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Pata’e Buey, los mil rostros bajo la máscara

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Cuando le pido al taxista llevarme a la casa del mascarero Álvaro Duarte pone cara de duda. No hay respuesta. Vuelvo a preguntar esta vez por Pata’e Buey y entonces: “¡Ahora sí!”.

Me reciben él y su esposa Melania Vásquez en el corredor de su casa y taller, en Barrio Santa Cecilia de Santa Cruz, donde viven con su mamá, una de sus dos hijas, un nieto, cuatro perros, cuatro gatos, y 45 gigantas.

Por donde se mire hay gallos, dragones y piratas gigantes de papel y goma, observándonos, riéndose a carcajadas, pero quietos. A todos los construyen ellos desde hace 40 años para las Fiestas Típicas Nacionales de Santa Cruz.

Álvaro camina de forma lenta y ondulante a sentarse en la mecedora, pero ese andar no se lo achaca a sus 68 años. Se ha movido así toda su vida, y en Santa Cruz no se desaprovecha una oportunidad de esas para poner un sobrenombre.

A mí me pusieron Pata’e Buey porque camino raro. Así me quedé. Antes se ponían los sobrenombres por las características físicas de la gente. Como La Metroflojo, Cuitaegato,   La Pañuelito, La Colocho

Lo primero que hace al sentarse junto a mí es entregarme dos fotocopias de una entrevista vieja, hecha por Al Día hace 13 años. Como quien entrega el programa de una función antes de dar inicio a un espectáculo.  

Es simpático y charlatán. A primera vista parece no afectarle mucho la sordera que lo acompaña desde sus 15 años. No escucha con el oído izquierdo y el derecho se ayuda un poco con el implante coclear que le dio el Seguro hace 12 años.

Aunque es mucho mejor que su audífono anterior, no ha podido sacarle mucho provecho, pues las terapias son caras y la Caja no las cubre. Pero no se desanima y hasta bromea con ello.

Solo me quito el implante cuando hay rayería. O cuando discuto con Melania.

Se inclina hacia el costado derecho para escuchar mejor, apoya su brazo sobre la manga de la mecedora y empieza a resumir su hoja de vida, que parece hecha de retazos de muchas vidas distintas.

Yo soy como la pobreza, en todo lado me meto”.

 

Las otras caras

Pata’e buey recuerda que empezó a trabajar desde sus 15 años en el taller mecánico de un tío, a donde iba todos los días después de la escuela para aprender del oficio. Y llegó a ser muy bueno. Cuenta “sin rajar” que fue durante algún tiempo el único mecánico certificado en Santa Cruz de varias marcas de autos reconocidas.

También fue operario de proyector de cine en el desaparecido Teatro Adelita de Santa Cruz, ese mismo puesto lo desempeñó en otros siete cines en San José, entre ellos el Variedades.

Fue jefe de la brigada de bomberos voluntarios, pero tuvo que dejarlo pronto. Los problemas que tenía para escuchar el radio por el que comunicaban las emergencias, lo obligaron a renunciar. Cuenta bromeando que quizá por su sordera se quemaron aquellas tres cuadras en el centro de Santa Cruz en 1993.

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Ahora tiene una fotocopiadora en los Tribunales Justicia de Santa Cruz, y a veces hace de corresponsal de noticias. Pero fue su trabajo de mascarero el que lo convirtió en un personaje dentro del pueblo.

La fábrica de muecas

Cuando tiene dificultades para escuchar, ahí está Melania para repetirle más fuerte las preguntas. También anda cerca para completar las frases de Pata’e Buey antes de que logre terminarlas.

Ella continúa el relato mientras el mascarero sale a recibir a un médico de la Caja que viene en moto a inyectarlos contra la gripe y la influenza.

Melania es su mano derecha en el taller de máscaras que inició desde 1985. Cuando Pata’e Buey se hizo cargo de organizar la mascarada de las Fiestas Típicas.

Melania Vásquez reutiliza la arcilla de máscaras anteriores para darle vida a otras nuevas.

Antes las organizaba un señor que le decían Avioneta. Cuando se puso mal de salud él tomó su lugar para buscar los muchachos que bailaran las máscaras y también comenzó a experimentar con la elaboración.

Ahora ambos modelan las criaturas con barro de Guaitil y luego las empapelan. Melania les cose los vestidos y Pata’e Buey arma las estructuras de varilla que las sostienen.

Melania habla con cierta nostalgia del presente, sabe lo efímera que es su vida y la de sus hijos de papel.

Por eso van transmitiendo ese conocimiento a los jóvenes de la comunidad. Los mismos que bailan a las gigantas les ayudan a pintar, y también están aprendiendo a construirlas. Además, hace tres años se inició una mascarada infantil que sale desde la casa de Pata’e Buey.

Algún día las máscaras se van a terminar, nosotros también. Por eso hay que trabajar duro todos los días para conservar esto, dice Melania.

 

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