Cultura

Ulises Jiménez: el mansioneño que le da la vuelta al mundo con su arte

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Ulises Jiménez tiene puesta una camisa que alguna vez fue blanca y unos pantalones de mezclilla gastados por el tiempo. El pelo canoso, canosísimo, le cae sobre la cara mientras trabaja una pieza de madera.  

Nos atiende en una casa que le sirve de taller improvisado, en La Mansión de Nicoya, donde nació. “Antes de empezar con la entrevista, ¿me deja hacerme un café?”, me dice frente a una cocina con apenas una plantilla y una olla para calentar agua.

Todo él grita sencillez. No hay lujos cerca, salvo las esculturas y moldes de mármol y madera que descansan por todo el lugar.

Sentados alrededor de una mesa de madera vieja, en el centro de la sala, me cuenta que empezó a hacer arte desde que era un niño, cuando fabricaba sus propios juguetes a punta de machete.

A Ulises le cuesta hablar de sus logros, de su éxito. Cada vez que cuenta uno le pone un pero de seguido, como si no se le permitiera alardear. Pero la verdad es que tiene más de 600 obras vendidas alrededor del mundo.

Además, no se dedica a hacer arte de la forma convencional, esa que quizá usted y yo imaginamos, como pintar cuadros o vender esculturas en tiendas o exposiciones. Él hace piezas de más de dos metros que lucen en países como China, Turquía y Argentina.

Quizá, la humildad de ahora es el aprendizaje de todo lo que vivió en las más de seis décadas que antecedieron a nuestra conversación.

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Él siempre supo que el arte era lo suyo, pero no sabía qué estudiar para poder desarrollarlo. Entonces un orientador en el colegio de Mansión le dijo: “Ulises, usted va a llegar a ser un gran artista, vaya al colegio vocacional en San José para que estudie dibujo técnico”.

A mí dibujo técnico me sonó bonito porque yo era un campesinito que nunca había oído hablar de eso”, dice mientras se sonroja.

Entonces se fue a sacar el sexto año de colegio al Monseñor Sanabria en Desamparados y, cuando se dio cuenta de que dibujo técnico no era dibujo artístico, casi llora. Estaba dibujando planos, máquinas. No estaba haciendo arte. “Fue una estupidez”.

Se toma un trago de café y asegura que no pudo hacer otra cosa que quedarse en la capital y terminar de estudiar. “Ya mi padre había hecho el gasto, le decía que no quería seguir y me daba una garroteada”.

Intentó entrar a estudiar artes plásticas a la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica, pero era una carrera a tiempo completo y él “andaba apenas agarrándolas del rabo”.  

De haber logrado matricular, Ulises cree que hubiera podido llegar a ser compañero de Jorge Jiménez Deredia y terminar como él, con una beca en Italia. Esto lo cuenta sereno, más con un tono de aceptación que de arrepentimiento.

La comparación no es minúscula, Deredia es reconocido, entre otro logros, por ser el primer escultor latinoamericano en colocar una obra en la Basílica de San Pedro, en Roma.

Mientras tanto, Ulises combinaba sus clases de dibujo en Guanacaste con sus viajes a la Universidad Autónoma de Centroamérica en San José para estudiar finalmente Artes Plásticas. Un profesor le permitió llevar clases sin pagarlas. Aprendió lo básico sobre pintar en acuarela y sacar moldes para hacer esculturas. No quería ser profesor, quería dedicarse a la pintura, a la escultura, a trabajar solo para él.

“En Costa Rica, una carrera de artes plásticas solo sirve para dar lecciones en un colegio con un aula donde meten 40 alumnos, 39 están jodiendo y solo a uno sí le interesa el arte”, reclama. Mientras más daba clases, más se frustraba.

Ulises trabaja con maderas como cedro y el cenízaro. Asegura que nunca ha cortado un árbol para hacer su arte sino que usa madera reciclada o de troncos caídos.

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“Entonces un día agarré mi rollito de pinceles, mi bolsita de pinturas al óleo y unas cuantas telas y me fui para San José, renuncié al magisterio (a ser profesor) y me fui para dedicarme a pintar”. Para ese momento ya tenía 29 años.

Ulises inició con la pintura comercial. Pintó casitas con carretas y flores de itabo, y las vendió en las calles de San José, Heredia y Cartago.

En el proceso descubrió que la escultura se le daba más y entonces la madera se convirtió en su material favorito, empezó a perfeccionar su técnica y a vender su obra en hoteles de Guanacaste y exposiciones de arte.

Pero a sus 55 años (hace 10 años) le llegó la oportunidad que transformó su forma de hacer arte.

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La esposa de Ulises, Xochitl Sierralta, dice que él no es amiguero, que por el contrario, “los amigos le llegan a él”. Así conoció a Gema Domínguez, una artista española.

Domínguez organizó un simposio de escultura en Tejeda, en la isla de Gran Canaria. Fue la primera vez que Ulises era invitado a un simposio de este tipo, que se montaba a un avión, y que salía del país.

Ese fue el inicio de diez años de amistad ininterrumpida entre el mansioneño y la española. Una década haciendo yunta para asistir a más de 35 simposios diferentes. En China, Egipto, Argentina, Túnez, Rusia, Turquía…

Los simposios son eventos a los cuales aplican artistas de todo el mundo para ir a otro país a hacer sus obras. Las trabajan y luego quedan al servicio de los organizadores. A los artistas elegidos les pagan todos los gastos y un precio por su arte.

En la vida se me podía haber ocurrido pero ni por broma que yo iba a salir de Costa Rica con una obra, haciendo arte, a hacer una escultura”, dice con los ojos brillantes de emoción.  

La obra que hizo en Tejeda la llamó Timplista. Es una mujer de piedra viendo al horizonte, tocando guitarra. Permanece junto al museo de historia y tradiciones del lugar. Es la obra que Ulises recuerda con más cariño y la que tiene todas las características que hoy definen su arte.

“Alguna gente me ha criticado y es que siempre hago la misma cara, pero esa cara es mi firma. Mis obras son un poco geométricas, hay líneas rectas, cuadrados, rectángulos y líneas horizontales y verticales”, explica señalando una de las obras que hay en la sala de su taller.

Xochitl dice que esos detalles hacen que “uno vea una escultura de él y diga: es una Ulises”.

Ulises siempre supo que el arte era lo suyo, pero no sabía qué estudiar para poder desarrollarlo.

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La escultura apartó a Ulises de otros anhelos, como ser escritor. “Estoy convencido que no se puede hacer todo en la vida. Yo creo que si volviera a nacer eso es lo que sería,  escritor”, dice con una sonrisa que le dibuja arrugas en la frente y las mejillas.

Ha intentado escribir en los tiempos libres que la rutina de la escultura le deja. Hace 15 años publicó un libro con 22 cuentos llamado “Prisma Negro” y, si las fuerzas le dan, espera sacar en un futuro un segundo compilado con 30 cuentos entre nuevos y corregidos.

Como sus esculturas, la inspiración proviene de la tierra que lo vio nacer. Son historias de los rostros de hombres y mujeres guanacastecas, de la historia folclórica de la provincia.

“Guanacaste le aporta muchísimo al artista. Aquí hay mucha cultura, que además es auténtica. El paisaje, la actividad ganadera, la idiosincrasia del guanacasteco, que es alegre, fiestero. Eso aporta a la inspiración”, dice.

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Su mamá se lo advirtió: el arte no le iba a dejar dinero, y se lo recordaba cuando lo veía llegar en su camioneta destartalada del año 86. Pero según Ulises, lo que sí le dejó el arte fue la satisfacción de que tarde o temprano pudo vivir la vida que quiso.

Yo pienso que uno no necesita mucho dinero para vivir, y yo también con poquito me conformo”.

En el futuro, no se ve haciendo otra cosa que no sea pintar, escribir o esculpir. De buscar la forma de poner en práctica lo aprendido en los simposios y, ojalá, organizar alguno en la provincia.

Su esposa Xóchitl resume el futuro de Ulises mejor que él: “Jamás dejará de hacer arte, es como si hubiera nacido para vivir y morir de eso”.

Nota del redactor: Posterior a la publicación de este artículo el periodista incluyó fotografías de las obras de Ulises tomadas de la página de Facebook del artista. 

 

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