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Todos los trabajos son trabajos para mujer

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Desde pequeña me dijeron que yo era libre para escoger a qué me quería dedicar. Me dijeron que escoger oficio o carrera no debería estar condicionado por mi género, mi condición social o el lugar donde nací. Cuando crecí, me di cuenta de que el mundo es diferente a lo que debería ser, que los oficios tienen una etiqueta de “femenino” o de “masculino”. Cuando vine a vivir a Guanacaste, lo comencé a vivir a través de las historias de las mujeres guanacastecas.

La socióloga María José Chaves, de CEFEMINA (Centro Feminista de Información y Acción), me dice que estos estereotipos suelen atribuírsele al machismo, pero que la cultura la construimos todos. Que todos somos un poco responsables por lo que está pasando.

“Si seguimos segregando a las mujeres y a los hombres en labores determinadas es porque no estamos haciendo nada para cambiarlo”, me dijo cuando me reuní con ella para entender cuál era la mejor forma de reflejar esta realidad en fotografías.

Con ella, decidimos mostrar cómo hay mujeres en Guanacaste que se dedican a oficios tradicionalmente etiquetados como masculinos. Lo que queremos es que las Guanacastecas encuentren nuevos modelos a seguir y se sientan invitadas a trabajar en lo que quieran: que los estereotipos no tengan peso en sus decisiones, como no lo tuvo en la mía.

Que más mujeres se dediquen a carreras que usualmente son ocupadas por los hombres no solo es un beneficio individual, sino colectivo. Según un estudio publicado por la Universidad de Stanford en el 2016, si las mujeres participaran de la misma forma que los hombres en la economía, el crecimiento económico anual de una comunidad podría mejorar hasta en un 26%.

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“Los trabajos más innovadores y con mejor remuneración son a los que nuestras adolescentes les están dando la espalda”, explica la Ministra de la Condición de la Mujer, Alejandra Mora Mora en el sitio web del Instituto Nacional de las Mujeres.

Si lo que queremos es que más mujeres ocupen puestos de trabajo en la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas, los sistemas educativos deberían estimular y promover los accesos de las mujeres tanto en el estudio como en el ejercicio profesional, indica también un estudio de la Organización Internacional del Trabajo sobre el trabajo de las mujeres en 2016.

Para Chaves, no podemos dejarle toda la responsabilidad a los centros de formación profesional. “No hace falta que haya un rótulo que le prohiba la entrada a las mujeres a un taller de electromecánica para que no se sientan bienvenidas, basta con la mirada de sus compañeros, los comentarios de sus amigas o las bromas de algún familiar”.

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María Murillo tiene 21 años. Ya tiene un año y medio de estudiar mecánica agrícola en el INA de Liberia. Viene de una casa de papás valientes y muchos hermanos (cinco hombres, dos mujeres). No le tiene miedo a la fuerza ni al trabajo duro. Conduce carros desde muy pequeña, le encantan las motos y los tractores. En clases siempre se ha sentido apoyada y respaldada. Se siente una más del grupo, sus compañeros son todos hombres y la tratan como igual pero sabe que afuera, en el mundo laboral, no será lo mismo. Cuando le pregunté qué quería hacer al terminar de estudiar, se quedó pensando. Le pregunté que si le gustaría trabajar en un ingenio y se quedó pensando. Uno de sus compañeros, Adrián, me dijo: “Tal vez, lo mejor para María sea trabajar en una agencia, es que en los ingenios hay mucho machismo”. María asintió: “Es que casi no hay técnicos, los mecánicos que hay son formados en la calle y cuando ven que la técnico es mujer, no les gusta y entonces el trabajo para una es doble”.

Laura Gutiérrez trabaja en Avantica (empresa internacional de desarrollo de software por subcontratación con sede en Liberia) en el Departamento de QA (aseguramiento de calidad) desde hace cinco años. Es de un pueblito muy pequeño: Lagunilla de Santa Cruz. Desde muy chiquita, supo que quería ir a la universidad, tener un trabajo, comprarse un carro y viajar. En la escuela se imaginaba que iba a ser maestra, pero en el colegio técnico se decidió por la informática y le encantó. Estudió en la sede de Liberia de la Universidad de Costa Rica. Terminó la carrera en cuatro años, a pesar de que siempre el augurio de la gente eran cinco años o más, “porque eso es lo que dura todo el mundo”. Terminando la carrera, entró a Avantica, en Liberia. En su equipo es la única mujer en un grupo de ocho personas. Le encanta su grupo de trabajo, sus compañeros son respetuosos y nunca se siente diferente a ellos. Ya fue a la universidad, ya se compró el carro, y está trabajando en lo de conocer todo el mundo.

Jessica Villalobos es la única mujer que trabaja en la banda de conciertos de Guanacaste. Su mamá, quien nunca tuvo un trabajo formal, soñaba con que ella tuviera un trabajo en la música. Es clarinetista desde niña y además estudió administración de empresas. Con orgullo, me dice que no se imaginaba que iba a poder ganarse la vida siendo música y sin tener que irse de Guanacaste. Dice también que cuando empezó en la banda se sentía diferente a sus compañeros, que la trataban diferente, pero que con el tiempo y la convivencia eso fue cambiando y que ahora se siente completamente parte del grupo. Jessica nunca ha sentido que ser mujer sea una condición que la limite profesionalmente, pero sabe que algunas personas sí juzgan su estilo de vida, el propio de trabajar en la música, sobre todo acá en Guanacaste y siente que si fuera hombre esto no sería así.

Alejandra Mendoza Díaz empezó a trabajar en seguridad hace nueve años, en el Buen Pastor, pero no le gustó. Sabía que le gustaba la idea de trabajar en seguridad, pero aún no había encontrado su charco. En ese momento tenía un hijo pequeño, que debía sacar adelante sola, así que tenía que seguir buscando. Entró a la Fuerza Pública en Cañas en el 2009 y trabajó ahí por tres años, hasta que la trasladaron a Nicoya donde aún trabaja. Me cuenta con orgullo que vive con su hijo de 21 años que estudia derecho en Santa Cruz y que si no fuera por este trabajo, no podría darle a su hijo el privilegio de dedicarse a estudiar tiempo completo.

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