
El famoso Tiny Desk –de la National Public Radio (NPR) estadounidense– tiene su versión tica. Y a diferencia de la gringa, no ocurre en un escritorio de oficina ni dentro de un edificio convencional. Este tiny, llamado oficialmente Pequeño Pupitre, sucede frente a un pupitre unipersonal colocado en medio de una salita en una casa rústica, con ventanales que dan al mar azul profundo de la costa de Santa Cruz.
Estamos en la comunidad de Paraíso, del distrito Veintisiete de Abril. Aquí hoy se filman dos sesiones, primero será el turno del grupo guanacasteco Niña Jaguar y, para cerrar, vendrá el dueto Guápil.
Pero antes, fuera y dentro de la casa empieza a cultivarse –o afianzarse– una sinergia comunitaria. El anfitrión es Somos ECHO “un barrio de cepa tica diseñado por y para costarricenses”.
“Este es un proyecto que busca retomar nuestro espacio costarricense en Guanacaste”, dice Sebastián Castro, líder del proyecto al recibir a las y los invitados de la jornada de grabación, un sábado de diciembre del 2025. “También le damos la bienvenida a todos los visitantes de otros países que vienen con intenciones claras y constructivas”.
Él, y quienes integran ECHO, reciben al público que hoy disfrutará de las grabaciones bajo un toldo grande que colocaron en medio del patio, y con una pantalla que proyectará en vivo cada sesión. A un costado, una mesita con tamales, café, fresco, agua’e pipa y pan de banano alimentan a los comensales.
Dentro, en el cuarto de la casa, están Tah Marzul, la vocalista de Niña Jaguar, y Ximena y Amanda Obregón, las gemelas integrantes de Guápil. Cada una en lo suyo: Marzul enciende un palosanto, mientras que las gemelas calientan sus voces y los instrumentos sentadas en una banqueta al pie de la cama.

Tah Marzul, cofundadora de Niña Jaguar, impone en cualquier escenario una energía que invita a bailar, a cantar y a reflexionar.Foto: Somos ECHO
¡A bailar!
Tah Marzul y Chucho López son los rostros fundadores de Niña Jaguar, que con una mezcla de ritmos folclóricos, afro, funk, reggae y cumbia invitan a cualquiera a bailar. Hoy están también con ellos José Rafael Jara Jara (batería), Bayron David Carballo Rodríguez (trombón), Manrique Montero Solano (bajo eléctrico) y Malcom Jamil (flauta traversa, quijongo, udú, ocarinas y gaita colombiana).
En la salita del pequeño pupitre se ubican y empiezan con “La Ayotera” una melodía sutil con vientos y percusión. Dos minutos después, un “épale” de Marzul pone al público de pie y a bailar. Después de esto, pocos volverán a sentarse.
A lo largo de sus melodías y letras, Niña Jaguar rinde homenaje a los pueblos indígenas, las leyendas costarricenses, la memoria ancestral, la naturaleza.
Marzul, cantando sentada en el pupitre unipersonal o de pie, no para de danzar a cuerpo completo o solo con sus manos al ritmo de los múltiples instrumentos del grupo. Y Chucho López transiciona de instrumento a instrumento de forma casi instantánea. Por eso, después Marzul lo describirá como un pulpo.
Durante los 38 minutos de presentación, Zarelly Canales es una de las que no para de bailar. “Es un espacio creativo nuevo que no se había dado en Guanacaste, en vivo y compartiendo todos”, dice admirada.
Esa cercanía no es casual. Para Chucho López, uno de los fundadores del grupo, el formato del Pequeño Pupitre obliga a una escucha distinta. “Es muy íntimo y es súper importante para la apreciación de la composición original”, dirá después de la interpretación que lo puso a sudar con la energía a tope.
El Guanacaste que inspira
De este mismo escenario ya se apoderaron Manuel Obregón con Tapado Vargas y Magpie Jay, el primer y el segundo episodio de Pequeño Pupitre. Hoy, el tercer y cuarto episodio, rinden homenaje a la música inspirada en Guanacaste.
“La provincia tiene una tradición musical tan fuerte, que a veces se ve como anticuado, y más bien queríamos refrescar esa energía, traer propuestas innovadoras que rescaten tradiciones y que le den un twist contemporáneo”, explica Sebastián Castro, de Somos ECHO.
El segundo turno de la jornada es para Guápil. Vestidas, sentadas y peinadas idénticas, Ximena y Amanda se sientan en la banqueta, tras el pupitre, y arrancan a pura voz: “Fueguito interno te estoy hablando a vos // me pica el silencio, cómo expresar este calor // salí sin miedo si sos de mí igual que el amor // sos un misterio que habita en mi corazón”.

Al mar, al fuego, a los manglares y a las tortugas… Ximena y Amanda Obregón componen inspiradas en Guanacaste y en los paisajes naturales de todo el país.El famoso Tiny Desk –de la National Public Radio (NPR) estadounidense– tiene su versión tica.Foto: Somos ECHO
Originarias de San José, las gemelas están fuertemente influenciadas por la música de la provincia. Su padre, Manuel Obregón, desde niñas las acercó a la música de Malpaís, Max Goldenberg y Guadalupe Urbina. Y eso derivó en que no solo la música, sino también los paisajes guanacastecos –los atardeceres, los cuerpos de agua, la inmensa naturaleza– las inspirara:
[Guanacaste] es uno de los amores más grandes que tenemos nosotras. Nos trajeron mucho de pequeñas a esta zona a pasar las vacaciones, descansar y disfrutar de la naturaleza, a estar conectadas con el mar, la montaña y los ríos”, explica Ximena Obregón.
A diferencia de la música de Niña Jaguar, Guápil evoca una meditación y quietud profundas, que quienes logramos entrar a la salita de grabación –una oportunidad que el equipo de producción le ofrece a algunas personas en cada sesión– lo sentimos impregnado en todo el cuerpo. Y esa experiencia es justamente la que a Guápil le gusta evocar.
“Son sesiones muy interactivas con el público y muy íntimas, que es algo que con Guápil nos interesa, conexión y cercanía, y es muy lindo que eso se respete mucho”, dirá después Amanda Obregón.
Con solo sus voces y los instrumentos que van tomando una y otra —pequeñas percusiones, cuerdas, objetos sonoros que aparecen y desaparecen— las gemelas van envolviendo la salita. No hay artificios ni grandes arreglos, sino que cada canción se construye en tiempo real, sostenida por armonías y una complicidad casi intuitiva entre ambas. El sonido es mínimo, pero ocupa todo el espacio.
Así es el Pequeño Pupitre de Guanacaste. No hay distancia entre quien canta y quien escucha. El público baila, siente y se deja llevar por la música. Como resume Zarelly Canales, aquí “se rompe ese esquema que a veces tenemos de que no se puede acercar una al artista” y, por un par de horas, la música dejó de ser espectáculo para convertirse en experiencia compartida.
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