Turismo

Las peñas de Tamarindo

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Mayra Obando saca su cabeza gris a la calle un mediodía incandescente y se abanica con la mano. “¡Ufa!”, se queja en voz baja tras el paso de cinco turistas con poca ropa y un culito de marihuana encendido.

Este callejón de lastre sobre el que se ubica su casa es una arteria rebelde que logra escaparse del centro de Tamarindo de puro milagro, gracias a una bendita estrechez por la que apenas si cabe un carro, y a una dirección casi imposible: “de la rotonda, ahí hay un callejoncito y por ahí es. No por Fiesta del Mar sino por el otro lado”.

Quien haya vivido en Tamarindo unos años sabe que la historia de algunos de los pocos pobladores originarios que le quedan a la playa está bien atrincherada aquí, entre estos muros y estas mallas, donde viven doña Mayra y su familia.

“Antes Tamarindo era bonito. Ahora todo es feo”, dice ella, una de las personas que han sido declaradas pobladoras de los 200 metros de zona marítimo terrestre (ZMT) de Tamarindo, por lo que tiene una concesión sobre su terreno y un permiso de trabajo con el que puso, junto con su nuera, un restaurante.

Esta es Mayra cuando era joven y en Tamarindo no había más que troncos para sentarse en la playa.

 

“Ya no voy pero ni a la playa”, agrega ella, con dosis iguales de aburrimiento y resignación y luego responde a cualquier “¿por qué?” nuestro con un loop de “no sé”. Acepta, eso sí, que vive aquí a fuerza de costumbre porque ¿para dónde se va a ir?

Sin embargo, casi sin saberlo, forma parte de una pequeña resistencia. En este tumulto de gringos despellejados y sombrillas a 20.000 la hora en el que se ha convertido el hermoso Tamarindo de antaño, hay un puñado de sesentones originarios de la zona que al parecer se cuentan con los dedos de la mano y que resisten los embates de la extranjerización de su playa como una peña en el mar: estando allí.

Los originales

“Álvaro Padilla es el del súper Las Palmas, Rodrigo Brenes, doña Gladys Rojas después llegó con el tiempo, Luis Guevara, Carlos German también… y más para allá estaban Jorge Armijo… Eran como seis, siete casitas”.

Istberto (Beto) Jiménez es dueño, junto a su esposa, de las cabinas Rodamar, en Tamarindo.

 

Beto Jiménez nació en Villarreal pero vive en Tamarindo desde que se casó, hace 45 años, cuando la electricidad no había llegado “ni a Santa Cruz”, dice él.

Su memoria está ilustrada con relatos del tiempo en que trabajaba manejando una vagoneta para “el proyecto” en el que abrieron caminos y trajeron la electricidad a la playa.

“Vino un señor, míster William y compró un montón de terrenos para hacer la carretera. Tamarindo antes era hasta ahí, hasta la rotonda. Él me contaba que en Guatemala él había hecho un proyecto así, pero aquí no tuvo suerte. Tamarindo se fue poblando muy lento”, rememora.

“Tendría unos 25 o 30 años cuando eso y mi tata me dijo: ‘si quiere vivir en Tamarindo, este es su pedazo’. Y me lo marcó. Él y mis tíos eran dueños de todo esto. 80 hectáreas para allá y 80 para allá”, agrega mientras se toca la barriga que le enrolla la camisa por encima del ombligo.  

De esos terrenos, solo 5.000 metros cuadrados sobreviven en sus manos, en calidad de administradores porque están dentro de los 200 metros de la ZMT y con unas cabinas que su esposa, doña Rosa Argentina Valerín, insiste en mantener. “El resto lo vendieron mis hermanos. Todos le vendieron a Williams”, dice.

Por el empeño de su mujer es que don Beto no ha querido vender en todos estos años. “Por mí yo vendo, pero ella no quiere. Y cómo voy yo a venir a quitarle esto, ¿ah?”.

Ganas no le faltan. Todos los viernes, don Beto y doña Rosa se van a dormir a una casa que tienen en Santa Rosa porque en todo lado hacen bailes, pero los viernes “es una cosa insoportable” y ellos ya no están para aguantar, entonces dejan al guarda a cargo y se van a vivir la vida que tendrían si no fueran una peña, si no siguieran resistiendo.

Su terreno le saca las babas a cualquier corredor de bienes raíces. “Me han dicho que vale $7 millones. Si alguien me da eso, yo sí vendo”. Ni tonto que fuera.

Por ahora, todo parece indicar que él resiste bien la tentación. Al fondo de las cabinas, que son como una trinchera de los ataques festivos nocturnos de sus vecinos, hay una hamaca guindada de un árbol de mango y otro de nancite donde se disipa el calor y parece, otra vez, el Tamarindo de hace 45 años.

No es que hace años fuera fácil la vida aquí. Antes de los setentas, cuando el holandés Luis Medaglia y los dueños de los buses Alfaro se unieron para construir el Tamarindo Diriá, no había carretera y la gente tenía que ir a pie o caballo hasta Villareal, a 5 km, a tomar algún otro transporte o ir a la escuela y al colegio.

Pero a don Beto, como a doña Mayra, le gustaba ese Tamarindo así como estaba. Agarrar el caballo, ordeñar las vacas, ver al marido salir a pescar, tener más árboles para espantar al calor… Les gustaba así, invisible.

Y tampoco es que ahora sea fácil, se quejan doña Mayra y su nuera, Eline. Aquí no hay escuela para los niños del pueblo porque “los ricos” tienen sus escuelas privadas. Los espacios públicos desaparecieron casi por completo del mapa, la falta de planificación ahogó a las fuentes de agua y es más fácil verle la nalga a un turista descuidado que una tortuga Baula desovando, a pesar de ser su hábitat natural.  “Ahora todo es feo”, dice doña Mayra. Pero ella no se va. Las peñas no se mueven.

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