Sucesos

Nunca, hasta ahora (Relato de un suicidio)

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Nunca escribí sobre él, hasta ahora. Lo conocí en noveno,como a todos en el colegio, por puras percepciones. La de él era simple: cumplía con todo. Era simpático y bien parecido. Nadie cuestionaba su inteligencia ni sus habilidades deportivas. Su novia era simpática y bonita. No tenía enemigos declarados.

Eran tres, Enrique, mi hermano y él, que rápidamente llegaron a ser inseparables amigos en el viaje de la adolescencia. La percepción que se tenía sobre mí era diferente: el hermano del mejor amigo, aquel que no pertenecía. Nadie nunca dijo que no podíamos ser amigos, tan sólo lo acepté.

Una noche de tantas llegaron a mi casa para luego ir al parque de la esquina.Yo veía la televisión. Como cualquier adolescente, mi hermano salió rápidamente de la casa y Enrique lo siguió. Fue él quien preguntó: “¿vos vas?”. Por tanto que quería pertenecer e ir por esa acelerada pista de obstáculos, donde la meta era una viciosa experimentación y conversaciones adultas a mano de mentes infantiles, supe que debía decir que no.

En el colegio, él me habló y fue agradable tener algo en común: el fútbol americano. Lo suficiente. Él apoyaba a los Carneros de San Luis y yo, hasta hoy día, a los Broncos de Denver. Cada lunes, todo cambiaba y de repente, éramos iguales, a veces perdíamos y a veces ganábamos. Yo me regodeaba justo como él lo hacía cuando mi equipo perdía. El 4 de septiembre del 2000 los Carneros derrotaron a los Broncos 41 a 36; yo le juré que los Broncos ganarían el próximo partido.

Una semana después, yo caminaba por los pasillos y lo vi, cabizbajo. Su novia le acariciaba el brazo de manera compasiva mientras los dos descansaban contra una columna—como un cuadro desalineado. Me saludó y me pidió un chicle de menta; no tenía, sólo de frutas. Cordialmente, escondiendo cierta frustración, me lo rechazó y bajó la mirada. Su novia me forzó una sonrisa. Quería preguntarle si necesitaba algo y no lo hice.

Semanas después, un martes, él tuvo una reunión en su casa con pocos amigos. Se excusó de sus visitas por un momento, subió al baño del segundo piso y se escuchó un estruendo. El 4 de octubre del 2000, el amigo de mi hermano se colocó el frío metal de un cañón en los labios y haló del gatillo. Tenía dieciséis años.

En la madrugada del miércoles escuché a mis padres hablar con un tono diferente, nuevo para mí. Me excusé con el sueño y me refugié con las cobijas; no vi a mi madre, filóloga, luchando por encontrar palabras ni a mi padre preparándose para hacer a su hijo, mi hermano, llorar. Cuando salí del cuarto y mi madre me dijo, recuerdo que temblé bajo el agua hirviente de la ducha.

Los días que siguieron eran oscuros. Las palabras de apoyo escondían desesperación y confusión. Todos luchaban por hacernos entender que estarían para apoyarnos, y lo sabíamos. Pero nadie sabía contestar las preguntas. Vi a mi alrededor, me coloqué escudo y lo cargué como un legionario enfrentándose a la guerra: era el amigo de mi hermano, no el mío.

Un mes después me encontré al hermano de Enrique, justo antes de abordar los autobuses e ir a casa. Fue una conversación breve y muy enriquecedora, a tal grado que decidí hablar con Enrique apenas pudiera. Sabía que el momento adecuado era difícil de encontrar y esperé a Educación Física, cuando nos colocaron en parejas.

“¿Cómo has estado, Quique? Me encontré a tu hermano.”

“Si él le dijo que me desperté llorando, está mintiendo.” Lanzó la bola con fuerza y seguimos con el ejercicio. Le contesté cualquier balbuceo y cambiamos de tema: preguntar, hablar, escribir era prohibido. Hasta el día de hoy, no le he contado lo que hablé con su hermano. Sólo me dediqué a buscar el porqué de todo esto.

Fue uno de los 22 suicidios adolescentes en Costa Rica durante el año 2000, 90% de los cuales fueron hombres. Las estadísticas indican que esa cuantiosa mayoría se debió a la falta de capacidad del género masculino de aceptar y expresar sus sentimientos. Para el año 2006, 43 menores de 18 años se habían suicidado y fue necesario abrir la categoría de niños con edades menores a los 10 años. Estos números no toman en cuenta los intentos, que oscilan entre 10 y 20 por cada suicidio, y dónde predominan las mujeres.

Enrique, al igual que muchos, no pudo admitir que lloró por su amigo, como cualquier adolescente. Más bien, nuestros escapes iban desde el silencio del cuarto y la escritura hasta el vicio y la fiesta. Bajar el escudo era inaceptable. Irónicamente, se sentía presión por demostrar que podíamos conversar, expresarnos y estar bien. Esto solamente aceleró la confusión de ser adolescente, entonces colocamos una venda sobre la herida y seguimos adelante. Pero ahí seguía ese pensamiento como el óxido debajo de la pintura.

La presión que se nos ejercía por ser “exitosos”, “felices”, “preparados”, “fuertes” y otros estándares poco comprendidos no dejaba que disfrutáramos esa época de aprendizaje que era la adolescencia y se convirtió en una catapulta entre una niñez interrumpida y un adulto precoz desubicado. Por eso, a veces quiero viajar en el tiempo, con chicles de menta, sentarme a su lado y preguntarle “¿Estás bien?”. Tal vez traerlo al futuro para que vea que la vida no es una carrera. Con él, ya no puedo.

Entonces, un 8 de septiembre del 2002, vi como los Broncos derrotaron a los Carneros en un partido que terminó 26 a 23. No celebré; así como perdemos batallas, ganamos batallas. Tal vez, sonreí un poco, por él. Nunca escribí sobre él, hasta ahora.

 

Bernardo Montes de Oca es ingeniero de profesión con una pasión por la escritura. Quiso compartir la experiencia vivida luego del suicidio de un amigo durante la adolescencia, con la esperanza de ayudar a otros que han pasado por situaciones similares.

 

 

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