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Monta rústica: tradición y vicio

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Apostar la vida sobre media tonelada de toro furioso requiere práctica. En el caso de Dylan Rodríguez, integrante de Los Bajureños, eso sucede en el patio de su abuela, sobre un estañón oxidado, bajo el árbol de carambolas que está al lado de la letrina.

Los Bajureños es un grupo de jóvenes que continúa una tradición en Santa Cruz que, según ellos, ya llevan en la sangre: la monta rústica de toros.

Dylan, de 18 años, empezó su camino en el mundo de las montaderas a edad de kínder, dice su mamá, Mirna. “Cuando estaba así yo me oponía, pero, ¿qué voy a hacer? El papá siempre ha montado toros”, dice.

El padre de Dylan, don Wálter, es el fundador y maestro de los casi 40 muchachos que se atreven a aprender la monta rústica en Los Bajureños, con edades entre los 16 y 20 años.

El montador rústico es aquel atrevido que accede a aferrarse con las dos manos a un “pretal” de media vuelta de cabuya y con un par de espuelas corredizas inmovilizadas por una correa de cuero, sobre un toro.

En esencia, la monta rústica es un arte de la escasez: escasez de cascos y de chalecos, sobre todo. Aún así, son pocos los redondeles que todavía permiten que los montadores se lancen totalmente desprotegidos.

Esta no es una práctica que se haga por dinero. En promedio, quienes organizan las montaderas pagan entre ¢10.000 y ¢15.000 por cada “sentada” y el monto se duplica en fines de semana.

Para estos jóvenes montadores, los toros son un vicio.

Es un vicio porque dejarlo cuesta mucho. Uno lo trae desde niño: mi papá fue montador y mi abuelo también”, explica Kevin “Pato” Contreras, de 19 años y con un hijo de un año y medio de edad, Ian.

Los redondeles parecen ser el ojo del huracán de las fiestas en Guanacaste. Familias enteras abarrotan los tablados para ver a los muchachos que intentan domar a los toros y a la tradición.

—¿Se siente distinto montar en Guanacaste?

“Claro. Es que la gente ya conoce el ambiente”, responde Pato. “Afuera, no saben muy bien el estilo. Aquí, a uno lo conocen, los carajillos le preguntan a uno qué toro nos toca”.

“Viera, yo intenté dejar los toros cuando ella [su novia, Jeimy] quedó embarazada. Duré diez meses sin montar pero no pude; el ambiente de fiestas hace que uno se alborote. Como que lo jala a uno”, añade Pato.

Excepto por la presencia de equipo profesional de protección, en la monta rústica se preservan y se repiten escenas que fácilmente pudieron encontrarse hace un siglo en los tablados guanacastecos. Por esa razón es que estas fotografías, capturadas en diciembre del 2016, son a blanco y negro.

En la monta rústica, el riesgo es tradición.

 

Dylan Rodríguez dejó sus estudios durante el primer cuatrimestre del 2017 para entrenar en el barril y enfocarse en la temporada de monta.


En la casa de su madre, Dylan Rodríguez ve la repetición de las montaderas del día anterior en Arado de Santa Cruz.
Dylan espera la apertura del redondel de Arado con su novia, Carolina. La hija de ella, Monserrat, es cargada por otro muchacho de Los Bajureños.
Sin lujos de camerino, los montadores se visten donde sea. La ropa es simple y suele estar sucia; Dylan dice que no lava los pantalones que usa para las montas como agüizote.
Isaías Arrieta reza antes de que se rifen los toros que se montaron esa noche en Belén. Los jurados no permitieron que Isaías montara porque no presentó su cédula para demostrar mayoría de edad.
Pato Contreras, oriundo de Belén de Carrillo, fue recibido con aplausos en las fiestas de final de año de esa comunidad.
Pato (segundo a la derecha) no escondió su preocupación cuando supo que montaría al Chutil, de Hacienda Santa María. “Ahora, montar me da más miedo, porque hay que pensar que uno tiene familia y todo”, dijo.
Oración grupal de Los Bajureños, previa a las montaderas de la noche en Belén, Carrillo.
Jinetes salen del redondel después de que se hiciera la rifa de toros y montadores en Belén, Carrillo.
Walter Rodríguez, líder de Los Bajureños, ajusta las espuelas de su hijo, Dylan, previo a una montadera en Belén de Carrillo.
Kevin “Pato” Contreras llevó a su hijo, Ian, a varias montaderas en Guanacaste. “No me gustaría que él sea montador. Quiero que estudie, que lleve una vida diferente”, dijo Pato, quien trabaja en una fábrica de gelatinas en San José.
El Chutil prensó la pierna de Pato antes de salir al ruedo y le abrió las suturas de una herida que tuvo días antes en otra monta. El montador mordía su chaleco para lidiar con el dolor.
“En la monta rústica no hay tiempo, no hay nada. Uno tiene que llevarse penca a penca con el toro”, dice Dylan Rodríguez.

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