Derechos Humanos, Especiales, Santa Cruz

Una heroína santacruceña reescribe su historia tras sobrevivir a un intento de femicidio

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Por protección de la entrevistada, nos reservaremos su identidad

Bertilia duerme sentada sobre un sillón viejo en su sala, con los pies sobre un banco plástico y los brazos enrollados en la cadera, como abrazándose. Duerme así, con una incomodidad que punza cada día más, porque en la cama sufre de mareos incontrolables que le pueden causar convulsiones. Así vive, o intenta vivir, desde que en 2018 su ya entonces expareja le fracturó el cráneo en un intento de femicidio. 

No mide más de un metro sesenta y tiene una contextura robusta, que insiste haber adquirido por la edad. Entre su corta cabellera negra tiene un mechón blanco que le cae al lado derecho de la frente. Lo usa para estar a la moda, dice, pero también para disimular las cicatrices en la cabeza; esas que le quedaron desde aquel 31 de diciembre, cuando ingresó al servicio de emergencias con unos pedazos de garrote incrustados ahí. 

Ese fin de año, en Santa Cruz sonaron los fuegos artificiales, los corridos y las risas. También la ambulancia que llevó al hospital a doña Berti mientras se debatía entre la vida y la muerte. Sucedió ahí, en el cantón que es la cuna del folclore de la provincia, pero que también registra los números más altos de delitos por violencia de género desde 2015, según un análisis realizado por La Voz de Guanacaste.

En 2019, por ejemplo, el Juzgado de Familia y Violencia Doméstica de Santa Cruz reportó que al menos 1.279 mujeres denunciaron sufrir violencia doméstica. La cantidad más alta desde 2016 en todo Guanacaste. 

Bertilia es una de ellas, aunque dice que la palabra “víctima” simplemente no le va. Cuando le preguntan cuál es su historia, ella suele responder: “la de una sobreviviente”. 

La agresión del 31 de diciembre del 2018 no fue ni la única ni la primera que vivió. Más bien, tiene un rosario de historias violentas que comenzaron desde que vino a vivir a Santa Cruz cuando era niña. 

En ese momento, le explicaron que el mundo se dividía en dos: el de los hombres, que nacen, crecen y  comienzan a mandar y a adueñarse de todo. Y el de las mujeres, que nacen, crecen y comienzan a ser mandadas y adueñadas por los hombres.

“Esa era mi realidad”, cuenta en voz baja, como apenada. 

Los hogares santacruceños repiten este cuento continuamente, según la líder comunitaria contra la violencia de género, Rosario Gutiérrez.

En Santa Cruz todos nacemos con una dosis de patriarcado, que sufrimos las santacruceñas. Nos encierran, nos hacen sus objetos, la historia violenta nos define”, afirma. 

Doña Berti se casó a los 22 años con un hombre trece años mayor que ella. En el primer año de matrimonio, su esposo la golpeaba, al menos, una vez a la semana. Si no partía bien los tomates, si no limpiaba la casa como a él le gustaba, si sonreía mucho, si sonreía poco, si caminaba mirando hacia al frente y no abajo, si saludaba a los vecinos… cualquier excusa servía para violentarla. 

Aunque Berti tenía su propio restaurante, su esposo le llevaba todas sus cuentas. Cuando le tiraba los dientes a golpes, ella no podía ir al dentista por su cuenta. «Llegó un punto en que no hablaba del todo para economizar dientes”, relata

En los casi quince años que estuvieron juntos, le fracturó una parte del cráneo y le dividió la cadera en dos. Esto último la dejó en el hospital por tres meses, con la posibilidad de no volver a caminar.

Hoy doña Berti todavía renquea levemente, por las secuelas de la fractura en su cadera. Ahora cría gallinas y conejos para sobrevivir, pues tiene tantas heridas que no puede pasar tanto tiempo cocinando. Aún así está feliz, dice, porque cuando vende los animales, el dinero va a su cuenta y no a la de alguien más. Lo gasta ella, para ella, porque ella se lo ganó. Una idea que para ella era revolucionaria e imposible de pensar hace unos diez años.

Ella no sabía que estaba viviendo en un círculo de violencia. Su esposo no la dejaba hablar con su familia, y cuando conversaba con sus vecinas, le decían que evitara hablar tanto o mirar a otros hombres. Ese era el remedio mágico de ellas, pues también eran golpeadas por sus parejas. 

En las noches uno escuchaba un concierto de llanto y gritos, porque en más de alguna casa estaban pegándole a otra mujer, era normal eso”, cuenta. 

Violencia y machismo

Para Rosario Gutiérrez, la cultura machista que baña a Santa Cruz, hace más difícil que las víctimas se den cuenta que viven en violencia. Ella, como facilitadora de talleres de empoderamiento enfocado en género en la comunidad, comparte constantemente con mujeres que no saben que los golpes y los insultos no son conductas normales. 

He recibido amenazas de hombres diciéndome que le eché a perder a la esposa, porque como ahora sabe sobre empoderamiento, ahora ya no se deja gritar o golpear”, afirma Gutiérrez.

Guanacaste es la tercera provincia del país con más llamadas de auxilio al 911 por violencia doméstica, después de Limón y San José.

Bertilia ahora cría conejos y gallinas para sobrevivir. Debido a los golpes del ataque no puede retomar el trabajo. Crédito: César Arroyo.

En lo que va del 2020, 97 de cada 10.000 guanacastecos realizaron una llamada denunciando un caso de violencia doméstica. Santa Cruz es el segundo cantón de la provincia con la mayor tasa de denuncias, después de Liberia. 

Según Gutiérrez, Santa Cruz es la cuna de la cultura y la tradición guanacasteca, preservada desde hace siglos; incluyendo lo bueno y lo malo.

Tenemos los cantos súper nacionales, súper patrióticos, pero que generalmente tienen dichos horribles contra las mujeres. ¿Si no nos respetan en sus letras, cómo nos respetan en la casa?”, teoriza. 

Por su parte, un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, según sus siglas en inglés) plantea que hay una gran brecha de género en las zonas alejadas de las capitales de los países latinoamericanos. En estos lugares, como Santa Cruz, el acceso a los estudios de género es más limitado y las comunidades son más tradicionalistas y conservadoras. 

Bertilia cree lo mismo. Describe a la provincia como un mundo distinto, separado por el Tempisque y las tradiciones machistas. Un mundo donde, para ella, los hombres tienen permisos especiales para dominar a la esposa y a los hijos. 

Allá (en la Gran Área Metropolitana) no se ven las cosas que se ven aquí. Por ejemplo, aquí el hombre llega y golpea a la mujer en la calle, y eso es un viernes más. Eso cuesta mucho verlo allá. Uno tiene que ser sumisa a lo que ellos dicen, porque ellos aquí siempre tienen la razón”, lamenta. 

Después de la fractura en la cadera, Bertilia logró separarse de su pareja y salir de su hogar, llevando toda su vida en unas cuantas bolsas de basura. Pasó de tener su propio restaurante, a estar desempleada y vivir en una cuartería junto con dos de sus tres hijos. Eso sí, no duró mucho, pues afirma que comenzó a trabajar turnos dobles para volver del “tugurio” una mansión.

“Tenía que salir adelante por mis hijos y por mí misma”, cuenta. Lo logró. Regresó a vivir con su madre, una relación que por años perdió. Además, entró a cursos de empoderamiento del Instituto Nacional de la Mujer (Inamu), donde por primera vez logró decir que era una sobreviviente. 

Tres años después, volvió a tener pareja, como parte de la rehabilitación de mujeres que han vivido violencia doméstica. Sin embargo, era otro hombre santacruceño que desde el primer día, relata, la maltrató física y psicológicamente. 

Le tiraba la comida en la cara cuando no le gustaba cómo había quedado, revisaba su celular cuando tenía un ataque de celos y la golpeaba cada vez que estaba enojado. Para ella, esa historia se resume en un cuento corto y lo resume así:

«Él me tiraba al suelo para golpearme, y yo de alguna forma me convencía que podía aguantar. Yo decía bueno, ya lo viví, puedo volver a vivirlo, no hay problema, pero cuando una ya sabe que eso está mal, no se puede. Y al año y un poquito yo le dije que ya no más, que ya no seguíamos y él me dijo usted nunca me va a dejar. Yo no podía estar con él, entonces sin importarme le dije que fuera a recoger sus cosas, ya no más”

Fue él quien intentó asesinarla en la noche del 31 de diciembre, cuando Bertilia salió a la casa de una amiga para hacerle el ruedo a unos pantalones que iba a estrenar ese día. 

Según el relato oficial que ella dio a las autoridades, él la vio montada en un vehículo hacia la casa de su amiga, la siguió, y al llegar, mientras Bertilia estaba en la entrada, le golpeó la cabeza por detrás, con una especie de garrote. Posteriormente, también agredió a la amiga hasta dejarla inconsciente. Los paramédicos temían que Berti no llegaría viva al hospital. 

¿Y por qué no denuncian?

Los agresores de Bertilia siguen libres. 

El primero, el esposo, nunca tuvo denuncias de violencia doméstica. Aunque los vecinos llamaban a la policía al menos una vez al mes, estos no hacían nada. De hecho, uno de ellos le dijo a Bertilia que “su peor error” era declarar, pues si el esposo iba a la cárcel, ella iba a quedarse sin comer. En ese entonces, el policía le recomendó que dejara de “molestar” tanto al marido.

Desde ese entonces, guardé silencio de lo que me estaba pasando, del calvario que estaba viviendo. Por lo que él me dijo, por no perjudicar supuestamente a mí misma o a mis hijos”, lamenta. 

El segundo tiene una causa abierta de intento de homicidio desde hace dos años. Sin embargo, el caso está estancado. 

Bertilia cuenta que su agresor tiene una orden de alejamiento y de captura, pero esto no ha impedido que llegue a su casa o a los lugares que ella suele frecuentar. Sus hijos, ambos mayores de edad, denunciaron múltiples veces que lo vieron en el centro de Santa Cruz, “como si nada”. La respuesta que les dan siempre es que “están haciendo lo mejor que pueden”.

La Voz de Guanacaste solicitó al Organismo de Investigación Judicial (OIJ) el estado de la investigación y las medidas que han tomado para la protección de Bertilia, sin embargo, hasta el cierre de esta edición no recibimos respuestas.

El día a día de Berti consiste en tomar medidas de seguridad para no toparse con su agresor y en ir a citas médicas para intentar mejorar la calidad de vida que perdió tras el ataque. 

Ese episodio le marcó su vida física y emocionalmente. Dos años después tiene astillas en el cerebro y en la parte trasera del ojo derecho. Por eso tiene que dormir sentada.

Aunque asegura que no le guarda rencor a nadie, Bertilia quiere justicia para ella y para cualquier otra mujer, pues teme que otra más sufra lo mismo a manos de su expareja.

Soñar para sobrevivir

Tras el ataque, los doctores ordenaron voltear los espejos de todos los salones de mujeres para que Bertilia no pudiera ver su reflejo. Temían que al mirar su rostro desfigurado tuviera pensamientos suicidas. En cambio, cuando miró sus heridas sonrió. “Al menos no quedé tan fea”, bromeó. 

Es que doña Berti es feliz y soñadora como acto de resistencia. Dice que la razón por la que no murió tras esas golpizas es porque quiere cumplir varias metas: viajar y bailar en cada destino, hacerse piercings y tatuajes por todo el cuerpo, y regresar a cocinar, ahora por su gusto y no porque alguien más lo diga. Ella puede trazarse estas metas hasta sus cincuenta años, porque por primera vez se siente libre. 

Ha vivido tormentas y grandes dolores, pero ahora divide su vida en dos historias: una, como un relato trágico y lleno de abusos. La otra, la que ella usa para llevar el día a día con esa sonrisa tan amplia y propia que tiene, es la de una soñadora cuyas metas la mantienen con vida. 

El próximo año, cuando logre recoger suficiente dinero, piensa tatuarse donde están las heridas de sus brazos. Quiere reescribir su historia. Borrar a la víctima y convertirse en su propia heroína, la que construyó su propio muro de protección, se deshizo de las tradiciones violentas y ahora vive para ser feliz, para ser Bertilia. 

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