Cultura, Identidad

Un incidente en Italia dio origen al quijongo plegable

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Una vara de guácimo de más de dos metros, tensada por un alambre de metal y un pañuelo con una jícara justo en la mitad. Es el quijongo, el instrumento del que sale uno de los sonidos que más identifican a Guanacaste y a las poblaciones africanas esclavizadas que fueron traídas a estas tierras.

Que el instrumento exista todavía, se debe a que hay quienes se han empeñado en mantenerlo vivo. Y una de esas personas es Werner Korte. 

Desde hace más de 40 años, Korte trabaja en la reinvención de este instrumento sin traicionar su esencia. 

Su último esfuerzo es el de un quijongo que se desarma y cabe en una maleta. ¿Por qué? Porque moverlo de un lado a otro siempre ha sido un dolor de cabeza. 

El sueño de un quijongo viajero

A pocas cuadras de la Plaza González Víquez en San José, Werner vive en una casa victoriana verde que perteneció a sus abuelos y tiene la ilusión óptica de parecer más grande por dentro que por fuera. 

Asediada de talleres, parqueos y todo el comercio de la periferia de la capital, la casa es un laberinto de madera infinito repleto de afiches, pinturas, documentos históricos, antigüedades e instrumentos musicales. Ahí, en la sala, iniciamos la conversación.

La casa resguarda los recuerdos y memorias de cuando era niño de apenas 12 años. Una de sus anécdotas es cuando escuchó en el Teatro Nacional al folklorista Lencho Salazar interpretar su canción “El Quijongo” con el mismo instrumento que le daba el nombre. Posiblemente el origen de su pasión.

«Me gustó mucho el timbre desde el momento en que lo oí… me sorprendí. Yo decía: ‘¿De dónde salen esas notas que da?'», recuerda Korte.

Años más tarde, cuando ingresó a la carrera de Composición Musical en la Universidad de Costa Rica, matriculó canto complementario con el maestro e investigador Jorge Luis Acevedo. Ambos conectaron de inmediato por su interés en la música de Guanacaste. 

Al notar su fascinación, Acevedo le dio un ejemplar de quijongo construido por los hermanos Quirós Alvarado de Bagaces.

Ese fue el inicio de un largo camino que lo llevó a convertirse en historiador, investigador, etnomusicólogo, compositor y cantautor, músico e intérprete y también a crear su propio taller de crear instrumentos. 

Con un quijongo recorrió Costa Rica y otros países, pero transportarlo siempre fue difícil. Una historia común dentro de la comunidad quijonguera. El maestro Eulalio Guadamuz solía contar que las personas se negaban a hacerle “ride” al contemplar los dos metros de longitud del instrumento.

Transportarlo en avión, otra odisea. De hecho, en 1989, en un vuelo internacional, la aerolínea le perdió a Korte su quijongo días antes de una presentación musical en Italia. 

“El avión llegó a Roma, descargaron y como el arco era una varilla, no se veía. Entonces este siguió recto hasta Turquía, regresó y ahí sí ya nos lo entregaron y yo pude armarlo”, recuerda Korte.

De ese susto nació una ocurrencia: construir un quijongo plegable. Pero Korte, con el tiempo, no la prosperó. 

La idea quedó en pausa por más de 40 años, hasta que un día, un joven quijonguero de Nicoya llegó hasta su misma casa con la misma necesidad. 

El joven, Malcom Rojas –músico multiinstrumentista, activista y uno de los principales promotores del quijongo guanacasteco– llegó con un dibujo que Guadalupe Urbina le había hecho, cuando le contó –y le ilustró– que el artista hondureño Guillermo Anderson tenía un quijongo que se podía desarmar. Con la idea clara, Rojas buscó a Korte para replicar la idea. 

Boceto de Guadalupe Urbina utilizado para crear el quijongo plegable.Foto: Malcom Rojas

“Hablamos un poco sobre el posible diseño del instrumento, le enseñé el dibujo de Guadalupe y en ese momento él me dijo ‘¿usted lo que necesita es algo como esto?’ y sacó de su taller un primer prototipo del quijongo plegable, aún sin cuerda”, relata Malcom en la sala de Werner, donde conversamos con ambos.

Werner había trabajado un poco la idea después de aquel susto en el aeropuerto, pero el boceto de Guadalupe y su conversación con Malcom le ayudó a simplificar mucho más ese prototipo.

Korte rediseñó las uniones del arco, redujo ligeramente el tamaño a dimensiones más manejables y lo aseguró en el centro mediante una sola tuerca mariposa. El resultado es un quijongo que se desarma en pocos minutos, cabe en cualquier equipaje y mantiene una afinación y tensión idéntica al modelo acústico tradicional.

El quijongo plegable es pequeño, ligero y fácil de transportar. El proceso de armado y desarmado le toma a Malcom Rojas poco más de dos minutos.Foto: César Arroyo Castro

El sonido y el peso varían levemente debido a los materiales de construcción, ya que utiliza un tipo de madera más liviana, pero no pierde la esencia, asegura Rojas. 

Este quijongo plegable lo ejecutó Rojas por primera vez en un concierto de Guadalupe Urbina el pasado 19 de agosto en Palmira, en el cantón de Carrillo. Ese mismo día lo recibió y aunque le costó armarlo al principio ahora no le toma más de cinco minutos.

Malcom Rojas utilizó por primera vez el quijongo plegable el pasado 19 de agosto durante un concierto con Guadalupe Urbina.Foto: Malcom Rojas

“Además me parece importantísimo mencionar que este quijongo incluye una clavija, por lo que se puede afinar fácilmente en diferentes tonalidades, lo que lo hace muy versátil para incluirlo en todo tipo de músicas”, añade.

Del murmullo en la hacienda a los bafles del rock

En medio de la montaña de instrumentos que tiene por toda su casa, asoma el cuello un quijongo eléctrico, una reinvención más antigua, pero significativa. 

Quizá unas de las situaciones más comunes para quienes escuchan el quijongo por primera vez es notar únicamente el golpeteo rítmico del palito sobre la cuerda del quijongo y omitir por completo el eco que se desprende del jícaro.

Esto mismo le pasó a Werner a inicios de la década de 1980, cuando se encontraba de pie frente a las alumnas del Colegio Superior de Señoritas intentando dar una charla de etnomusicología. Golpeaba la cuerda metálica de su quijongo acústico pero el ruido del salón devoraba por completo el susurro del instrumento.

Por su formación en electrónica analógica y su pasión por el rock progresivo de los años setenta le surgió una idea.

Werner Korte interpreta una canción con su quijongo eléctrico en el taller de su casa.Foto: César Arroyo Castro

«El sonido metálico me remitió directamente al de las guitarras eléctricas… al ser metálico sonaba como un instrumento eléctrico y se oía un timbre muy afín al rock», explica.

Tres años después, Werner diseñó el primer quijongo eléctrico. Colocó una pastilla electromagnética de guitarra en el centro del arco para amplificar la cuerda metálica, y un micrófono dentro de la jícara para capturar y controlar de forma independiente los armónicos. 

Esta intervención no sólo resolvió el problema de la proyección de volumen de la jícara, sino que sacó al quijongo de su escenario rural para integrarlo en piezas de metal pesado y rock progresivo junto al grupo de danza-teatro Metamorfosis en 1998.

Aunque pasaron 40 años desde que Werner diseñó el quijongo eléctrico, siente que recién empieza a despertar un interés por el instrumento.

“La aceptación cultural es muy lenta, no fue sino hasta ahora que apareció un gremio aquí de quijongueros que no existía en esa época. En mi tiempo el quijongo era absolutamente desconocido aquí, salvo para la gente mayor”, explica Werner.

Malcom opina que los quijongos eléctricos y los plegables pueden coexistir con el quijongo tradicional, y que deben hacerlo en paralelo con estos aportes.

“Podemos abrazar estos avances que vienen desde el conocimiento de la tradición y de las necesidades de las y los quijongueros y que además abren nuevas puertas a experimentar con el instrumento. Quizá estamos abriendo las puertas a una especie de nueva era dorada del quijongo, solo el tiempo lo dirá, pero creo mucho en el movimiento musical que estamos acuerpando”, agrega.

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