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Los vientos del Golfo de Nicoya impulsarán un barco de madera cero emisiones

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Hace algunos años tuve la oportunidad de entrevistar a varios adultos mayores de más cien años de la península de Nicoya, y me sorprendió que en varios de sus relatos describieron un golfo surcado por embarcaciones de vela, pequeñas naves que a veces bajaban por los ríos y realizaban comercio entre las islas.

La imagen parece cosa del pasado, pero no, en la asociación sin fines de lucro Astillero Verde las técnicas de construcción y navegación tradicional de barcos permanecen vivas.

Astillero Verde se localiza en Punta Morales, a la entrada del Golfo de Nicoya. Aquí Sail Cargo construye el Ceiba, un velero de madera cero emisiones para el transporte de carga marítima.

El Ceiba tendrá 45 metros de largo y tres mástiles con una altura estimada de 35 metros sobre cubierta, pero su característica más particular es que será construido con técnicas tradicionales. Además, albergará en sus entrañas un motor eléctrico, que le permitirá realizar maniobras de atraque o ponerse en marcha cuando las fuerzas del viento no le permitan navegar solo con las velas.

Se trata de una fusión entre la técnica tradicional y el avance tecnológico.

Hablar de navegación a vela para el transporte de mercancías parece un anacronismo, más aún si hablamos de un barco construido de madera.

Es posible comprender las bondades de la propulsión por el viento, pero siempre nos queda la pregunta: ¿por qué construir el barco de madera? La respuesta está asociada a los efectos del transporte de contenedores y la dinámica de la economía global.

Lynx Guimond, fundador de Sail Cargo, en lo alto de la estructura de popa. Foto: José Pablo Porras

La industria marítima produce una alta huella de carbono, los grandes barcos no solo generan emisiones sino que también dejan residuos en el mar.  Solo su fabricación en acero tiene un profundo impacto ambiental, si tomamos en cuenta que la vida útil de los grandes barcos de este material es de apenas unas decenas de años. 

Luego, van a morir a grandes cementerios de barcos, donde son desguazados, es decir, desmantelados.  Este proceso genera más contaminación y dinámicas de explotación laboral en los países donde son recibidos.

La fibra de vidrio con la que las pequeñas embarcaciones son fabricadas tampoco es inocua, con el paso del tiempo se desgasta y deja micro residuos en el agua.

Así, construir en madera con un plan de reforestación es una forma de reducir drásticamente el impacto de las embarcaciones, que además pueden llegar a tener una vida útil de más de cien años con el mantenimiento adecuado.

Ahora bien, la capacidad de carga de un velero nunca igualará a los grandes barcos de transporte. Sin embargo, el director de estrategia corporativa de Sail Cargo, John Porras, asegura que no se trata sólo de plantear una forma diferente de transporte. También promueve un consumo diferente, que toma conciencia sobre los costos medioambientales y sociales de las cosas que compramos, en sus propias palabras:

El Ceiba está llamado a atender mercados que no tienen espacio en la dinámica del transporte marítimo a gran escala,  [como son los] pequeños productores, productores carbono neutral, comercio justo”.

En Astillero Verde no existen diferencias de género para el trabajo. Aquí el equipo se prepara para levantar una de las costillas del barco. Foto: José Pablo Porras
Logan McManus creció en Costa Rica y trabajó en construcción de barcos en Holanda. Asegura que las técnicas son las mismas, lo que cambia es la escala del velero. Foto: José Pablo Porras
Asma Arbaoui es marinera profesional, su papel principal en la construcción estará relacionado con la estructura de velas y mástiles. Foto: José Pablo Porras

Estos mercados pequeños pueden beneficiarse del transporte de mercancías en volúmenes menores, que no son rentables para los grandes buques. 

Un barco como el Ceiba puede llegar a puertos pequeños y participar de la economía de comunidades costeras, que históricamente han sido abandonadas por los gobiernos centrales en toda Centroamérica.

Esto no es simplemente un beneficio colateral de la navegación a vela, forma parte de la filosofía detrás del proyecto y es el objetivo que persigue Astillero Verde, más allá de la construcción de barcos.

Una “escuela” en la orilla

El Ceiba es la parte más llamativa de un proyecto que tiene muchos encadenamientos, Astillero Verde es quien está directamente vinculado con las comunidades del Golfo de Nicoya.

La idea es que Astillero Verde se convierta en un centro de aprendizaje, desde donde se pueda impulsar la construcción no solo de barcos para diferentes usos, si no también la navegación a vela», agrega John Porras. 

El equipo constructor está liderado por extranjeros, de países con tradición en navegación y construcción de veleros, pero con el paso del tiempo se han integrado más trabajadores de la comunidad de Punta Morales, movidos ante todo por el deseo de aprender.

Misael Ledezma ajusta una de las piezas de madera a la estructura de costillas. Se utiliza vapor para suavizar la madera y poder darle forma al casco. Foto: José Pablo Porras
La construcción del Ceiba es un trabajo en equipo. El montaje de las grandes piezas de madera requiere la participación de todas las manos disponibles. Foto: José Pablo Porras

En este momento hay 16 costarricenses trabajando en el astillero, además de contar con la colaboración de un par de asociaciones de mujeres de la zona.

Francisco García y Yamileth Espino son ejemplo de esto, él vino a trabajar como soldador y ella en limpieza; ahora ambos están en el aserradero. Yamileth, por su parte, se ha interesado en aprender más sobre la construcción de barcos.  En mi última visita al Astillero, supe que la están formando junto a otros “aprendices” en las técnicas avanzadas de construcción de botes.

La pandemia también trajo nuevas personas por acá, trabajaban en canopys o como asistentes en investigaciones que se llevan a cabo en las copas de los árboles, pero se han movilizado desde las zonas altas a la costa para encontrar empleo en el astillero.

Nicolás Trochon viene de Francia, trabaja en la parte alta del casco, es el responsable de los detalles estructurales de la proa del barco. Foto: José Pablo Porras

¿Podría Astillero Verde convertirse en el motor de una economía más estable en la zona?  Faltan datos para responder algo así, pero es posible imaginar los posibles alcances de una disrupción de este tipo en nuestros pueblos costeros. No solo se trata de generación de empleos, es también el posible efecto en la identidad, y la relación que nuestra sociedad ha establecido con sus litorales. 

El golfo surcado por embarcaciones de vela

La construcción del Ceiba me hace pensar el extraño papel que juega la costa en la identidad costarricense.

Por una parte, nuestro escudo nacional hace alarde de nuestra situación entre dos océanos, y por otra, como me hizo ver el escritor Fabian Coto, la literatura costarricense prácticamente ignora las costas hasta mediados del siglo XX. El relato de la identidad nacional se construye alrededor del labriego atrapado entre montañas.

Esta contradicción perdura hasta la actualidad. Más de la mitad de la población se concentra en el Valle Central, la costa se ve como un lugar exótico que es visitado durante las vacaciones o los fines de semana. El hecho de pensar que nuestras aguas territoriales son once veces más extensas que nuestra superficie terrestre da vértigo, porque no sabemos qué hacer con ellas.

En la Biblioteca Nacional es posible encontrar un documento de 1892, Estudios del Golfo de Nicoya, de la Bahía del Cocos y del Golfo de Culebra, un informe realizado por Eliseo P. Fradín, capitán de la Marina Francesa, quien concluye: 

“Geográficamente, el Golfo de Nicoya puede rivalizar con los más bellos puertos del mundo; y Costa Rica puede considerar esta parte de su territorio como una de las más ricas joyas de su corona”. 

La proa del Ceiba bajo las estrellas. Es inevitable no pensar en otras épocas, cuando la navegación dependía de las estrellas. Foto: José Pablo Porras

El mundo ha cambiado desde la redacción de ese estudio, pero no las condiciones de lo que hoy se conoce como turismo náutico, que se desarrolla exitosamente en otras partes del mundo y va desde pequeños cruceros, hasta el alquiler de barcos para la navegación recreativa.

A veces, cuando miro el golfo desde las montañas de la Sierra de Tilarán, trato de imaginar cómo se vería surcado por embarcaciones de vela en todas direcciones. Si me concentro suficiente, percibo el sabor de la sal en el aire, y el viento me trae voces desde tierra.  Cuando salgo de la fantasía, sólo contemplo el golfo vacío.

No es difícil soñar un desarrollo diferente de nuestras costas, el reto está en superar las barreras políticas que han profundizado la desigualdad entre el centro del país y la periferia.

Cuando comencé a seguir el tema de la construcción del barco, le pregunté a Danielle Dodget, directora de Sail Cargo y capitán del Ceiba, sobre sus motivaciones personales:

Cuando estás trabajando en un barco que se mueve solo con el viento, es muy impresionante. Ver a la gente aprender esto por primera vez, y experimentarlo, izar las velas juntos, es maravilloso, verlos experimentar el océano de otra manera”.

José Pablo Porras Monge (JP Monge)

Fotógrafo, director de cine documental y escritor radicado en La Sierra de Abangares.

www.jpmonge.net

Si te interesa leer una crónica más personal, y ver más fotografías sobre la construcción del Ceiba y la vida cotidiana en Astillero Verde, podes visitar:

ImágenesHumanas.com

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