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El Farallón de Cañas: la pared del sol corobicí

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Los rayos del sol se cuelan entre las hojas de los árboles de hombre grande y resaltan una silueta ancestral sobre la roca del Farallón, una pared de 86 m2 en el que los corobicíes grabaron decenas de petroglifos (figuras hechas por incisión en roca), para recordar su relación con la naturaleza y su diario vivir.

A la orilla del río Cabuyo, en el poblado de Cedros, distrito central de Cañas, hasta el viento pareciera susurrar canciones de los rituales que estos indígenas le hacían a Sua (el dios sol) y a Chía (la diosa luna). Manifestaciones que ellos decidieron inmortalizar sobre la superficie del Farallón.  

Los corobicíes vivieron en lo que hoy es el territorio del cantón de Cañas, la cordillera de Tilarán, la zona este del volcán Orosí y el sur del Lago de Nicaragua, desde los primeros años de la era cristiana hasta el año 800 después de Cristo, detalla la antropóloga María Fernanda Rojas en la guía didáctica Conociendo Nuestra Herencia Corobicí.   

El monumento del Farallón fue declarado Patrimonio Histórico-Arquitectónico de Costa Rica en 1998, y es el inmueble arqueológico más grande del país en una propiedad privada, según la antropóloga Rojas.

Así luce la entrada a la Finca Las Lomas, en la comunidad de Cedros, en Cañas. Gran parte del camino es de lastre, por lo que es preferible llegar en un vehículo doble tracción.

Está ubicado a 14 kilómetros del centro de Cañas, en la finca Las Lomas de la familia López Monge. (Ver dirección waze).  

Los guardianes del tesoro

Los hermanos López Monge —Elías, Juan, Mariano y su esposa Giselle Elizondo— son los guardianes de esta joya de la arqueología, que fue escenario de ceremonias religiosas y ciclos naturales de la vida de los corobicíes.  

Los López viven en una hacienda que se quedó atrapada en el tiempo. Aún conservan el corral, las vacas, caballos y el típico zaguán (corredor) con sus mecedoras de madera, ideal para las tertulias de café y rosquillas durante las tardes calurosas de abril.

En este punto iniciamos el recorrido hacia el Farallón. Juan López es nuestro guía que, armado con su cutacha (un tipo de machete) y su sombrero de lona, nos conduce por los 600 metros del Sendero del Sol, llamado así por los López, debido a la figura del astro, que es el petroglifo más reconocido del Farallón.

De hecho, hace dos años la familia decidió inscribir el diseño (el patrón del sol) en el Registro Nacional, para usarlo en camisetas y gorras.

Este es el río Cabuyo ubicado al frente del Farallón, los turistas pueden bañarse en sus pozas con previa autorización de la familia López.

“El sol es muy representativo en la cosmovisión de los astros y la cultura corobicí, es uno de los petrograbados centrales”, explicó la arqueóloga del Centro de Patrimonio, Elena Troyo Vargas.

Luego de cortar jocotes de un árbol a un lado del sendero, llegamos al espesor del bosque seco entre árboles de aceituno, balsa, cocobolo, y espavel.    

Al bajar por unas escaleras naturales de tierra y raíces, el río Cabuyo nos da la bienvenida con sus pozas, y a nuestra derecha, observamos la impresionante pared de piedra del Farallón.

“Las personas que vienen acá, tienen que ser personas que les guste la naturaleza, la observación y la meditación”, me indica Juan López, mientras me dice en voz baja que debemos permanecer en silencio y mirar con cuidado para encontrar las figuras en la pared.

Con el paso de los minutos, el Farallón nos empieza a revelar sus tesoros escondidos, el dibujo del sol es el primero que logramos detallar, luego aparecen rostros humanos, un jaguar, un pez y hasta un lagarto.

El ingenio de los dibujantes

Se cree que los corobicíes eligieron al Farallón por ser una roca de grandes dimensiones, ubicada al lado de un afluente y porque la piedra llamada ignimbrita, de orígen volcánico, favoreció la creación de dibujos sobre la superficie, por ser una textura moldeable, detalló la arqueóloga Troyo, de Patrimonio.  

El Farallón es, en Guanacaste, el monumento arqueológico que representa más variedad y cantidad de petroglifos en una sola roca”, resaltó la arqueóloga.

Los corobicíes utilizaron una técnica llamada acanaladura, que consistía en hacer surcos o hendiduras sobre la roca con herramientas afiladas hechas también a base de roca.

El temor a las alturas no fue un problema para estos ingeniosos dibujantes, pues se cree que utilizaron un sistema de andamios de madera que clavaron en la roca para así sostenerse mientras moldeaban sus figuras, explica en su obra la antropóloga Maria Fernanda Rojas.

No terminamos de maravillarnos del gran ingenio de los corobicíes cuando nos damos cuenta de que ya es medio día y el hambre nos aprieta, por eso decidimos regresar a la hacienda de los López, donde Giselle Elizondo nos recibe con un plato de arroz con caracolitos y atún, cuajada ahumada con tortilla y fresco de piña.

Mientras disfrutamos de la comida y las historias que nos comparte esta sencilla y trabajadora familia pienso en el invaluable tesoro que protegen y en el potencial que hay para desarrollarlo en un modelo de turismo rural comunitario.

Pero los López no piensan en grandes inversiones y por eso solo cobran ¢3.000 por ingresar a su finca. Eso sí, recomiendan a los visitantes llamar antes al 2200-0073, para así poder agasajarlos como a ellos les gusta. Esta es la forma en que decidieron cuidar la herencia que les dejaron los corobicíes.

“Acá no viene cualquier turista por el acceso (calle de lastre), nosotros estamos para cuidarlo y respetarlo”, dice Juan López.

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