Derechos Humanos

Nicaragüenses albergados en iglesias de Guanacaste sueñan con una vida de paz en Costa Rica

Con una cola rosada en la muñeca de su mano izquierda y un peine en la derecha, Raúl cepilla el pelo de su hija Sara, de 7 años. La alista para llevarla a su segunda semana de escuela. Hoy le toca por la tarde.

Hasta hace cinco meses, la rutina de Raúl era bastante distinta a la actual. Ejercía su profesión como ingeniero agrónomo, en su natal Nicaragua, llegaba cada tarde-noche a su casa en Nicaragua y compartía el resto del día con su esposa, su hija Sara y su hijo Miguel. Pero la crisis lo empujó a él y a su familia a Costa Rica.

Ahora pasa sus días cuidando a su hija de 7 y su hijo de 3, o con un rastrillo en el jardín de la iglesia que lo alberga o en el de algún vecino que le pide ayuda para arreglarlo.

Una empresa local, desde hace algunas semanas, le dio trabajo a su esposa. Él aguarda una fortuna similar luego de haber enviado algunos currículos desde la computadora que la parroquia le prestó.

Más temprano, Raúl estuvo contándome su versión de cómo inició la crisis en su país, de cómo esa crisis alcanzó a su familia, de la huída que emprendieron por ser tachados de terroristas y de cómo llegaron aquí, 180 kilómetros lejos de su casa ubicada en Jinotepe.

Dos bancas unidas y un colchón encima se convirtieron en camas para una docena de nicaragüenses en Liberia.

Una salida de la muerte

Raúl, su esposa y sus hijos son parte de una docena de personas que han pasado sus días de julio y agosto en este albergue habilitado en una iglesia católica de Liberia. Otra decena de nicaragüenses más está en otra iglesia de Tilarán.

Aquí nos han recibido bárbaro”, enfatiza Raúl, agradecido con los ticos y ticas del vecindario en el que están albergados y que les han apoyado tanto, como el pequeño grupo organizado de señoras que les ayudan a diario con la alimentación.

La Pastoral Social de la Iglesia Católica nicaragüense contactó a la costarricense para solicitar estos albergues. Y la iglesia accedió no solo a albergarlos, sino a apoyarles en el proceso de búsqueda de refugio aquí en Costa Rica, un trámite que actualmente esperan 23.000 personas. De ellas, unas 5.000 han pedido asilo desde que inició  la crisis en Nicaragua, dijo la directora de Migración, Raquel Vargas, en el programa radial Nuestra Voz la mañana del 20 de agosto.

En Nicaragua, la Iglesia Católica se convirtió en una de las organizaciones que lidera la oposición a las represiones del mandatario Daniel Ortega. La mayoría de las personas que están aquí eran aliadas de la iglesia: repartían los alimentos y la ropa que desde la catedral de Managua se enviaban a las comunidades. Por eso, y por manifestarse, el gobierno y los militares los tacharon de terroristas.

Aquí en Liberia sienten que por fin pueden respirar y vivir con un poco de paz, pese a que tuvieron que dejar sus trabajos. “Me siento seguro, me siento tranquilo”, dice Raúl con serenidad.

En búsqueda de una vida libre

La estabilidad de la familia de Raúl se vio atropellada cuando la crisis inició y él y su esposa decidieron no callar ante la represión del gobierno de Ortega. En un sitio web, empezaron a relatar cada una de las noticias que surgían de los encuentros entre manifestantes y militares.

“Nosotras los cuidamos a ellos muchísimo, de hecho ya sabíamos que ustedes venían”, nos dijo una de las señoras que a diario les colaboran con la comida.

Y eso les costó la paz. Él, ingeniero agrónomo, y su esposa, dueña de una tienda de venta de perfumería, se vieron empujados a dejar sus trabajos y sus familias para migrar, trayendo con ellos solo a sus dos hijos.

Uno no va a estar aquí toda la vida viviendo del apoyo de la gente, la idea es independizarnos y hacer nuestra vida dice él ya ella entró a clases y como que le cambió el casete. Está en la escuela, está contenta, la recibieron bien”, dice Raúl.

Sara, su hija, juega con unos ponis de juguete que le regalaron para su fiesta de cumpleaños número siete, a la que asistieron puros desconocidos, según ella. “Quisiera estar en Nicaragua”, me dice con los ojos sumergidos en los ponis de colores cuando le pregunto si está feliz.

Un país que dé vida y no que la quite

Mariel, una joven universitaria de 26 años pronta a graduarse en medicina, se ha convertido en la mamá de este grupo de nicaragüenses que se alberga en la iglesia. Cuando llegamos estaba en la cocina. “Le estoy haciendo el desayuno a los muchachos”, dijo.

Antes de huir a Costa Rica, estaba haciendo su internado en un centro hospitalario de Managua que, luego de haber empezado la crisis, la despidió por haber atendido a las personas heridas de oposición, según relata.

Cuando recibió su carta de despido, decidió moverse a su natal Monimbó a atender a los heridos de su pueblo. Pero luego, cuando los paramilitares se disponían a entrar allí, decidió huir sola por la montaña, escapando de su encarcelamiento, o de su muerte. Luego topó con su novio.

“El día que más tuve miedo fue cuando llegaron rafagueando [disparando] a las casas cercanas donde estábamos nosotros, mi pareja y yo. Salimos corriendo y ellos iban detrás de nosotros tirando a matar”.

Mariel sostiene con una mano una tortuga que se encontraron mientras arreglaban las zonas verdes de la iglesia. Con la otra mano toca su barriga, que desde hace cuatro meses alberga una nueva vida en camino.

El embarazo me impulsó a salir. Si no, seguiría en Nicaragua dando guerra. Luchando por las personas que ya se quedaron calladas, que fallecieron en la lucha”, dice con pausas entre sus palabras.

A pesar de su historia, Mariel suele soltar sonrisas. Sentada en un colchón sobre dos bancas, lamenta cuántas personas vio morir en sus brazos, personas desconocidas y algunos de sus más cercanos compañeros.

Raúl y Miguel van a dejar a Sara a la escuela que la recibió desde hace ya unas semanas para que curse el primer grado.

“Yo sé que si me hubieran agarrado, me hubieran torturado y seguramente lo hubiera perdido. A mis amigas médicas les quitaron las uñas de los pies y a otras personas las violan”.

En el otro extremo del salón, Raúl toma el bulto de Sara y los carritos de Miguel a punto de caminar hacia la escuela de la comunidad.

Ambos, Raúl y Mariel, encuentran en sus hijos las fuerzas para seguir construyendo una vida que por fin les dé paz.

Esto lo hago para que mis hijos crezcan en una Nicaragua libre. Va a durar mucho, pero va a pasar”, afirma Mariel, quien espera volver algún día a su país.

Y este es el pensamiento de todas las personas aquí. El de Mariel y su pareja, el de Raúl y su esposa, el del hermano de Mariel, de 22 años, que estudiaba odontología, y Josué, el muchacho de 24, que vino solo y durmió cuatro días en las calles de Liberia hasta que alguien le dijo que este albergue existía. Este albergue que representa para ellos el inicio de otra vida.

 

*Los nombres de las personas mencionadas en esta nota fueron cambiados por su propia seguridad. 

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