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Ocho historias de femicidio contadas por guanacastecas con hilo y aguja

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La violencia contra la mujer se va alimentando, como una jauría insaciable, de sus diferentes expresiones: la agresión patrimonial, la psicológica, la cibernética, la física, la sexual… Si nadie la detiene, evoluciona hasta alcanzar su forma irreversible: el femicidio. 

Rosario Gutiérrez, o Chayo como le gusta que la llamen, recuerda muy bien cuando en el 2017 Adrián Salmeron Silva atacó a una familia de cinco personas en Matapalo de Santa Cruz. Un episodio que dejó en shock a la comunidad y al país entero, y un punto de quiebre para que muchas instituciones y grupos de diferentes comunidades lucharan para que no volviera a repetirse la pesadilla.

A Chayo la conocí hace un par de años cuando desfilaba con un grupo de mujeres en el Día Internacional de la Violencia Contra la Mujer. Iban vestidas de blanco, cargando unos bordados como si fueran estandartes. A primera vista resaltaban sus letras coloridas, encajes y flores. Pero mientras avanzaba por cada oración era imposible no sentir un escalofrío detrás de la nuca. Cada una de estas telas narraban historias de femicidios ocurridos entre 1998 y 2015 en todo el país. 

 

Sólo en Guanacaste durante los últimos seis años hubo 25 femicidios y entre 2015 y 2017, los juzgados recibieron en promedio unas 4.600 denuncias por violencia doméstica.

Por esa razón estas mujeres los iban mostrando de frente como quienes encabezan un batallón, que busca ahuyentar a la jauría para que no aparezca más. 

Mi nombre es Rosibel, de 41 años. Fui asesinada por mi expareja en la escuela Virgilio Camaño en Casitas de Nicoya, donde laboraba como cocinera.
Soy Ivannia Patricia Reyes Navarro. Tengo 25 años soy madre de 3 hijos, tenía una relación de 6 meses con el hombre que me asesinó de cinco balazos.
Soy Angie Melissa Obando. Vivía en Huacas de Santa Cruz, hasta que perdí la vida por asfixia en manos de mi pareja. Luego del hecho él mismo envió fotos a mi familia. Yo era muy joven. Tenía apenas 27 años. “Nunca esperé que mi propio novio apagara mis sueños”

Chayo me explicó que es promotora del Inamu y que fue una de las encargadas de impartir los talleres del Proyecto BA1, un programa del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) que intenta prevenir la violencia contra las mujeres, la trata y el femicidio en toda Centroamérica. Desde entonces es una de las guanacastecas de confianza a la cual acudimos siempre que necesitamos de su ayuda en temas de género y violencia.

Esos talleres los impartió durante todo un año, en el 2017, y estaban dirigidos a mujeres de las comunidades, a representantes de instituciones como Inamu, municipalidad, comités de la persona joven. Recibieron apoyo psicológico, asesoría legal y las ayudaron a iniciar su propio emprendimiento.

Aunque los talleres eran teóricos en su mayoría, Chayo intentaba hacerlos distinto. No parándose frente a una clase para leer diapositivas eternas, sino impartiendo los contenidos a las mujeres mientras hacían manualidades.

“La idea era que, al finalizar, ellas hicieran algo con sus propias manos. Algunas de ellas eran mujeres que les dijeron durante mucho tiempo que no servían para nada y se lo creyeron”, recuerda Chayo.

Por eso les decía a diario que ellas eran importantes. 

En uno de los módulos, las mujeres debían visualizar de manera creativa la violencia, a través de una fotografía, murales o afiches. Ellas escogieron bordar. 

Cuando le pedí a Chayo esos bordados para fotografiarlos para este fotorreportaje se desprendió de ellos con el cuidado de quien suelta un amuleto y también con algunas peticiones: cuidarlas mucho y pedir permiso a las almas antes de manipularlos. Es imposible ignorar que, sobre ese cuadro de tela blanca, convive la historia de dos mujeres: la que mataron y la que pudo salir del círculo de violencia justo a tiempo.

Soy Ingrid Hernández Mayorga, trabajaba como empleada doméstica para mantener a mis hijos cuando mi excompañero me mató de un golpe en la cabeza y dos puñaladas. Mis hijos me vieron morir.
Soy Rocío Sandí, tengo 13 años. Mi compañero de 16 años al mes y medio de vivir juntos me hizo una herida en mi cuello quitándome la vida. Yo tenía muchas ilusiones de vivir.

Transplante de vidas

Chayo cuenta que durante dos semanas, las talleristas trasplantaron con hilo y aguja las 10 historias de femicidio sobre la tela. Escogieron manta porque es una tela fuerte, que resiste al tiempo y que no se rompe ni se deshilacha fácil. 

Auria Sandí, santacruceña de 50 años que participó en los talleres, se acostaba todas las noches con las palabras que bordaba dándole vueltas en la cabeza, y a la mañana siguiente se despertaba recordándolas todas.

“Uno casi que podía sentir el dolor y la angustia de Rocío al pensar en las oportunidades que perdió, en todo lo que se le privó”, cuenta Auria, narrando la historia de una niña de 13 años que se fue a vivir con su novio de 16. Al mes y medio la mató. 

Para ella y para Chayo, esta es una forma de sanar esas heridas, como una sutura que atraviesa las dos vidas. 

El impacto fue duradero, dice Chayo: cambiaron mucho emocional y físicamente después de los talleres. Quienes estaban dentro de círculos de violencia pudieron salir, otras continuaron con los estudios y ahora conocen más sobre sus derechos.

Auria pudo montar su propia emprendimiento de costura y vende trajes de baño hechos a la medida. “Nosotras aparte de ser amas de casa podemos tener sueños, realizarnos fuera de nuestro hogar con nuestros propios proyectos”, asegura.

Los bordados que cruzan estos lienzos se sienten en las yemas de los dedos como cicatrices abultadas que muchas mujeres ayudaron a sanar. Para Chayo, son un motor que la impulsa a seguir trabajando y la obliga a llevar su mensaje a más personas para que no nos maten ni a una sola mujer más. Con un aire de misticismo y calma dice convencida: “Donde sea que ellas estén, están actuando”.

Mi nombre era Sandra Lorena Fonseca Jiménez. Estaba embarazada cuando fui asesinada por mi esposo, tenía 18 años, me mató en la cama, luego me lanzó a un pozo amarrada a un saco lleno de piedras.
Yo, Anyi Melisa Obando Zuñiga vivía en Huacas. Tenía apenas 28 años de edad cuando mi compañero me quitó la vida al asfixiarme con una almohada en el día de su cumpleaños.

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