General, Espiritualidad

Opinión: Ayer soñé

Ayer soñé que la huelga acabó. Que nuestros maestros se pusieron la mano en el corazón y decidieron regresar a sus aulas.

Soñé que los educadores recordaron por qué escogieron este camino de vida para inspirar y educar a cientos de niños, una de las profesiones más dignas y honorables.

Soñé que docentes de todos los rincones del país sintieron en su alma la mirada llena de esperanza de sus estudiantes y un brinco en su corazón cuando recordaron a los niños más necesitados que tienen sus únicos o mejores alimentos en el comedor escolar.

Soñé que los docentes recapacitaron sobre el derecho de educar, pero sobre todo el deber de esta profesión de servir a los más pequeños y jóvenes del país.

Soñé que la conciencia tocó el alma de cientos de docentes para recordarles que el fin no justifica los medios, y que hay más de un camino para afrontar nuestras luchas.

Soñé que los maestros escucharon el susurro de los padres de familia: niños en casa tristes, frustrados o enojados. ¿Quién no lo estaría al sentirse abandonado o al ser limitado de uno de sus derechos fundamentales?

Soñé que los maestros reflexionaron sobre el refrán que dice que nunca es tarde cuando la dicha es buena y la cita que nos recuerda que el tiempo siempre es el correcto para hacer lo correcto.

Soñé que aún no era tarde, para salvar de los peligros de la calle, a aquellos jóvenes desmotivados en perseguir las oportunidades que brinda la educación.

Soñé que miles de niños preparaban su mochila para volver a la escuela, ilusionados de ver a sus amigos y darle un abrazo sincero a su maestro.

Soñé que los profesores sintieron una dulce alegría en el corazón y un nudo en la garganta al elegir estar ahí para ver a sus estudiantes graduarse.

Soñé que el calor de la solidaridad venció el frío del abandono.

Soñé que el valiente amor de los maestros venció el miedo, las amenazas y la desidia.

Soñé que la infinita gracia de Dios venció la oscuridad del camino.

Ayer simplemente soñé, porque la esperanza es lo que un ser humano nunca puede perder.

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