma que su reloj biológico. Tiene 13 años y asiste al Colegio Técnico Profesional de Corralillo, a pocos minutos de su casa en San Antonio de Nicoya.

María Avilés, su mamá, lo hace un poco antes para prepararle el desayuno. Se ilumina con un foco desde el cuarto hasta la cocina, donde enciende el fogón con la leña que Luis, su pareja, sale a recoger al monte todos los días. El rancho en el que viven está hecho de madera y latas ennegrecidas por el humo.

María Jeanette Avilés Gutiérrez, de 52 años, se levanta todos los días a las 5 a. m. para encender el fogón y preparar el desayuno para su hija Elizabeth.

Según el último informe del índice de cobertura eléctrica que realiza el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) en el 2017, hay unas 633 casas (2.575 personas) en todo Guanacaste sin este servicio.

El cargador del foco que utilizan para iluminarse durante la noche, cuelga de un tendedero de ropa en la sala de la casa.

Cuando Elizabeth termina su café con gallo pinto, se despide de su mamá y camina de prisa para alcanzar el bus de las 6:20 a. m. Mientras su hija estudia, María aprovecha para realizar labores domésticas, como lavar la ropa a mano en una pila de cemento enjaulada entre tablas de madera, al fondo del rancho. O rociar agua sobre el piso de tierra para que no se levante mucho polvo. O caminar unos pocos metros a casa de una vecina con su colección de focos eléctricos para poder recargarlos.

Si compró carne, que no es muy a menudo, aprovecha el viaje para refrigerarla en la casa de la vecina.

“Me hace falta, sí, [la electricidad] no tanto por mí sino por la niña”, dice María con resignación, sentada en un tronco frente a su rancho, por donde cruzan chanchos y gallinas.

La luz que se cuela entre las tablas y puertas recorta la silueta de los sillones empolvados y gallinas que caminan dentro de la casa.

Fuera luces

Hace varios años, antes de que Elizabeth naciera, María consiguió un trabajo cuidando unos adultos mayores en Nicoya y se fue a vivir allá. Mientras tanto, siguió pagando el mínimo de agua y luz de su rancho para que no le cortaran el servicio.

“Y cuando regresé ya no tenía la luz. Desde entonces no tengo, pero ya uno se acostumbra”, explica apacible, y agrega que el terreno donde vive no es suyo, que le pertenece a la mamá de su exesposo. “Ellos [la familia de su exesposo] hicieron una carta, fueron a la cooperativa, luego vinieron y me la cortaron”. Aún se sorprende de que no la hayan echado de ese rancho que comparte con Luis y Elizabeth.

Al completar las tareas del colegio, Elizabeth, de 13 años, camina una cuadra hasta la casa de su vecina a mirar televisión.

Aunque nunca ha sabido cómo es tener luz en la casa, Elizabeth es una niña que lleva una vida en apariencia igual a cualquiera de su edad. Es risueña pero introvertida, baila música típica y popular, juega fútbol, dibuja, y escribe cuentos de princesas cuando tiene tiempo. Al llegar a casa, al final de la tarde, se apura con sus obligaciones mientras haya luz de día. Si no le da tiempo, va a casa de su vecina. Allí estudia cuando tiene exámenes o se sienta a ver televisión.

Durante la noche, María utiliza focos recargables para iluminar la casa y terminar de hacer tareas domésticas, como preparar la cena.

“Ella es muy puntual con sus tareas y los trabajos que le dejan”, asegura su mamá, orgullosa. Después de que se disipan los últimos rayos de luz y Elizabeth termina de estudiar, vuelve a casa y deja todo listo para acostarse a dormir a las 7:30 p. m.

La lista de tareas que necesitan electricidad podrían ser interminables para cualquiera, pero para Elizabeth se resumen fácil: “La luz es importante para hacer las tareas y estudiar, para ver tele, y para que mami se alumbre cuando esté cocinando. Solo eso”.

El celular para Elizabeth es una herramienta imprescindible. Lo usa para hablar con María durante el almuerzo, hacer trabajos y hablar con sus amigas. Cada noche, mientras ve televisión donde su vecina, aprovecha para cargarlo.

 

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