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Rostros centenarios

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Estas son las cosas que no existían en Guanacaste cuando ellos nacieron: la televisión, la cocina a gas, los buses de transporte público, el alumbrado público. Llegar a las playas era montar a caballo por tres días o más. Estos centenarios nacieron a principios del 1900 y lo que sus ojos vieron y sus corazones sintieron, pocos pueden compartirlo.

Viven en las llamadas “Zonas Azules”, lugares que fascinan a antropólogos y científicos, pues sus habitantes están entre los más longevos del mundo. La rutina, el trabajo, la dieta y el estilo de vida son factores de relevancia para la longevidad.  En Guanacaste se han identificado cinco cantones: Nicoya, Carrillo, Santa Cruz, Hojancha y Nandayure, cuyos habitantes viven más de 90 años con buena salud física y mental.

La larga vida de los habitantes de la península de Nicoya ha sido estudiada por muchos y aunque hay muchas teorías, lo cierto es que es gente que sabe lo que es trabajar duro y cuyos genes están cargados de fortaleza, perseverancia y una visión positiva.

La Voz de Guanacaste salió a buscar y retratar estos rostros que, con sus miradas, arrugas y recuerdos, cuentan las historias del auténtico Guanacaste que han visto pasar por más de 100 años.

María Dimas Sequeira:

 

Edad: 102 años.

 

Lugar: Polvazal, Mansión de Nicoya.

María Dimas es una luchadora que trabajó muy fuerte durante toda su vida. Desde pequeña hacía mandados en el barrio con un tizón en mano, pues no había electricidad. Tuvo 16 hijos, 8 varones y 8 mujeres. Siendo niña le escogieron el esposo con quien vivió 55 años. Parió a todos sus hijos en casa con la ayuda de su madre y se casó en la Iglesia Colonial de Nicoya. Desde las 3 a.m., arrancaba con las tareas de la finca. En ocasiones iba con su esposo a vender granos a San José, saliendo de Nicoya a caballo para tomar una lancha hacia Puntarenas y luego el tren a San José. Hace 10 años dejó de trabajar, pero a esa edad limpiaba su casa, palmeaba tortillas y hacía el almuerzo. Aunque ya no camina mucho, es feliz, se siente bien y desearía seguir trabajando.

 

 

Francisca Isolina Castillo:

Edad 109 años.

Lugar: Matina de Nicoya.

Panchita Castillo es un ícono de la longevidad guanacasteca y una feminista rebelde del siglo pasado. Su padre fue uno de los primeros cubanos en llegar a Nicoya y se cree que fue familiar del cubano revolucionario, Antonio Maceo. Desde las 2 a.m., comenzaba a moler maíz en una piedra para hacer las tortillas y luego se iba a lavar ropa en los ríos Cacaumico y Matina, en medio de barreales ya que no habían buenas calles y los ríos no tenían puentes. Nunca quiso casarse ni juntarse porque en aquel tiempo los hombres “le pegaban mucho a las mujeres”, pero sí tuvo novios y parió a los 14 años a su primer hijo en su casa (que sigue con vida a sus 94 años). Los otros 4 hijos siguientes nacieron de la misma forma. Hasta los 100 años vivía sola, volaba hacha y machete, caminaba y recibió a muchos medios de comunicación del extranjero para contarles su historia.  Hoy, su nieta Magdalena es quien la cuida. Al cumplir los 109 años se emocionó mucho y esto le afectó a su salud. Perdió la vista y desde entonces pasa muy somnolienta. Sin embargo, sigue siendo muy alegre, conversadora y curiosa.

 

Jose de la Cruz Espinoza:

Edad: 100 años y 6 meses

Lugar: Río Nosara, Hojancha

José de la Cruz nació en el departamento de Rivas de Nicaragua y llegó de joven a Costa Rica a trabajar en la zona bananera de Puerto Cortés. A los 30 años llegó a Hojancha para buscar a una cocinera pero conoció a su esposa Juana y nunca se separó de ella. Tuvieron 10 hijos. Con orgullo, dice que el trabajo es lo que más le ha gustado de su vida. Se mantuvo siempre ocupado con agricultura, labrando madera o haciendo pozos (hizo más de 46). Para comprar producto o comida tenía que ir a Nicoya en una cacharpa (buseta vieja) que más de una vez se descompuso y lo hizo caminar de regreso a su casa. Todavía camina, barre, se baña y se viste solo y va a dejar la ropa para que se la laven. Vive con un nieto, pero le gusta mucho la soledad. Desde hace 5 años tiene un ataúd en uno de sus cuartos y cuando le llegue la muerte dice que la recibirá con mucho gusto y sin preocupación. “Mi secreto para la longevidad es tener una buena comunión con Dios”.

 

María Francisca Rodríguez:

Edad: 100 años

Lugar: Nandayure centro

Doña María es una “cartaga” muy coqueta de ojos claros y piel blanca. Llegó a Nandayure con el corazón roto cuando tenía 21 años. Su padre se la llevó a Vista de Mar en Nandayure, cuando ya tenía hasta el vestido listo para casarse con un muchacho en Palmares. En el puerto conoció a un chico al que enamoró a primera vista. Un año después se casó y así estuvieron juntos durante 75 años. Se dedicó a cuidar de la finca de su esposo, darle de comer a los peones y criar a sus seis hijos. De joven fue aventurera y le gustaba andar a caballo. Así viajó entre potreros y conoció muchos lugares de Guanacaste. Aunque ya no sale de la casa, camina adentro, en las mañanas limpia la cocina, los platos y le gusta acomodar y ordenar. Hace 23 años tuvo cáncer en el estómago y la operaron dos veces. También toma un tratamiento desde hace 22 años porque tiene un soplo en el corazón. “Yo en la muerte no pienso. Estoy tranquila porque como viene el nacimiento viene la muerte.  Le pido a Dios que tenga compasión y ya”.

 

Apolonio Bonilla:

Edad: 100 años

Lugar: Ortega, Santa Cruz

Don Apolonio cumplió los 100 años el 9 de febrero del 2016. Le hicieron una fiesta grande en el salón comunal de Ortega. Aventurero desde pequeño, no tuvo estudios pues nunca le gustó la escuela, pero se educó en la calle. Siempre le gustó hacer cosas con las manos y gracias a ello trabajó toda su vida.  Su primer trabajo a los 6 años fue hacer trompos de madera para vender, hacer cutachas (protectores de cuero para el machete) y muñecos. Volvía a casa con la plata para su mamá y sus 12 hermanos. Se casó a los 15 años y tuvo 14 hijos con su esposa. Más adelante empezó a confeccionar zapatos de mujer porque era lo que le dejaba más dinero. Vendía sus zapatos afuera y así fue como comenzó a viajar y conocer toda la zona de Guanacaste, Limón, Quepos y Puntarenas. También fue ganadero, pescador, cazador de cocodrilos y comerciante de cuero de venado. Hasta hace dos años hacía y vendía escobones. Aunque ya no trabaja, camina con bastón en la casa, va al Ebais, va a la iglesia o lo llevan a ver la parcela de caña que tiene. Vive solo pero una de sus nietas lo cuida. Tiene muchos nietos, bisnietos y hasta tataranietos a los que quiere como si fueran sus hijos.

 

José Guevara Pizarro:

Edad: 106 años

Desde que tenía 8 años trabajaba en el trapiche familiar arreando bueyes y moliendo caña de azúcar.  Su abuelo lo ponía a fumar puros de tabaco para que no se durmiera. Hizo todo tipo de trabajos como volar hacha y machete pero su pasión fue la agricultura. Se juntó con su esposa Eleuteria cuando tenía 20 años, sin embargo no fue hasta 30 años después que pudieron contraer matrimonio debido a la escasez de dinero. Tuvieron 10 hijos y para alimentarlos tuvo grandes sembradíos de arroz, yuca, plátano, aguacates y hasta 20 tipos de árboles frutales. Guevara tiene 35 nietos, 102 bisnietos y 25 tataranietos. Aunque está lúcido a sus 106 años, se le olvidan muchas cosas y se pasa los días descansando en el patio de su casa en Arado de Santa Cruz.

 

José Bernardo Matarrita:

 

Edad: 100

 

Lugar: Nicoya

 

Don José se crió en el centro de Nicoya en una familia de 12 hermanos. En aquel tiempo Nicoya se comenzaba a formar como pueblo, ya habían casas, habían muchas quebradas y los ríos corrían limpios durante todo el año. Sus padres eran pobres así que al salir del sexto grado tuvo que buscar la “vida brusca” y salir a trabajar. Su patrón era el turco Miguel Nema, uno de los grandes terratenientes de la zona. Matarrita dormía poco y trabajaba mucho. Había días que a las 2 a. m.  ya estaba ordeñando vacas para vender leche a las 6 a.m. A sus 33 años, mientras arreaba las vacas en el camino a Sámara, conoció a Benancia López, una jóven 16 años menor que lo cautivaba cada vez que pasaba por ahí. Se casaron en la Iglesia Colonial de Nicoya y tuvieron seis hijos. Ella y su hijo Francisco lo cuidan, aunque no padece de nada más que desgastes por la edad y usa audífonos para escuchar bien. “Toda la vida y mi sudor lo gasté en agricultura y ganadería. Decían que el que vivía debajo de la vaca poco se enfermaba”, dice.

 

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