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Si el Guanacaste no fuera tico…

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162 años después de aquel glorioso día de julio en que un grupo de peninsulares nicoyanos deliberaron sobre el futuro de su Partido, me parió mi madre en el mismo pueblo que aquellos hombres dijeron “de la patria por nuestra voluntad”. Vi por primera vez la luz en un hospital bautizado con el nombre de tan excelso acontecimiento. La historia tiene sus particulares vicisitudes, y como dice Clausewitz, un mismo objetivo político puede originar reacciones diferentes, en diferentes naciones e incluso en una misma nación, pero también en diferentes épocas. Y bueno, aquí estoy aventurándome a imaginar sobre cómo sería aquel partido de Nicoya -hoy llamado Guanacaste- si en 1824 la historia hubiera tomado otros rumbos, específicamente uno más al norte del Rincón de la Vieja.

Hace 190 años Nicoya se anexaba a Costa Rica con una península completa, pocos habitantes y una profunda incertidumbre administrativa, dejando atrás una fuerte carga impositiva con la que se iba a financiar guerras fratricidas entre Granada y León, para ahora buscar un futuro próspero y lleno de paz. Más allá del San Juan, la historia era oscura: la violencia marcaba el diario vivir del pueblo nicaragüense.

La Costa Rica de entonces recibió con gran alegría a su nuevo departamento, luego llamado provincia, y lo rebautizaron con el nombre de Guanacaste. Con buen tino le añaden una fértil tierra de altura, llena de oro, agua y almas brillantes: los territorios que ocupan los cantones de Bagaces, Cañas, Tilarán y Abangares son hoy tan guanacastecos como el extremo peninsular que en 1915 nos cercenaron en histórico agravio.

Quizá si el Guanacaste de hoy fuera administrado desde Managua trochas se construirían en las riberas del río Lagarto, la cerveza sería más barata y en lugar del Punto bailaríamos Palo e’ mayo. Las disputas por islas caribeñas estarían centradas en el trópico nuboso y Monteverde sería el nuevo Calero objeto de discordia. La historia es nuestra y como pueblo la escribimos. Hoy y siempre, el buen gobierno, al igual que un buen padre, es el que provee de las mismas oportunidades a todos sus hijos, con las mismas herramientas y las mismas luces. Una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada. Las diferencias de oportunidades obligan a muchos a hallarse en comunión lejana e íntima con el llano inmenso en el que hemos nacido; quizá lejos de sus cuerpos, pero siempre presente en sus almas.

Proveer a los guanacastecos -de ahora y de mañana- de oportunidades para seguir engrandeciendo la nación costarricense, es un deber de la patria, así como mantener la paz y la libertad siempre en nuestro suelo, al haber sido esos atributos los que más cautivaron a aquellos hombres que buscaron y consiguieron el amparo maternal de las instituciones costarricenses. Es justo que Costa Rica sepa corresponder  de buena manera el honroso beneficio que concediera a ésta nación el noble pueblo nicoyano, éste donde tantos viven alejados de la dicha, aunque sea en estas primorosas tierras. Acá conviven lamentos, gritos, sueños y alegrías, todos cobijados por la esperanza y el sol que quema.

En Guanacaste coexisten dos lealtades paralelas: la local y la nacional. Dos identidades fluidas que no tienen por qué negarse entre sí. Somos costarricenses por hecho y por derecho. Hoy Guanacaste es tico y escribo esto convencido de algo: que de todos los excesos el único recomendado debería ser el de la alegre gratitud. Costa RIca y Guanacaste tienen ambas mucho que agradecerse; ayer, ahora, mañana. Guanacaste es eterno.

 

 

 

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