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Petrona Ríos: la notaria del bosque guanacasteco

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Petrona Ríos camina lento. A través de sus anteojos siempre puestos observa atenta el bosque del Parque Nacional Santa Rosa, que todavía en noviembre está verde.  “¡Aquí hay una!, dice, arrancando una ramita como cualquier otra. En la otra cara de la hoja, se alimenta una larva milimétrica, casi imperceptible.

“Ojos descubriendo especies”, dice el bordado en su camiseta del Área de Conservación Guanacaste. Esa oración lo dice todo: 35 personas como ella le dedican todos los días sus ojos a descubrir y anotar sistemáticamente las especies que aparecen en el ACG, que son alrededor de 350.000.

Su oficio tiene un nombre difícil de pronunciar, “parataxónoma”, pero ella lo explica fácil: “Somos algo así como paramédicos”, dice. “Pero en vez de dar asistencia antes de llevar a alguien al médico, nosotros recolectamos e investigamos los bichitos antes de llevarlos al taxónomo”, añade.

 

 

Un taxónomo es un profesional que se dedica a la clasificación de los seres vivos en especies, familias, ramas, etc. El término parataxónomo lo inventó un biólogo en Guanacaste hace 30 años, cuando Petrona tenía 23 años y estaba a punto de convertirse en secretaria o maestra.

La nueva esperanza

“Trabajé tres años en una soda de comida rápida en San José, mientras sacaba un curso de oficinista. Pero nunca me gustó”, cuenta Petrona. Por eso volvió en busca de trabajo a La Esperanza, el pueblo de La Cruz donde nació, en las laderas del volcán Orosilito.

Ella recuerda que en esa época llegó un extranjero a comprar tierras para destinarlas a la conservación. “Y la gente comenzó a decir que ya no nos iban a dejar cortar el bosque y que debían apegarse a unas reglas de las cuales nunca habíamos escuchado”.

Durante los primeros años, los finqueros como su papá pensaban que la conservación era como un monstruo que se adueñaba de las montañas. Mientras tanto, Petrona esperaba noticias del Ministerio de Educación Pública y de la Caja Costarricense del Seguro Social, a los que había aplicado para profesora y secretaria.

“Un día llegó a la casa un guardaparques, bajó de la montaña con una caja llena de insectos. Él me preguntó si a mí me interesaría entrar en un proyecto, que ya había un muchacho de Santa Cecilia trabajando con ellos”. Le dijo que era un trabajo muy lindo, que había que caminar por la montaña recolectando insectos, y a ella le pareció que era el mejor trabajo.

Petrona muestra una mariposa congelada. Los parataxónomos empezaron un proyecto en 2003 enfocado específicamente en la crianza de estos insectos.

A sus papás no les parecía tan buena idea. “¡Mire que esa gente es mala!”, le decían, refiriéndose a “esos” que les prohibían cazar y cortar árboles.

Aunque intentaron convencerla de aceptar los otros puestos que tenía casi asegurados, ese mismo verano Petrona decidió convertirse en parataxónoma. 

Ojos descubriendo especies

A mediados de los ochentas, el biólogo estadounidense Daniel Janzen inició con un programa para conectar los parques nacionales Santa Rosa, Murciélago y Rincón de la Vieja, y así crear un corredor biológico que conectara la costa con los volcanes. De esa forma, se aseguraría de que las especies que migran dentro de estos hábitats, lo hagan de una forma segura.

Pero para protegerlo e investigar el bosque guanacasteco, necesitaba familias de zonas aledañas que se encargaran de cuidarlo como si fuera su finca. Gente con ganas de trabajar, sin importar su experiencia nula en biología. “Varios tenemos quinto año, pero otros apenas terminaron la escuela. Nosotros somos gente de campo”, cuenta Petrona.

Janzen, de 80 años, es papá del proyecto, su jefe y también su modelo a seguir. Ha sido premiado internacionalmente por sus aportes a la biología en muchas ocasiones. Trabaja varios meses del año como profesor universitario en Estados Unidos, pero su casa es aquí, dentro del Parque Nacional Santa Rosa. Cerca del bosque y de los parataxónomos.

Él introdujo la biología a los primeros como Petrona, y luego, ellos transfirieron todos esos conocimientos a las generaciones posteriores. Los entrenaron para observar el bosque.  A caminar siempre con su podadora, bolsas y marcadores. A identificar las plantas animales, insectos y parásitos.

Después de esa labor, ingresan los datos en una base de datos con todas sus características y le toman una fotografía. En un solo mes, pueden hacerle 1.500 fotos a muchas especies distintas.

Los últimos de su especie

Ríos y otros 35 parataxónomos han sido los responsables de inventariar miles de especies en las últimas tres décadas. El programa que los mantiene es único en el país. Aunque el ACG es estatal, los parataxónomos son empleados privados de un proyecto llamado Guanacaste Dry Forest Conservation Fund, que funciona a través de donaciones nacionales e internacionales.

El proyecto tiene fondos para sostenerse durante cinco años más. “Pero cuando Daniel ya no esté, yo también me voy”, dice Petrona. Habla de él con la admiración de una discípula y el cariño de una hija, pero le preocupa que, cuando él falte, también se acabe el financiamiento para el programa, que le cambió la vida a ella y a muchos.

“Mi papá cambió también su visión. Después de que yo entré a trabajar, quitó los perros de cacería y vendimos 84 hectáreas de bosque para conservación”, cuenta, mientras entramos al salón donde el resto de sus compañeros registra la información de las especies recolectadas en las últimas semanas.

Se detiene junto a uno de ellos, Calixto Moraga, para verlo trabajar. Es su compañero, esposo y papá de sus dos hijos. “El muchacho de Santa Cecilia que empezó conmigo”, dice entre risas.

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