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Yayo Martínez: el profe de la bohemia

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La fiesta parecía haber muerto. La gente empezaba a salir del bar y el cantinero bajaba la música sutilmente, como para despedir a los insistentes de la juerga. Aunque ya había pasado la medianoche, aun quedaba un sabor de “zarpe” en el ambiente.

En medio de la nada hay un tipo al que todos saludan, lo abrazan y le quieren prestar atención. Parecía afortunado, pues las invitaciones le sobraban, aunque más bien se notaba que era un incentivo para un chiste o una canción. No tenía guitarra, pero la verdad que no hacía falta, porque con un par de servilleteros y sus palmas, la misión estaba resuelta.

Mi interés por querer conocerlo crecía al tiempo que su repertorio iba y venía de América a Europa sin ningún problema; igual de hermoso sonaba el “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat como “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero, o bien, “Boceto para Esperanza” del costarricense Fidel Gamboa.

Así conocí a Carlos Eduardo “Yayo” Martínez, uno de los músicos más queridos de Nicoya e identificado como el profesor de música, el amigo de las serenatas y el cantante de las bohemias.

Con él las conversaciones no existen, simplemente son monólogos que entrelazan sus historias de ficción y realidad, imposibles de no soltar las carcajadas una tras otra y tras otra. Obviamente alimentadas por su infaltable Pilsen, pues hacen que sean más divertidas– o quizás más inventadas.

50 años atrás

De vuelta en el tiempo Nicoya era diferente. Las cimarronas, las bandas y los grupos de marimba abundaban por la Ciudad Colonial, por lo que Yayo comenzó a tocar el saxofón de niño en una “espanta perros” del barrio El Guindo, en el centro de Nicoya. “Así le decíamos a la cimarrona, no ve que empezábamos a tocar y jalaban todos los perros del barrio”, ríe.

Tal fue el interés en la música que Yayo empezó a estudiar solfeo en una escuelita de música que hubo por un tiempo, acompañado de su fallecido hermano Rodrigo “Pito” Martínez, reconocido trompetista y declarado como Hijo Predilecto de Nicoya.

Ya más tarde en colegio, la guitarra, la marimba y las percusiones se hicieron parte de su vida; dejando las materias en segundo plano. “Duré tres años sacando el tercer año. Me quedaba y es que yo me escapaba para irme a tocar, pero al final sí saqué el colegio”, dijo el músico.

“Mi papá tenía una refresquería y administraba el hotel Nene. Mi papá nos compró una marimba y Pito y yo nos poníamos a tocar y no le quedaba ni una resbaladera a mi mamá del montón de gente que iba”, comentó el nicoyano.

Aun se sonroja al recordar que cuando cursaba el quinto año, conoció a la mujer con la que ha vivido 34 años de casado y con la quien formó una familia de cuatro hijos: su esposa Virginia Arias.

Con más de 30 años de casados, Virginia Arias y Yayo Martínez mantienen la chispa encendida en su matrimonio, como aquellos dos adolescentes que se enamoraron en el colegio

Virginia: -Él estaba tocando la guitarra la canción “Historia de un amor” y “Alfonsina y el mar”, y a mí me gustaba verlo tocar, pero él era como pesado.

Yayo: -No era pesado, solo era tipo.

Ríen juntos.

Desde entonces Yayo comenzó con sus hazañas, que han sido siempre perdonadas por su esposa. Tal fue el caso que una vez Arias le pagó la inscripción de un festival de la canción en Nicoya, pues tenía el dinero para pagar, pero le salió el tiro por la culata.

Yayo: -Todos los festivales me los ganaba. Entonces una vez ella me pagó la inscripción y me gané como ¢50.000, entonces le mandé el trofeo con los compañeros y yo me escapé por detrás….

La Voz: -¿Qué hizo con esos ¢50.000?

Yayo: -¡Diay! ¡Fiesta en América!

“A veces la gente me pregunta que cómo hago para aguantarle tantas, pero yo lo conocí siendo un bohemio y así me gustaba. Con un bohemio uno sabe cómo es el asunto”, agrega Viqui– como Yayo la llama de cariño.

Entre clases y serenatas

Durante casi 26 años Yayo fue profesor de música en casi todas las escuelas y colegios de Nicoya, por lo que es normal que muchas generaciones lo recuerdan con el profe de música. Martínez se preparó en la Ulicori con algunos cursos de música adicionales.

Sin embargo, mientras daba clases de día sus noches las dedicaba a cantarle serenata a cualquiera que lo pedía, o bien, a componer y escribir algunas de sus canciones como “Recuerdos de mi infancia” o “Músicos de mi pueblo”.

La serenatas a veces fueron tan largas que Yayo duró hasta cinco días sin aparecer en su casa, donde su esposa y sus hijos creyeron que había muerto y hasta llamaron al OIJ, pero como dice la canción “no estaba muerto andaba de parranda”.

Su simpatía y su astucia más de una vez sirvieron para ganarse una fiesta y hasta invitar a sus amigos.

“Había un bar popular que se llamaba Los Gallos. Yo llego y veo a todo el mundo afuera y veo un cajaro adentro quebrando botellas y nadie se metía. Y me metí y el carajo me saca las botellas, pero me cuadré y le dije: `‘escoja yudo o karate’ y el carajo se pone a temblar y bota las botellas. Me dice: ‘no me pegués, tranquilo, ya me voy a calmar’. Lo saqué y todo el mundo alegre y diay una caja de birras pa’ Yayín”, contó Martínez.

Ahora, a sus 58 años de edad Martínez goza de ver a sus cuatro hijos realizándose y disfrutando el tiempo con su esposa. Actualmente se dedica a dar clases en una la academia de guitarra de Barrio de los Ángeles y es el director de la banda del Colegio de Nandayure.

No piensa en la muerte, pero le gustaría que el día que pase lo que a todos nos toca en algún momento, lo recuerden con cariño y con música en el pueblo nicoyano.

“La muerte no me asusta, pero a veces me pongo a pensar y digo: ‘jue pucha, le cobrarán a uno todo lo que hizo aquí’, pero me han dicho que de aquí nadie se va sin deber nada, todo se paga.  ¡Claro! Le tengo temor”.

Yayo es un personaje muy querido en la bajura. Es profesor de música, liberacionista, saprisista y católico.

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