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Productores de arroz en Guanacaste reducen agroquímicos y recortan gastos

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La estantería de este cuarto pulcro y blanco sostiene una decena de bolsas de algo verde con olor a descompuesto. Al verlas de cerca es fácil notar que son granos de arroz cubiertos de hongos.

Estamos en el Laboratorio Bio de El Pelón de la Bajura, la productora de arroz más grande de Guanacaste, con dos de cada diez hectáreas sembradas en la provincia. Para llegar hasta este cuarto perfectamente sellado, recorrimos diez kilómetros desde la entrada a la corporación. Entre Liberia y Bagaces, la arrocera tiene ganado, tilapia, área de bosque y hasta una comunidad con unas 50 casas, salón comunal, escuela e iglesia. 

El Laboratorio Bio produce hongos y bacterias que sustituyen a los fungicidas e insecticidas químicos con los que antes fumigaban las 5.000 hectáreas de siembra anual. A esta práctica le llaman control biológico. 

Como El Pelón, varios arroceros más producen sus propios microorganismos  y los usan en vez de químicos para combatir plagas de insectos o de hongos. Así, combaten un problema que no es solo de Guanacaste sino de todo el país: pese a su imagen de país ecológico, Costa Rica es el mayor consumidor de plaguicidas en el mundo, con 51,2 kg por hectárea, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En América Latina le siguen, muy de lejos, Colombia con 16,7 kg y Ecuador con 6 kg. 

 

 

Empezar a combatir el problema desde el arroz podría tener un fuerte impacto, pues es el cultivo con más extensión en el país (casi 60.000 hectáreas) y, por ende, uno de los más arduos consumidores de agroquímicos. Hacerlo desde Guanacaste también tiene sentido, pues acá se siembra el 42% de las hectáreas, según el censo agrícola del 2014. 

Me llevé la sorpresa de que todos lo podemos hacer porque todo está en la naturaleza. Hay formas de crear un equilibrio”, dice Elí Alvarado, uno de los productores de arroz en Cañas. 

Más que un problema ambiental

El arroz utiliza, en promedio, 18,9 kilogramos de plaguicidas por hectárea, según el Instituto Regional de Estudios en Sustancias Tóxicas (IRET). Con solo eliminar el uso de fungicidas e insecticidas, los productores podrían reducir casi a la mitad su consumo de estas sustancias químicas.

Por ejemplo, una arrocera que siembre 5.000 ha por año podría pasar de usar casi 95.000 kg/ha por año a 51.000 kg/ha. 

El problema es que esos químicos tienen efectos ambientales, en la salud y, finalmente, hasta en la economía. Por ejemplo, según el Informe del Estado de la Nación del 2010, el agua de Costa Rica está más contaminada por los residuos químicos usados por la agricultura que por los residuos fecales.

La Red Internacional de Acción en Plaguicidas (PAN, por sus siglas en inglés) ha catalogado como cancerígenos varios de los productos que los arroceros están dejando de utilizar. Uno de ellos es el mancozeb, cancerígeno, con efectos en la reproducción y otros efectos en la salud. Otro es el imidacloprid. Ambos tienen posibles efectos en el aparato reproductivo y son altamente tóxicos para las abejas.

El impulso nació porque los productores comenzaron a notar un problema en su finca: “el cultivo se está volviendo resistente al control con agroquímicos”, cuenta Fernando Villalobos, otro productor. 

El panorama los empuja a encontrar nuevas opciones, pero están apenas a mitad de camino. Los cultivos aún utilizan herbicidas permitidos por el Estado, pero calificados como cancerígenos por entes internacionales, como el glifosato y el butaclor. 

Mientras producen masivamente los microorganismos, en el Laboratorio Bio también hacen investigaciones sobre la temática. Foto: César Arroyo Castro

Una semilla que nació en Guanacaste

Desde el 2012, el ingeniero agrónomo Andrés Vázquez empezó a probar bacterias y hongos que funcionaban como insecticidas y fungicidas en sus cultivos de arroz en Cañas. Orgulloso de su logro, cuenta que él fue pionero en el uso de estos sustitutos. Su objetivo, dice, era producir de una forma más amigable con el ambiente pero sobre todo diferenciar su producto del resto. 

En el 2016 logró la primera certificación de arroz libre de pesticidas en el país y ese mismo año, Arroz Sabanero lanzó el grano de Vázquez bajo el nombre EcoArroz. En el 2018, El Pelón también colocó el suyo en el mercado bajo el nombre de BioArroz.

“El que quede produciendo convencionalmente va a desaparecer”, considera Vázquez, quien en su búsqueda de más diferenciación ya cultiva 40 hectáreas de arroz orgánico (sin ningún tipo de agroquímico). 

Su modelo comenzó a expandirse hasta llegar a la Corporación Arrocera Nacional, un ente público que agrupa a todos los arroceros del país, que aprendió a producir microorganismos y comenzó a replicar el conocimiento entre sus productores en el 2017. 

En Guanacaste, la corporación ha capacitado a 17 pequeños y medianos productores. Según el encargado regional, Berter Martínez, todos pueden adoptar estas medidas. 

A los pequeños y medianos tratamos de enseñarle una forma a bajo costo para que puedan producir sus microorganismos sin limitación”, dice.

Los arroceros lograron ver que era más sano, más productivo y más barato usar los microorganismos. Por ejemplo, la ingeniera a cargo del Laboratorio Bio en El Pelón, Carolina Jarquín, dice que producir sus microorganismos les ayudó a disminuir un 70% de sus gastos en  agroquímicos.

Mientras El Pelón tiene un laboratorio al que ellos mismos califican como el mejor del país, otros productores tienen bodegas más artesanales para producir sus microorganismos. Ahí, en vez de sofisticadas máquinas traídas de Taiwán, Alemania e Italia, hay ollas de presión, estañones, paredes de zinc y pisos de tierra. Sin embargo, eso es suficiente para controlar plagas y enfermedades en sus hectáreas de terreno, que suelen ser menos de 300. 

El caso de El Pelón

El Pelón de la Bajura usó plaguicidas e insecticidas durante cinco décadas. Hace unos 18 años empezaron a comprar microorganismos para sustituir algunos químicos y controlar las plagas y enfermedades, pero era muy costoso. “Después nos preguntamos ¿para qué los vamos a seguir comprando si los podemos producir?”, cuenta el gerente agrícola de El Pelón, Arnoldo Rodríguez. 

«El resultado fue muy favorable con los rendimientos y los costos, y obviamente la parte ambiental es de interés para la empresa”, amplía la ingeniera agrónoma Rocío Madrigal, dedicada  al laboratorio, lo cual les permite hacer investigaciones de forma paralela.

Para implementar el modelo que ya antes había probado Andrés Vásquez, El Pelón recibió asesorías del Centro de Investigaciones Agronómicas (CIA) de la Universidad de Costa Rica (UCR), el Centro Nacional de Innovaciones Biotecnológicas (Cenibiot) y el Instituto Nacional de Innovación y Transferencia en Tecnología Agropecuaria (INTA). Se capacitaron en control de calidad, en flujo interno del laboratorio, donde se debía ubicar cada cuarto y cómo se hacía la verificación de calidad en el campo.

En términos muy simples, el proceso funciona así: la empresa o el productor compra la cepa (tipo de semilla) de un hongo o bacteria a una casa productora o a un laboratorio. Luego, las ingenieras se dedican a analizar y a testear el microorganismo. Después los reproducen: los hongos en bolsas con arroz y las bacterias en contenedores de acero. La difusión en el campo la hacen con aviones y drones (un productor más pequeño lo hará con una motobomba en su espalda).

El Pelón analiza los microorganismos y su efectividad en tres etapas. Primero en el laboratorio, después en un invernadero que crearon fuera para ver de cerca y en temperatura ambiente el comportamiento de los microorganismos y, por último, en el campo. Los inspectores se encargan de recolectar muestras para que en el laboratorio tengan garantía de que están controlando las plagas.

El vicepresidente de la compañía, Fernando González, dice que ya lleva un año promocionando el BioArroz para que la gente reconozca el producto diferente. También dice que este es el inicio de un camino para reducir aún más el consumo de agroquímicos. 

Las nuevas generaciones tienen más conciencia del medio ambiente y de los productos que uno ingiere”.

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