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Quijonguero y longevo: así se preserva un sonido milenario

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¿Me puede bajar donde don Lalo?, pregunto al chofer del autobús tal como me indicaron. Lo que me pareció una petición extraña aquí en Llanos del Cortés de Bagaces, en medio de un paisaje que solo muestra viento con polvo y árboles flacos sin sombra, parece ser algo común.

“Claro”, me responde sin hacer preguntas. Al llegar a las primeras casas me deja justo frente a una casona vieja de madera rodeada jícaros secos, hamacas y árboles frutales.

Eulalio Guadamuz es un quijonguero liberiano, a sus 93 quizá sea el más longevo de toda la provincia. Lalo, como todos lo conocen, ha sido reconocido por el Ministerio de Cultura y Juventud como uno de los portadores de la tradición del quijongo en Guanacaste (es Premio Nacional de Cultura Popular Tradicional 2014), y por ende, responsable de que este instrumento guanacasteco vibre hasta hoy.

Lalo me pide que lo acompañe a su pequeño taller al otro lado del patio donde construye los quijongos. El terreno que cruzamos es tan seco y agrietado como su piel, pero su memoria fértil recuerda nombres y acontecimientos con una precisión de calendario.

Lalo camina hacia la casa desde su taller, ubicado Llanos de Cortés, con uno de los quijongos que fabrica.

En 1940, cuando tenía apenas 14 años, fue peón de una finca en Bagaces y cada vez que lo mandaban a hacer algún mandado a la hacienda aprovechaba para usar el quijongo del patrón mientras él no estaba.

“Aprendí a hacerlos y a “entonarlos” yo solo, pero lo hacía por pasatiempo”, dice don Lalo recordando sus días de adolescente, cuando no sabía que sus travesuras se irían convirtiendo poco a poco en una forma de preservar un conocimiento ancestral.

Lalo escoge un jícaro llanero de entre el montón que tiene secando en su patio para crear el resonador.

El constructor del ritmo

El quijongo es un artefacto casero y rupestre que luce más como arma indígena que como un  instrumento musical. Tiene acabados bruscos y a primera vista parece ser producto de la improvisación, pero hace unos diez años la Dirección de Cultura en Guanacaste comenzó a prestarle más atención, a investigar, hacer talleres y recopilar testimonios como el de don Lalo para preservarlo.

“Del 2008 para acá fue que lo agarraron ya en serio”, dice, mientras reúne todo lo necesario para su creación.“Aquel año le enseñé a 16 profesores de música a tocarlo”.

Con sus 93 años, Eulalio Guadamuz Guadamuz es uno de los maestros quijongueros más longevos de la provincia. Ha recibido muchas distinciones, como la de Tesoro Humano Vivo por parte del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios de la Unesco.

Todo ese conocimiento desembocó en la Guía para la construcción y ejecución del quijongo guanacasteco, creado por la música guanacasteca Karol Cabalceta y la antropóloga Adriana Méndez.

Esta guía es un manual ilustrado para que cualquier persona aprenda cómo construir y tocar el quijongo y que usted puede descargar en este enlace de forma completamente gratuita.

Según Cabalceta, el que toca el quijongo debe también aprender a construirlo. “La conexión con el instrumento cambia totalmente cuando quienes reciben el taller van al campo a seleccionar la vara y las jícaras para ensamblarlas”, dice.

Lalo le pega el primer machetazo a la vara de guácimo ternero con una fuerza que le rejuvenece el semblante. Mientras trabaja, empieza a enumerar uno a uno los pasos para construir el quijongo. Según la guía, el proceso tiene variaciones mínimas dependiendo de la zona de donde proviene cada quijonguero.

Para construirlo desde cero, solo se necesitan seis materiales: un fruto de árbol de jícaro (crescentia cujete) que son muy comunes a lo largo de toda la provincia, una rama de madera de guácimo ternero, un alambre de llanta de carro, un pañuelo de seda, un alambre dulce (que se consigue con ese nombre en la ferretería), y una pequeña varita de madera o varilla de paraguas.

Sus familiares viven cerca suyo y le llevan a diario todos esos materiales para que ocupe las tardes como esta, para darle vida a otro instrumento más.

Lalo empieza a darle al quijongo su forma definitiva cuando tensa el alambre con el jícaro.

Con cada golpe del pulsador, el aire vibra y Lalo acerca la palma de su mano al resonador hasta encontrar el sonido ideal. Entonces, una resonancia hueca y eléctrica se apodera de todos los rincones del pequeño taller sin paredes y techo de lata.

Ese sonido le enseñó canciones, lo acompañó en las noches después de trabajar en el campo, le dio de comer tamales los 24 de diciembre cuando salía a tocar junto con maracas, marimbas y carracas por Bagaces.

La fachada de la casa de Eulalio Guadamuz en Llanos de Cortés está llena jícaros y alambres que utiliza para fabricar los quijongos.

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