Nicoya, Cultura

El palacio de Nicoya que no duró ni 30 años en pie

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Nicoya tuvo un palacio municipal enorme, de madera, victoriano. Funcionó como sede del gobierno local pero también alojó eventos importantes de la élite política y social nicoyana. Fue una joya arquitectónica que no cumplió ni 30 de construido cuando lo demolieron. 

En conmemoración del primer Centenario de la Anexión del Partido de Nicoya, el Congreso y Hacienda destinaron 47.000 “bonos revolucionarios” (según periódicos de la época se trataba de dólares) para la construcción de infraestructura en Guanacaste: reparaciones de los muelles, cañerías, dragados de esteros y la construcción de un palacio municipal para Nicoya que costó 4.500 bonos.

Captura del libro de Conmemoración del Centenario de la Anexión del Partido de Nicoya.

Según explica el investigador nicoyano, Mario Rojas, ese palacio municipal no solo funcionó como casa del gobierno local sino como punto de encuentro de las élites locales para sus eventos.

“Estas actividades se hacían en las efemérides, por ejemplo, había baile de la Independencia o baile del 25 de julio en la anexión. Y recuerdo porque se lo oía a mis familiares, a mi abuela y a esa gente mayor que había toda una dinámica de cómo había que vestirse para poder asistir”, explica Rojas.

Pie de foto: Las personas asistían con su mejor ropa para asistir a los eventos en el palacio municipal, que además eran ceremonias estructuradas y llenas de protocolos.Foto: Mario Rojas

Lo que sucedía en Nicoya no era un caso aislado. En esa época, la construcción de palacios municipales y clubes sociales se convirtió en una práctica común en varias ciudades fuera de San José, impulsada por las élites locales que buscaban espacios donde combinar la vida política con la social. Así lo detalla la música, investigadora y autora del libro De las fanfarrías a las salas de concierto: música en Costa Rica (1840-1940), María Vargas Cullel.

Eran fundamentales porque era un espacio de sociabilidad importantísimo. Los bailes, las veladas y las serenatas eran los lugares donde tenían la posibilidad de intercambiar comentarios políticos, pero también armar parejas con “gente bien”, explica la investigadora.

Blas Cárdenas es un nicoyano longevo que correteó de niño por los salones de madera del palacio municipal. Su papá era maestro, ganadero y llegó a ser diputado de la República. Su mamá fue profesora de la Escuela Leonidas Briceño.

Hoy, a sus 95 años, aún recuerda que había que “trepar unas gradas”, que a un costado se encontraba el telégrafo y que miembros de la corte también tenían su lugar en el palacio. Aunque era muy pequeño, conserva algunos recuerdos de cómo eran esos bailes y todos sus protocolos.

“Yo estaba güila y ahí se hacían los bailes. Y yo recuerdo que a mí me llevaban chiquitillo, como de seis o siete años”, asegura Cárdenas.Foto: César Arroyo Castro

Los bailes 

“Llegaba el señor y le decía ‘mire señorita, ¿quiere bailar conmigo?’ Tenían un papel para saber que la próxima pieza le tocaba con fulano de tal”, recuerda Cárdenas como si no hubiese pasado casi un siglo desde aquellas veladas.

Ese papel que menciona Blas se llamaba “carné de baile”, confirma la investigadora María Vargas Cullel. El carné era una libreta muy elegante que venía con un lápiz pegado, y ahí las muchachas apuntaban con quién bailaban cada pieza. 

Los periódicos de la época publicaban el programa del baile para que las muchachas pudieran ordenar su carné. Entonces con anticipación se publicaban esos programas de baile.

“Usualmente tenían como 15 piezas, primero una marcha inicial donde la gente desfilaba con la pareja para mostrar el vestido. Entraban, hacían una rueda y luego empezaba el baile. Cada tres piezas había lo que llamaban una cola, que era una pieza extra donde la gente salía a descansar, a tomarse algo y luego volvía al segundo set. Entonces eran bailes muy estructurados”, explica la investigadora.

Pie de foto: Carné de baile de Virginia Mata, una de las pocas compositoras costarricenses de principios del siglo XX.Foto: Zamira Barquero Trejos

Con el paso del tiempo empezaron a surgir salones de baile en Nicoya, recuerda Blas. Había uno de “Martín Alí”, otro de “los Armijo” donde llegaban grandes cantidades de gente a bailar.

A la gente ya no le gustaba ir al palacio a bailar ni nada. Ya el palacio era para otras cosas”, comenta. 

La caída del palacio

El 1953 el concejo municipal decidió demoler el palacio para construir uno nuevo. El acta de la sesión del 16 de mayo documenta que ya tenían los nuevos planos del edificio y que estaban “convencidos del mal estado del actual mal llamado Palacio Municipal y de la necesidad urgente de reunir en un edificio todas las diferentes oficinas de esta corrección hasta las gubernamentales: correo, radio y telégrafo nacional”.

La causa de ese rápido deterioro que desencadenó en la demolición del palacio municipal pudo ser debido a la mala construcción, explica el investigador y arquitecto Andrés Fernández.

Sin embargo, a lo largo de todo Guanacaste hay casas e iglesias que datan de la misma época construidas con los mismos materiales que se mantienen en perfecto estado.

Por esa razón, Fernández apunta a otro posible motivo: José Figueres Ferrer y la fundación de la Segunda República.

“A partir de 1950, en la atmósfera de seudo-modernización que levantó la Segunda República, no importó si los edificios de gobierno estaban mal o no, pero se destruyó gran parte de nuestro patrimonio histórico arquitectónico para sustituirlo por arquitectura moderna del llamado ‘estilo internacional”, explica Fernández

El arquitecto opina que el Palacio Municipal de Nicoya no debió de haber estado muy dañado para que lo demolieran, pero la idea de entonces era «modernizar» todo destruyendo el pasado construido.

Fue en esa administración cuando empezó la destrucción deliberada de San José como ciudad, y de todo cuanto recordaba al pasado liberal del país, era una cuestión ideológica”, señala.

Hoy, del antiguo palacio municipal solo quedan fotografías y recuerdos dispersos en la memoria de muy pocas personas longevas que alcanzaron a verlo de pie. Sin embargo, su historia sigue viva en las voces de personas como Blas Cárdenas o Mario Rojas, que insisten en que aquel edificio fue mucho más que una sede de gobierno.

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