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¿Será que de verdad todo el país me odia?

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La pregunta se la hizo en algún momento Emily Granados, luego de que su Facebook empezara a arder con mensajes privados cargados de amenazas, reproches y todo tipo de insultos. “Tuve que cerrar la cuenta temporalmente”, me dice.

Emily me contactó días atrás pues quería contar su lado de la historia. “Me preocupa que la gente opina sin saber, hay personas que incluso han dejado mensajes ofensivos en la página de mi trabajo”. Habíamos quedado de vernos cuando viniera a San José (reside en Alajuela). Este sábado, junto a su familia, visitó mi casa y charlamos.

Contexto

La joven interiorista y planeadora de bodas alcanzó fama nacional e internacional gracias a una fotografía que le tomaron mientras caminaba entre un grupo de tortugas lora, en Ostional. La imagen fue capturada aquel caótico fin de semana en el que más de 5000 turistas visitaron la playa.

Del incidente supo en cuestión de horas el país entero, merced a numerosas notas en distintos medios nacionales que utilizaron las fotografías suministradas por el SITRAMINAE.

Cuando llegué a la playa vi dos fotógrafos e imaginé que estaban haciendo un documental, pues le tomaban fotos a las tortugas y andaban con trípodes metidos en la arena… Yo no me di cuenta del momento en el que me tomaron la foto”.

Una vez que la imagen llegó a la web la reacción en redes sociales fue inmediata. Si bien los insultos fueron masivos (“ese reguero de zonchos”, etc), por razones obvias la muchacha de fotografía se convirtió en el blanco ideal de la mentalidad de rebaño. Es bien sabido que enardecidos por la masa, nos sentimos más a gusto volando plomo.

“We are a society that thrives on ridiculing others and making ourselves feel better by making a spectacle of someone else”.

La frase es de Nicole Haase y proviene del artículo que escribió días atrás luego de que un grupo de jóvenes mujeres gringas fueron ridiculizadas al por mayor tras ser sorprendidas tomándose selfies en un partido de baseball.

No me malinterpreten: aquí no se trata de perder el sentido crítico o ser políticamente correcto, se trata de no dar rienda suelta al prejuicio y a la ejecución sumaria cuando no tenemos idea de qué fue lo que realmente pasó. A nadie le cuadraría estar en una posición en la cual, sobre las olas (literalmente), se le cae encima con un linchamiento digital. Especialmente cuando lo único que tenemos es una foto. ¿Qué hacía esa mujer ahí? ¿Realmente ponía en peligro a las tortugas? ¿Maltrataba a algún animal?

Paseo familiar

 

Sentada frente a mí, mientras su esposo e hija ven una fábula, Emily me comparte su relato.

“Lo curioso es que nosotros formábamos parte de un grupo de entre 8 y 10 personas que sí pagamos un tour para ver la llegada de las tortugas. En Sámara nos pusimos en contacto con una agencia local porque nos gusta no solo visitar, sino conocer. Incluso pagamos el kayak y ellos mismos nos ofrecieron ir a ver las tortugas. A mi hija le encantan así que nos apuntamos”.

La agencia (Carrillo Tours) organiza visitas guiadas por un instructor que gira instrucciones muy claras en torno a cómo se puede interactuar con las tortugas. “Nunca se dijo que no podíamos caminarles cerca, porque eso no las perturba, únicamente había que evitar pasar por delante de ellas y así lo hicimos”.

Una vez en Ostional el guía les indicó que no podían entrar sin un guardaparques. Acompañados por ambos funcionarios, ingresaron. “Notamos que llegaba gente y gente… nunca vi policías, cadenas, avisos, nada, aquello era como llegar a Jacó y entrar a la playa, totalmente abierta. A nosotros nos pidieron mantenernos juntos. Nunca tocamos una tortuga”.

— ¿Qué hacías en el momento en que se tomó la foto?

— El guía nos pidió que nos alejáramos del gentío para no impedir el paso de las tortugas, nos indicó entonces que nos acercáramos a la orilla. En ese momento llegó hasta la costa una ola grande, que incluso le botó el trípode al fotógrafo. Imagino fue ahí que tomó la foto. Yo estaba capeándome la ola, nunca intervine en el camino de ninguna tortuga ni toqué ninguna tortuga.

— Se te ve feliz…

—¿Cómo no estarlo? Era un paseo familiar. Dejando de lado el tema del gentío fue una viaje bonito, tranquilo, lo pasamos muy bien. Además estábamos siguiendo todas las instrucciones que se nos dieron y habíamos pagado por el tour, precisamente para visitar en las condiciones apropiadas.

A Emily le resulta particularmente frustrante haber seguido todas las indicaciones del guardaparques y el guía y aun así, a razón del azar, haber quedado como el rostro oficial de notas con títulos como Cuando el más animal es el turista (Univisión), Los selfies de la vergüenza (Ensenada) y La oleada de turistas que impidió anidar a las tortugas (El País).

Ni uno solo de estos medios (y tantos otros dentro y fuera del país) procuró averiguar la historia de Emily. Una buena cantidad solo hizo solo eco de la visión simplista y editada de los hechos (que motivó mi artículo inicial al respecto). De pronto Costa Rica era un país de lunáticos irresponsables y esta muchacha la versión moderna y femenina del Eco Loco. Cansada, decidió que había llegado el momento de hablar.

— ¿Cómo trascendió que eras vos la de la foto?

— Al inicio solo se dieron cuenta mis amigos. Pero en el momento en que una persona maliciosa la ve y empieza a decirle a sus contactos, es cuando la situación se sale de control. Inicialmente pensé que después de un par de días todo iba a pasar pero cuando me di cuenta los insultos y amenazas empezaron llegaron hasta la página de mi trabajo. Hubo gente que hasta me etiquetaba en las imágenes.

— La foto eventualmente llegó hasta el New York Times

Sí, le dio la vuelta al mundo. Pero imagínese, si solo hubiéramos ingresado los que entramos con el guardaparques jamás habría pasado esto. Yo todavía no entiendo cómo de una experiencia bonita como esta, de un paseo familiar cualquiera, terminé viviendo algo así. Lloré muchísimo, tuve pesadillas, me sentí muy mal. Había gente que me escribía diciéndome que yo era la vergüenza del país, que esperaban no encontrarme en la calle. Estas personas no me conocen, no saben quién soy, no saben que amo los animales, que jamás los maltrataría.

— ¿Qué pensás de la cobertura que se le dio al tema?

— Me parece que lo que verdaderamente importa, lo que habría que discutir, es el trabajo de las autoridades. Los medios fallaron en eso, era un tema mucho más interesante. En cambio, para montar el escándalo, terminaron agarrando, de las miles de personas que fueron, a una que pagó el tour y que tenía el visto bueno del guardaparques para estar ahí. Y pasó lo que pasó.

Emily no responsabiliza al fotógrafo, ni a los medios, ni a los guardaparques, ni a a la gente, sabe que todo responde a una casualidad y a una serie de eventos desafortunados, una cadena de la cual todos formamos parte. Le preocupa, sin embargo, la facilidad con la que podemos lapidar a alguien sin conocerlo. “Imagínese que esto le hubiera pasado a alguien que esté pasando por un mal momento, las consecuencias podrían ser muy graves”.

Ella, claramente, tuvo las herramientas para manejar la situación, enfrentarla y pasar la página. “A nosotros nos encanta conocer Costa Rica, un incidente como este no nos va a desanimar, de hecho, venimos llegando de Monteverde y en unos días vamos para Dota”, me dice, sonriente y tranquila, mientras le indica a su pequeña de tres años que los juguetes y los adornos no son lo mismo. Que los adornos, como las tortugas, no se tocan.

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