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La vida en la cárcel de los jardines

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Bajo la sombra de un árbol de guayabo, el privado de libertad Rodrigo Jiménez se sienta en un balde de plástico volcado y me cuenta que hace 30 años decidió hacerse paisajista.

Son las 9 a. m. de un martes de agosto en el Centro de Atención Institucional (CAI) de Liberia, conocido como la cárcel Calle Real. Estamos al aire libre, en medio de un amplio jardín trabajado por él y sus ayudantes.

Sentado aquí, lo único que me recuerda que la libertad está al otro lado es la malla perimetral y el alambre de navaja. Las imágenes de hacinamiento que muestran los noticieros sobre otras cárceles del país no se replican aquí, sino que se contradicen.

El Centro de Atención Institucional (CAI) de Liberia es conocido como la cárcel Calle Real y se ubica en el centro del cantón guanacasteco.

De hecho, esta es la tercera cárcel menos hacinada de Costa Rica, con menos de un 6% de sobrepoblación. Eso se nota: por donde camino veo calles asfaltadas, zonas verdes con heliconias, palmeras, árboles frutales y rosas.

¿Qué pasó aquí?, le pregunto a José Mario Coronado, director del centro penal, quien en setiembre llega a los 33 años en el cargo (es, de hecho, el encargado de centros penales de Centroamérica con más años consecutivos laborados).  

Su respuesta es concisa, pero encierra un mundo: “Humanizamos los espacios”, dice.

Fue él quien le propuso a Rodrigo Jiménez que desarrollara un proyecto de áreas verdes en el centro, una propuesta que coincide con la filosofía de la cárcel.

Aquí, aunque hay módulos carcelarios de máxima seguridad, como los D1 y D2 para los reos más peligrosos, la práctica común es dejar que sus más de 900 habitantes hagan deporte, agricultura, artesanías –incluso con herramientas punzocortantes- y sigan estudiando, siempre con la luz del sol como compañera.

Paisaje por cárcel

Detrás de este alambre de navaja hay una historia de dolor que los labios de Rodrigo Jiménez prefieren no contar, pero que dejó al menos una víctima con la vida dañada. Hoy está pagando las consecuencias, pero al mismo tiempo le alegra el camino a cientos de privados de libertad.  

Jiménez lleva 16 meses en la cárcel, es paisajista de profesión y todos los jardines de esta prisión llevan su sello impreso.

“Cuando don José Mario me planteó el proyecto hice un diseño con planos de los espacios a trabajar con viveros. Luego enseñamos a los demás compañeros a podar, a sacar injertos. Les dimos formación técnica en el manejo de los jardines”.

Su trabajo en el centro requirió medir paso a paso cada una de las calles y los espacios donde irían colocadas las plantas. Luego, diseñó los planos, seleccionó la tierra, las plantas y comenzó a producir.

En este tiempo, ha plantado 35 jardines en 12 sectores de la cárcel y un vivero en el que los reos le venden plantas a los visitantes, con precios entre los ¢500 y los ¢1.000, dinero que ellos se dejan para sus gastos dentro de la cárcel (aquí hay pulperías).

Es un trabajo que lo ha hecho crecer como profesional, asegura él, pero también le ha ejercitado la humildad. Antes de quedar preso estaba acostumbrado a mandar en su empresa, a ser el jefe.

“Tenía más de 30 años de no tocar una pala”, cuenta. Ahora tiene que palear como todos los demás.

No todo es libertad. Mientras Jiménez nos cuenta su historia, Roger López, el jefe de seguridad del centro, lo vigila de cerca. Más tarde, él me contará la diferencia entre el estrés y la tensión que vivió en otros centros penitenciarios y la calma que siente en Calle Real.

“Hace unos meses trabajé en La Reforma y allá el ambiente es muy tenso. Los privados y los policías viven muy estresados y eso genera muchos roces y malentendidos. Acá es otra cosa”, cuenta López.

Jardines de exportación

El trabajo de Jiménez no pasa desapercibido en el país. José Mario Coronado contó que otros directores de centros penales del país también quieren apostarle al paisajismo para humanizar sus espacios.

Coronado, quien se considera un promotor de la humanización en las cárceles y es asesor del Ministerio de Justicia y Paz, tiene un proyecto para llevar esta filosofía a todas las cárceles del país.

Su plan es llevar al paisajista al CAI en San Rafael de Alajuela y al Centro Semi Institucional de Liberia para que capacite a otros privados de libertad y emprenda diseños similares en jardines con plantas nativas. Su aspiración es que los presos no salgan de los centros penitenciarios “con mañas peores”, sino con una vida nueva por delante.

A las 12 p. m. vuelvo a encontrar a Jiménez, acompañado por cinco frentes brillantes más, llenas de sudor por el esfuerzo en los jardines.

El paisajismo no sólo modificó las características visibles y físicas del CAI de Liberia, también les dio un sentido distinto a sus vidas, según cuentan ellos mismos, y se convirtió en un incentivo para mejorar su comportamiento en el penal. Las penas así son más llevaderas.

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